Ser feminista aquí y ahora

Siglo XXI, año 2015. Hace más de 200 años que existe el feminismo. La lista de mujeres (y hombres) que han teorizado y actuado para sacar a las mujeres del lugar de inferioridad que les impone el sistema patriarcal es larguísima. El pasado martes 9 de junio, a sus 83 años, murió una de las teóricas y activistas del feminismo radical en Chile, Margarita Pisano. Su muerte no fue titular en la prensa nacional, a pesar de que sus ideas son reconocidas en círculos feministas y afines no sólo del país sino de Latinoamérica, acaso del mundo. La omisión responde a que el feminismo en gran medida sigue siendo un tabú, algo que se silencia y tergiversa. En Chile, comúnmente es visto como la expresión de mujeres amargadas que se quejan de lleno. Frente a estos prejuicios, surgen las preguntas: ¿Qué es ser feminista hoy? ¿Qué implica en el cotidiano? ¿Qué es aquello que llaman patriarcado y cómo afecta a todos, mujeres y hombres? Aquí, un acercamiento a esta forma de pensar y vivir a través de las experiencias de dos mujeres feministas.

Carolina Lafuentes, feminista desde los 27 años.

Carolina Lafuentes, feminista desde los 27 años. Fotografía de Tamara Marbán.

Por Montserrat Madariaga Caro / Fotografías de Tamara Marbán y Ángela Tobón

En 1995, Margarita Pisano publicó su primer libro llamado Los deseos de cambio o… ¿el cambio de los deseos? Allí se lee: “Podemos, sin temor a equivocarnos, decir que no tenemos idea de cómo relacionarnos, que no hemos descubierto aún el secreto del “cómo hacer” una sociedad y una cultura que nos contenga a todos y todas en legitimidad. Nuestra forma de relacionarnos es sobre la base del dominio, de ejercer dominio sobre animales, ríos, árboles, seres humanos y todo lo que nos rodea”. Con estas palabras, Pisano expresa la base del sistema patriarcal contra el que se rebela el feminismo. En la cumbre de estas relaciones de poder jerárquico está el hombre, pero no como ser biológico sino como construcción cultural. Es decir, vivimos en un mundo donde lo masculino es lo superior y manda, en cambio lo femenino, como parte de este sistema, es inferior y obedece.

Existen múltiples corrientes feministas con sus propias teorías y dinámicas pero, en general, todas concuerdan en que la Historia ha sido narrada y constituida por hombres. Por ejemplo, la misma Pisano revisa el mito cristiano del pecado original donde el cuerpo de la mujer es el más “culposo”, aquel que debe ser dominado por la razón masculina. Como resultado la mujer no tiene soberanía ni siquiera sobre su propia corporalidad. Esta interpretación se puede vincular con la “violencia estructural contra las mujeres” de la que habla, entre otras, Victoria Aldunate, influyente feminista chilena. Ella afirma que todas las mujeres experimentan esta violencia en diferentes niveles. Es la regla, no la excepción: “La que cree que no la ha vivido es que no ha aprendido a ver, es que está tan desconectada de su cuerpo que no logra identificar lo que siente y ha normalizado las burlas, la venta de lo que sea a costa del cuerpo de las mujeres, la subvaloración, el despojo de la tierra, el dinero de su propio trabajo doméstico que en el patriarcado no se cuenta como trabajo”, dijo Aldunate en una entrevista el año 2009 al periódico Correo del Sur de Sucre, Bolivia.

Ser autónoma

“El patriarcado está en todas partes”, dice Carolina Lafuentes, psicóloga de 33 años, actualmente viviendo en Valparaíso, que se unió al feminismo cuando tenía 27. Antes de eso siempre se sintió incómoda con las costumbres machistas. Reclamó desde pequeña contra las acciones que le parecían injustas, como que las mujeres tuvieran que servirle la comida a los hombres. De adolescente le molestaba el acoso callejero, pero no sabía cómo nombrarlo. La cultura en que había crecido no le proporcionaba las palabras necesarias para expresarse. Entonces se fue. Viajó a Barcelona a estudiar un magíster y el cambio fue grande. “Vi relaciones mucho más humanas, más libres que acá. Mis compañeras de trabajo no podían creer que en Chile había que conseguirse una pareja hombre para ir a un matrimonio”.

En las asambleas que se realizaban para los becados por el Estado de Chile escuchó a un grupo de mujeres de variadas edades y profesiones, que expresaban sin tapujos. Sus ideas eran las suyas, pero no tenía con quién hablarlas. “Fue un alivio haberlas encontrado”, dice hoy. Carolina cuenta que cuando les comentó esto, ellas le dijeron: “Lo que pasa es que tú siempre has sido feminista, solo que no lo sabías”. Tres años después, volvió a Santiago de Chile y en seguida buscó dónde apuntarse como activista, encontrando a la Red Chilena Contra la Violencia Hacia Las Mujeres. Además, discutió con todos: con la familia, los conocidos, el colectivero. A veces lo sigue haciendo. No puede evitar dar su opinión cuando escucha un chiste que le parece violento, porque, como dice, “el feminismo es una transformación radical de la manera en que pensamos. Es un cambio epistemológico, pero pensado desde las mujeres, para deconstruir el patriarcado y construir otras formas de relacionarse, horizontales y colectivas, libres y desde los afectos, no desde el poder”.

La periodista Natacha Gómez-Barahona, feminista desde los 18 (hoy tiene 46), piensa como Carolina que el feminismo apunta a una revolución: “El feminismo no es un sistema que proponga relaciones de dominación, como que las mujeres queramos ser iguales a los hombres. Sino que queremos ser sujetas de derechos, autónomas, válidas. Queremos crear nuevas éticas, fuera de la domesticación en que el patriarcado nos pone”. Natacha conoció a mujeres en el movimiento cuando participaba en organizaciones sociales y políticas contra la dictadura. Se integró a los Talleres de Mujeres que se daban en varias poblaciones de Santiago al alero de la iglesia, sin ser de culto religioso: “Eran espacios políticos súper potentes, de mucho aprendizaje, resistencia y toda la creatividad que las mujeres poníamos para sobrellevar el cotidiano, en medio de enormes carencias de todo tipo”, recuerda.

Para Natacha, así como para Carolina, compartir experiencias de vida con otras mujeres, poder reflexionar vivir emociones juntas, como la rabia que es parte del proceso, fue muy importante en sus aprendizajes de esta nueva forma de interpretar la realidad. “Una vez puestas las ‘gafas del feminismo’ –afirma Carolina– comienzas a ver las diferentes formas y niveles en que la mujer es subordinada al hombre. La palabra patriarcado se va llenando de experiencias que ves, escuchas y analizas”. Hoy, desde su trabajo como psicóloga, lo ve claramente en la subjetividad de la mujer:

-Hay casos en que la mujer se siente vacía y frustrada cuando su pareja comienza a ser más independiente, a tener intereses propios donde ella no cabe. Pero no es culpa de esas mujeres sentirse así, pues están reproduciendo un modelo donde su rol es complementar al hombre. En esta sociedad, de verdad se cree en “la media naranja”. No le buscan un sentido propio a sus vidas. Es un vacío abismante, dice. En este sentido, Carolina afirma que el feminismo es preventivo, pues prepara a las mujeres para no caer en la trampa del patriarcado de ser a partir de otros.

Lo que relata Carolina tiene que ver con uno de los mitos del patriarcado que el feminismo descubre como relación de dominación: el “amor romántico”, donde la mujer acepta maltratos, sufre y depende por “amor”. Desde su postura feminista, Carolina ha logrado una relación de pareja con un hombre que no gira en torno al poder. Él tuvo una profesora feminista que lo marcó. Viven juntos pero no están pendientes del otro a toda hora del día. Carolina planea sus viajes a congresos sin preguntarse si debe conversarlo antes con él. Incluso, dice que le cuenta cuando se siente atraída por otra persona sin que eso provoque un ataque de celos o furia. “No es una relación posesiva, no es esto de soy tuya y eres mío”. Se quieren y respetan como personas autónomas.

El paradigma cultural sobre cómo debe comportarse la mujer en pareja es parte del modelo de familia del patriarcado. Carolina recuerda que hace poco en una conferencia dijo: “Hay que destruir a la familia”. Para el feminismo es ahí, en el núcleo familiar, donde están alojadas todas las prácticas de poder que violentan a la mujer: el rol de esposa, de ama de casa, de profesional exitosa y, sobre todo, el rol de la madre: “Las mujeres tienen hijos sin sopesar todo a lo que deben renunciar para serlo, ¡es un lugar sagrado!”, reclama Carolina.

Ser activista

El periodo de la “transición democrática” en Chile fue para el feminismo, como para otros grupos sociales, una desilusión. En el prólogo a la segunda edición (2011) de Deseos de cambio o… ¿El cambio de los deseos?, Margarita Pisano acusa a la nueva democracia de levantar un feminismo funcional “ilusionando a las mujeres con una falsa participación y desmontando, de esta manera, su poder de cambio”. En la misma línea, Natacha dice:

-No me convocan las luchas por los derechos ni por la igualdad, la equidad, ni sus correspondientes representaciones institucionales o políticas, ni ninguna acción que pretenda reformar el sistema ‘desde dentro’ ni menos adaptarse a él. Me convoca un proyecto político feminista desde el marxismo que sea anticapitalista y antipatriarcal, en la lógica de la abolición de estos dos sistemas que se retroalimentan y sostienen.

En sintonía con Natacha, Carolina dice: “Hoy día el feminismo está de moda. Existe ONU Mujer pero ¿qué significa eso si sigue funcionando dentro del orden patriarcal? El liberalismo se ha tomado el término y se habla del ‘empoderamiento’ de las mujeres. Pero la mujer no necesita empoderarse, necesita liberarse. El feminismo no se trata de competir ni de envidia entre mujeres”.

La cooptación del feminismo por parte del sistema patriarcal , agrega razones para realizar acciones públicas desde agrupaciones independientes que interpelen a la sociedad y al Estado. Actualmente, Natacha está en tres colectivos a la vez. Con las mujeres de reSueltas, Feministas Populares (Santiago) va a celebrar 20 años de activismo. Comenzaron a mediados de los 90 y plantearon su trabajo desde la clase, desde las condiciones de vida de las mujeres pobres. Durante todos estos años, han realizado una labor sistemática con escuelas feministas y teatros-foros, entre otras actividades. En compañía de esa colectiva, Natacha se educó y creció en el feminismo.

El año pasado, junto a otra compañera, Natacha creó el Observatorio de Mujeres y Medios (OMM), con base en Valparaíso: “En esta primera etapa buscamos monitorear, visibilizar y denunciar el tratamiento informativo y la presencia de las mujeres en los medios y la publicidad. Creemos que la violencia contra las mujeres está muy naturalizada e incluso ‘justificada’. Por ejemplo, se dice que las mujeres medio desnudas en los diarios no están obligadas… lo hacen porque les gusta mostrarse. Con eso se aprende y reproduce la violencia, lo que es muy fuerte si se considera a los medios como fuertes agentes de socialización”, dice Natacha.

La tercera colectiva en la que participa es La Huacha Feminista (Valparaíso), donde también estuvo Carolina desde su fundación hasta fines del año pasado. La Huacha ha acaparado la atención de los medios independientes y tradicionales de la región por las Caminatas del Silencio, que realizan para sensibilizar a la comunidad sobre los habituales y crueles femicidios que se cometen en el país. Carolina ya no pertenece a la colectiva, aunque sigue participando de las actividades, porque decidió concentrarse en la reflexión personal. Reconoce que es un trabajo largo e intenso el desprenderse de todo lo enseñado dentro la cultura del dominio. Respecto a esto, Natacha piensa: “Estamos tan socializadas y acostumbradas al patriarcado –justamente en eso consiste– que no lo percibimos o nos acostumbramos y lo vamos recreando en todos los espacios, admitiendo relaciones jerárquicas, dominantes y avasalladoras. Complicitamos así contra otras y otros, contra nuestra propia autonomía y bienestar”. Para Carolina, es esa naturalización la que provoca el rechazo al feminismo. “En general –dice- siempre es por lo mismo, ignorancia y miedo. Miedo de los hombres a perder su lugar de poder tan cómodo, tan acostumbrado, y miedo de las mujeres a empezar de cero, a no saber qué hacer”.

En la lógica feminista de la colaboración, Carolina ya encontró otro espacio donde hacer un trabajo en conjunto, pero respecto a la espiritualidad: “En el Círculo de Terapeutas de Valparaíso me encontré con mujeres libres. Porque la revolución también pasa por estar sanas, por el autoconocimiento. Conocerme más es mayor autonomía”, dice Carolina. En el caso de Natacha, ella no se imagina su vida sin estar organizando acciones públicas, dice que hay demasiado por remover y desmontar. “Una vez, hace muchos años Margarita Pisano me decía que una no podía estar en todas, que hay que elegir la fiesta donde una quiere ir. Y esta es de alguna manera mi fiesta”, dice Natacha.

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Caminata del Silencio. Fotografía de Ángela Tobón.


Las Caminatas del Silencio

Los días 25 de cada mes, La Huacha Feminista convoca a esta acción política y pública en Valparaíso. Caminan en silencio desde Plaza Victoria hacia Plaza Aníbal Pinto cuando toca día laboral, y lo hacen en la feria libre de Avenida Argentina cuando es fin de semana. Las mujeres en fila visten de negro. Llevan colgando de su cuello una hoja, cada una con los datos y la fotografía (cuando existe) de una mujer asesinada por un hombre. Ya van 33 en lo que va del año, al cierre de esta edición. Además, portan carteles con frases como “Los celos no son parte del amor. La libertad sí” o “El Estado opresor deja libre al violador”. Es un ritual que con la repetición busca instalar su mensaje en la opinión pública y en el ámbito privado de los ciudadanos. Y ha dado resultados. En la calle han visto parejas comenzar un diálogo a partir de la lectura de los carteles. Han escuchado a mujeres expresar lo que a ellas les pasa. También les han hecho el quite y han visto a señoras decirle a su hijo que mire para otro lado. Hasta les han gritado cosas. Pero el ambiente es cada vez menos adverso y ha aumentado el número de mujeres que caminan con ellas. Incluso en Quillota se organizaron para hacer sus propias caminatas.

El sentido de las Caminatas, según La Huacha, es provocar un impacto para romper con la naturalización de los femicidios y transformar la indiferencia en conmoción. También es una manera de instalar a estas mujeres en la memoria colectiva y de honrarlas, de darles la corporalidad que perdieron en un acto de sororidad. “El femicidio es la expresión más extrema y brutal de violencia contra las mujeres por nuestra condición de ser mujeres. Es un crimen de odio”, afirman en la colectiva. Según la ley chilena, el femicidio sólo es tal en un contexto de pareja, pero el feminismo amplía esa definición a todo asesinato de mujeres perpetuado por un hombre independiente de la relación que hubiera entre ellos. Por ejemplo, un cliente que mata a la trabajadora sexual con que estaba. “No ponemos la atención en el vínculo con el hombre que comete el femicidio, sino en la relación de poder que hace pensar al hombre que tiene derechos sobre el cuerpo de la mujer, que puede quitarle la vida a una mujer”, afirman. Para La Huacha, “es la representación más clara del dominio del patriarcado”. Lo demuestra el hecho de que por mucho tiempo se usó el eufemismo de “crimen pasional” para tapar la sistemática brutalidad de los hombres hacia las mujeres con arranques de celos o locura temporal. Con la palabra femicidio y las Caminatas se lleva algo considerado por mucho tiempo como “doméstico” al ámbito de lo público.

*Crónica publicada en La Juguera Magazine nº 11

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