Tras la huella de Adolfo Couve: Un viaje a Villa Lucía en Cartagena

Villa Lucía fue la última casa que habitó el pintor y escritor Adolfo Couve. Hoy, el lugar es un Museo de Artes Decorativas que rememora un Cartagena del pasado, con los lujos que Couve rechazaba. ¿Podemos encontrar su huella escondida entre muebles y adornos ostentosos?

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Escribe y fotografía Valeria Viancos González

Adolfo Couve tuvo su origen y desenlace en la Quinta Región, siempre con el mar como tela de fondo. Nació en Valparaíso el 28 de marzo de 1940 y murió en Cartagena un 11 de marzo de 1998. Fue un suicidio producto de una profunda depresión. En sus 57 años de vida, Couve creó con la pluma y el pincel, aunque la historiadora del arte Claudia Campaña en Adolfo Couve: una lección de pintura (2002, reeditado en 2015) manifieste que “la figura del escritor ha desdibujado al pintor”. Sus últimos años de vida los pasó en la calle Colón 167. Ahí, en la casona Villa Lucía, Couve se refugió de la vorágine de Santiago y del quiebre matrimonial con Marta Carrasco. Desde 1983, el artista hizo de Cartagena su propio hogar.

Villa Lucía es una casona que aún mantiene el estilo italiano de la familia Bratti, quienes la erigieron a comienzos del siglo XX. Couve, como propietario, no realizó mayores arreglos, por lo que todavía es posible encontrar el papel mural original, con distintos patrones en cada pieza, de flores, principalmente, y geishas con pagodas en su habitación de huésped. En 2001, el inmueble fue adquirido por Daniel Fernández Dodds, un médico y coleccionista de arte que conoció a Couve a principios de la década del 90 cuando dictaba clases de Historia del Arte en la Universidad de Chile. Fernández convirtió este inmueble en un Museo de Artes Decorativas que busca dos objetivos: rescatar la memoria del Cartagena de clase alta y conservar los recuerdos de Adolfo Couve.

Buscando a Couve

Eran las 15:37 horas de un sábado de agosto cuando llegué a Villa Lucía. En medio de mi ansiedad por encontrar su huella entre los muebles del museo, llegaron unos turistas santiaguinos para una visita guiada. Me sumé a ellos, silenciosa, como guardando un secreto. La ruta la lideró Álvaro García, uno de los encargados del lugar.

Entre jardines recientemente remozados con leones, pilares de mármol y otros artículos importados desde el extranjero, me fue posible encontrar la mirada de Couve al abstraerme de los adornos y fijarme solo en los árboles y el mar. Las palmeras que pintó en 1987 aún se mantienen allí, intactas. A través de la terraza, un espacio en altura ubicada en el patio, me encontré con una vista privilegiada hacia la costa de Cartagena y recordé sus palabras, las que leí en una antigua revista Paula. Llegando a mi casa las busqué de nuevo, se habían publicado en abril de 1998, a un mes de su muerte:

-Como no me puedo subir a los aviones, no podía irme a ninguna parte. Entonces, para salir, partí a Cartagena, que es un lugar muy distinto a Chile. En Cartagena me hizo muy bien mirar a todo ese gentío en el verano, porque cuando hay ochenta mil personas con unos melones tuna de sombrero pasando por debajo de tu balcón, no hay gobierno militar ni nada: hay un mar humano que no hay cómo dominarlo, y eso me entusiasmó mucho. Me encantaron las casas, las papas fritas, las radios prendidas, pero no porque yo quisiera ser popular ni marginal, sino porque quedé metido en una realidad que no controlaba ninguna autoridad. En Cartagena me sentí en democracia.

Aunque el artista no se consideraba marginal, el reconocimiento a su trabajo hasta cierto punto lo ha sido. Claudia Campaña explica en su libro que “sus propuestas pictóricas y literarias fueron consideradas por el medio un tanto anacrónicas. Y como su obra era difícil de clasificar, se la describió como marginal, extemporánea, tradicional e, incluso, decimonónica”. Y agrega: “En verdad, Couve, optó por caminar desafiante en contra de la corriente, se obstinó en mantener una posición distante en relación a los circuitos artísticos locales y desdeñó cualquier moda”.

villa-lucia-ljm-2Continuando con el recorrido, llegamos a un memorial simbólico que escribe las primeras líneas de su último libro Cuando pienso en mi falta de cabeza: “Landas áridas, sinuosidades del secano costero, hierba hirsuta, como sobrepuesta, dando la impresión que el viento pudiera cambiar a su amaño”. Estas palabras nos abrían la ruta hacia la intimidad del artista.

Llegamos a su simple taller. Aún conserva pequeños trazos del pintor en puertas y paredes, algunos de ellos tímidos, como el bosquejo de un pato, y otros coloridos, como una gran flor de lis. Mientras miraba esos registros que me hablaban del movimiento de su mano y de su pulso, recordé que, según Campaña (otrora su alumna y ayudante en la Universidad de Chile), Adolfo Couve fue “culto, perfeccionista, talentoso, sensible, curioso, nostálgico, posesivo, irreverente, esquivo, vanidoso, neurótico, temeroso, inseguro, hipocondríaco, impaciente e increíblemente obsesivo”. Pasamos a otra habitación. Su cama permanece en lo que fue su pieza, con marcas en el suelo producto de las estufas que lo abrigaron. En el pasillo hay unas escaleras que se dirigen hacia una especie de subterráneo donde está el baño. El paso estaba cerrado, pero su presencia era potente. Fue allí donde el artista se colgó, nos dijo el guía.

La visita guiada por Villa Lucía me dejó sentimientos encontrados. Por un lado, pude empatizar con el amor de Couve por Cartagena, por esa anhelada tranquilidad, donde el tiempo pareciera detenerse. Pero, por otro lado, no puedo negar que me fue difícil conectar con su espíritu y esencia dentro de una casona que poco se parece al lugar que habitó. “La Villa Lucía era un espacio con el mínimo mobiliario. Él era una persona austera y minimalista. El actual espacio interior no refleja en nada su gusto y su estética”, me comenta Claudia Campaña cuando le pregunto por el museo. Couve fue bajo perfil y esquivo a la notoriedad, pienso. Aún hoy lo es. Si bien sus escritos se pueden encontrar en librerías, sus pinturas, casi en su totalidad, pertenecen a colecciones privadas. La casona sigue siendo su lugar de escondite.

Couve en los paraderos

Es cierto, Villa Lucía no es el museo de Couve. No es La Sebastiana ni el Museo Vicente Huidobro. Tampoco es una fundación. Villa Lucía hace juicio a la vida de los italianos inmigrantes del siglo pasado que llegaron al balneario, a una Cartagena que ya no existe. Sin embargo, también es un esfuerzo de Daniel Fernández Dodds por conservar la memoria de Adolfo Couve.

¿Cómo mantener unidas estas dos intenciones?, le pregunté a Fernández. “Yo creo que eso es, a veces, difícil de entender porque nosotros recuperamos y mantenemos todo lo que hubo de Adolfo acá, lo poco y nada que había”, respondió. También, me contó que compraron la pintura más grande que hizo Couve, una naturaleza muerta que fue su regalo de bodas a su esposa Marta Carrasco. Hoy se encuentra en el escritorio de la casa.

La motivación de Fernández por conservar la presencia de Couve en esta casona responde a su fascinación por la obra del pintor: “Lo que más me impactó fue su rigor y en el rigor está también el desafío, el trabajo, el arte y el sudor detrás de eso. Siento que Adolfo es un artista único en nuestro país. Su obra traspasa el momento actual y probablemente, en 50, 100 o en 500 años más, se va hablar de Adolfo Couve”.

Couve no es un extraño en Cartagena. En estos últimos años se ha trabajado en integrar material bibliográfico del artista en la biblioteca de la comuna. Por lo mismo, es posible ver fotografías de él, junto con otras de Vicente Huidobro, en los paraderos de locomoción colectiva. Ciertamente, algunos de ellos tapizados con afiches de fiestas y tocatas.

Reedición de Adolfo Couve: una lección de pintura

En julio de 2015, se publicó una reedición revisada de este libro realizado por Claudia Campaña en el año 2002. El volumen reúne y comenta la obra pictórica y gráfica de Couve. La autora cuenta que “la nueva edición contiene material inédito, un capítulo dedicado a la exposición retrospectiva del Museo Nacional de Bellas Artes de 2002 y un listado bibliográfico actualizado”. Además, indica que el libro está “profusamente ilustrado” e incluye detalles fotográficos de alta calidad. “Sin duda, este libro permite comprender y visualizar, todavía mejor, el extraordinario cuerpo de obras del artista”, comenta Campaña.

*Crónica publicada en La Juguera Magazine nº 12

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