Salió a la calle la hija de la obrera

Por Francisca Rodríguez Manríquez*

Un graffiti a unas cuadras de mi casa en el centro de Santiago dice: “Por el dolor de espalda de mi abuelita y el lumbago de mi mamá”. Recolecto en mi memoria, en ese espacio enorme de recuerdos vívidos y otros reprimidos que tengo archivados desde el 18 de octubre, muchos rayados, gritos y declaraciones en la televisión en las que ciudadanos de a pie aluden a las vidas de sus madres y abuelas. Vidas duras, marcadas por las demandas del trabajo doméstico, la precariedad económica, el maltrato y poco reconocimiento de parte de un sistema socioeconómico que poca protección brinda a las mujeres, pero que contrasta con las altas demandas desde lo social y emocional que se nos exige cumplir, un sistema que refuerza la maternidad obligatoria, valorando el mantenerla “constituida” como un logro de vida, y posicionando a las madres y mujeres como el sostén afectivo de grupos familiares completos, víctimas de la misma precariedad económica.

Pero la precariedad no sólo es económica, también es emocional.

La última Encuesta Nacional de Salud realizada en Chile -en ese Chile pre 18 de octubre- mostró que las mujeres tienen 5 veces más riesgo de depresión que los hombres. El mismo territorio, 5 veces más de riesgo de arrastrar un trastorno del ánimo. Por otro lado, el centro COES, a través de su Encuesta Longitudinal Social asoció la falta de apoyo social de forma intrínseca con la pobreza: mientras más pobre se es, menos apoyo social, mayor soledad. Los barrios pobres del país distan de esa imagen romantizada del block lleno de gente, de señoras cuchicheando, de onces en juntas de vecinos y centros de madres: cada vez en los barrios hay más soledad, encierro y falta de comunicación. La violencia de género, la falta de recompensa económica al trabajo doméstico, y el alto esfuerzo físico y mental que conlleva la inserción laboral con escasos recursos educativos, el estrés de la crianza aún feminizada como labor, y otras demandas del diario vivir incrustadas en la transgeneracionalidad de las familias, deja a las mujeres en una posición de alta vulnerabilidad al sufrimiento emocional, al cansancio, al estrés.

¿Cómo hacernos cargo del sentir, del trauma, de la violencia manifiesta y simbólica vivida por años con tantas demandas, y en tanta soledad?

El 18 de octubre nos trajo algunas cosas de vuelta. Cosas que no pensamos ni quisimos experimentar de nuevo: tanquetas en nuestros barrios, torturas y muertos en las calles. Empezaron a ocurrir milagros también: adolescentes y escolares caceroleando con las abuelitas del barrio, señoras con pañuelos verdes y bastones gritando a la par de los universitarios, obreras de vuelta del trabajo aplaudiendo a los escolares en las evasiones masivas. Aparecieron diálogos, relatos, fotografías, rescate de las historias de esfuerzo que tan pocas veces se han narrado en nuestro cine y televisión, salvo contadas series y películas con fotografía muy oscura y sucios escenarios. En gran parte de esos relatos narrados por chiquillos estudiantes, jóvenes universitarias, escritores, artistas y ciudadanos de este territorio surgía lo mismo: el trabajo de mi mamá, el esfuerzo de mi abuela, las horas que se pegan en la micro, lo que tuvieron que hacer para pagar absurdos aranceles universitarios, las horas en pasillos de hospital con olor a químico esperando un examen o una quimio que nunca llegó. 

Los gritos y demandas por la dignidad básica para vivir dieron paso a otra ola feminista chilena, que le recordó al Estado que es un macho violador, que nos culpa de los abusos que hemos sufrido, que se hace el ciego junto a la justicia de las violencias que día a día sufrimos. Se abrieron relatos, se descubrieron secretos familiares, y muchas de esas madres y abuelas develaron que también habían vivido esos maltratos.

Este 8M muchas de esas madres y abuelas saldrán a las calles, con sus dolores de espalda, sus fibromialgias, artrosis, con sus depresiones, ansiedades y penas a cuesta, motivadas por esa ola de pañuelos verdes y morados que florecieron como maleza en todo el territorio.

Así como la oleada feminista chilena posicionó en el mundo entero el grito porteño de lastesis en torno a las agresiones sistemáticas que hemos vivido desde que el mundo es mundo, ¿seremos capaces como feministas de abrazar lo que el 18 de octubre nos mostró en torno a esa dignidad que tanto necesita nuestro país, y direccionar y presionar para no claudicar hasta obtenerla? ¿Lucharemos por la dignidad que la mujer obrera, nuestras madres y abuelas estuvieron lejos de tener en estos 30 años de democracia? El camino es largo. Pero también dicen las paredes que el neoliberalismo nace y muere en Chile. Y qué hermoso sería que seamos las mujeres quienes acabemos con él.


*Psicóloga Clínica Universidad de Valparaíso, Diplomada en Psicoterapia Infanto-Juvenil PUC. Asesora Técnica Programa Salud Mental CESFAM La PIncoya – I.M. de Huechuraba. Psicóloga Sector Verde CESFAM La Pincoya – I.M. de Huechuraba.
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