Sala Pascal 79: un espacio de resistencia del arte en Valparaíso

Lo que partió como un grupo de alumnos de un instituto profesional de teatro que cerró por inviabilidades financieras a comienzos de los años 90, terminó en una sala de artes escénicas completamente autogestionada, lugar donde antes funcionó un prostíbulo, a pasos de la Iglesia La Matriz. Hoy, entre sus objetivos, aseguran, está el recobrar la vida artística propia y la de Valparaíso. Sin embargo, tienen otro fin que persiguen con más ahínco: la dignidad al trabajo del artista.

Por Diego Bravo Rayo – Fotografías: Javier Cortés

sala pascalLa bruma invernal de la bahía de los melancólicos se asentó, casi intencionalmente, en el barrio puerto, omitiendo -como tantas veces nos percatamos con asombro- a otros parajes del mismo Valparaíso, quienes se ahorraron el piso resbaladizo que tantos esguinces otorga como presente troyano a incontables señoras que, previo al desaguisado corpóreo, tenían como plan cumplir sus diligencias en el plan antes de la hora de almuerzo. Posiblemente en esas mismas mujeres estarán pensando las vendedoras de ensaladas en bolsa (en el cuadro de honor los porotos con cebolla y cilandro), como también los madrugadores hombres de mar que ofrecen benditas reinetas, las cuales pudieron crecer superando la distópica pesca de arrastre.

Tampoco era el mejor día para pintar a la intemperie, por eso Gabriela, sus muchachas y chiquillos optaron por continuar las labores al interior de una sala que es parte de esos insignes edificios de media cuadra de la ciudad no fundada. Su apellido es Martina y es directora de la Sala Pascal 79, recinto que debe su nombre a la escueta calle que está entre Márquez y la ascendente Echaurren, a unos 12 metros de la Iglesia La Matriz. El origen, empero, es el punto imprescindible para comprender no sólo la esencia de la sala, sino para dimensionar, de forma vívida, la situación del teatro regional.

HISTORIA, ABANDONO, AUTOGESTIÓN

En el ocaso del año 1993, los alumnos y docentes de Actuación Teatral del Instituto Bertolt Brecht supieron que sus dueños iban a cerrar la sede Valparaíso porque la consideraban insostenible a nivel financiero. La gente encargada del instituto les ofreció continuar en la sede de  Santiago, pero los profesores Ximena Flores y Jaime Schneider, y los estudiantes, algo más de una decena, ante la frustración de ver cómo arbitrariamente quedaban a la deriva, decidieron de forma unánime continuar de forma auto-gestionada y así finalizar el tercer año, el último de la carrera.

Una de esas estudiantes era Gabriela Martina, quien había retornado de Canadá el año 1987 e ingresó el año 1992 a estudiar lo que realmente le apasionaba, tras haber estudiado y trabajado como profesora básica. El instituto funcionaba en la calle Blanco, al frente de la actual sala El Farol de la Universidad de Valparaíso. “No teníamos donde ir, era una lucha por la supervivencia. Mi papá tenía un espacio, cerca de la Iglesia La Matriz, una bodega que era parte de un edificio que ocupa casi toda la media manzana (buena parte de la calle Pascal) en el que funcionaba una casa de prostitutas y hotel de marinos que era de mi abuelo, Maximiliano Canessa”. 

Juana Vargas es una mujer mayor que se dedica a cuidar autos en el sector, y cuenta que el prostíbulo dejó de funcionar hace mucho tiempo, al igual que varios otros que poblaban  los alrededores de la plaza Echaurren, tras la privatización del puerto de Valparaíso y la numerosa cesantía que luego produjo. A pesar de este dato que mencionó, doña Juana ha notado cómo esa parte específica del barrio puerto se volvió una isla de tranquilidad en medio del océano de inseguridad que lo rodea. “Por estos lados viven puros señores y cabros tranquilos. En el edificio donde trabajaban ‘las niñas’ hoy viven puros abuelitos. El barrio cambió para mejor, fíjese”.

Cuenta que ellos transformaron la bodega y la habilitaron, junto a su subterráneo, como salas de teatro, donde además pudieron terminar el tercer año. Allí empezaron a funcionar como Teatro Escuela La Matriz. Años después  hubo una separación. Los del Teatro Escuela partieron a Plaza Victoria, liderados por Ximena Flores, mientras que en la sala se quedó la Compañía de Teatro Abierto de Valparaíso, cuyo director fue Jaime Schneider durante 5 años. Con ellos siguió Martina.

LA ESENCIA DEL PROYECTO Y EL TEATRO EN LA REGIÓN sala pasacal 2
Mientras la típica escena de trabajo de producción artística hacía de ambiente, con escaleras, focos y personas yendo y viniendo, Martina habla sobre la pobre realidad de gran parte del teatro de la región y la disparidad que existe con Santiago. “Recuerdo que en el año 1995 las entradas costaban dos mil pesos, y hoy cuestan igual o incluso 1.500. No podemos cobrar más porque la gente no viene, mientras en Santiago cobran 5, 7 y 10 mil pesos con tranquilidad por cualquier obra”.

Además, Martina entregó su apreciación sobre el respaldo del Estado hacia las actividades artísticas. “El apoyo al arte ha sido insuficiente, y la realidad regional es más dramática que en Santiago. El Consejo de la Cultura debería hacer un catastro de las compañías y las salas de teatro, como la nuestra, para ver qué necesitan”. La directora añade que influye aún el apagón cultural de la dictadura, ya que “a pesar que ha notado una reactivación en la última década, aún estamos viviendo una especie de resaca dictatorial”, la cual estima que se ha acentuado por el dominante influjo estadounidense en la cultura chilena: “La influencia yanqui ha apagado la cultura propia y nacional”.

A la conversación se sumó improvisadamente parte del equipo central de Producciones+2, compuesto por estudiantes y titulados de la carrera de Teatro de la Universidad de Playa Ancha (UPLA) y la de Valparaíso (UV), quienes están a cargo de la producción de la sala. Mariela Laterra, encargada de difusión y actriz de la UPLA, habló de lo que ella siente sobre el proyecto que lidera, además de plantear la crítica situación que viven los titulados de la carrera. “Antes de explicar el cómo del proyecto, está primero el porqué. Si bien este espacio se abrió por las necesidades de un instituto y sus estudiantes, este espacio se ofrece como un reducto de resistencia donde hace más de 21 años que se está haciendo arte. Encuentro insólito que cobren un crédito (la universidad) si no hay pega a futuro para solventarlo”. Cristián Romo, actor de la UV y coordinador de sala, asegura que como equipo de trabajo las dificultades de la realidad cultural de la sociedad chilena son analizadas constantemente, y que apostarán a la “formación de audiencias”, con el fin de realizar un intercambio entre el público y los artistas para que los primeros dejen de verse tan ajenos al mundo de los segundos. Carime Morrison, estudiante de teatro de la UV, plantea que “el primer paso es la generación de público, que venga gente por primera vez (un no-público) que no cacha nada o nunca ha ido al teatro. Lo importante es que estas personas tengan una buena experiencia para que quieran volver. Esta buena experiencia se gesta desde la calidad de la obra, pero también en aspectos como los accesos, la limpieza de los baños, el trato con los actores”. Por ello es que como primeros pasos de esta formación de audiencias harán conversatorios al fin de cada ciclo de obras.

Morrison, al igual que sus compañeros, valora la independencia y la autogestión, sin embargo sabe que la ausencia de remuneraciones por este trabajo debe terminar pronto. Estamos trabajando de modo organizado, de gestión profesional, cosa que por lo general no se toma en cuenta en las carreras universitarias. Muchas veces los proyectos se caen por eso, por falta de capacidad de gestión. Un proyecto puede ser muy bueno, pero hay que saber cómo moverlo. En un futuro próximo buscamos postular a un Fondart, para mejorar la infraestructura de la Sala, y buscaremos próximamente fondos privados para sostenernos”. Romo añadió que “tomaremos las herramientas del capital para llevarlas al plano cultural. Nos pensamos como empresa cultural”.

LO QUE SE VIENE: CICLOS INTERDISCIPLINARIOS

sala pascal 3Desde el 23 de agosto hasta la segunda semana de diciembre, la Sala Pascal 79 realizará cinco ciclos. Cada uno tendrá una temática diferente: el primero será Orígen, siguiendo con Género, Nuevo Lenguaje, Teatro físico, y finalmente Memoria. Cada ciclo durará 3 fines de semana y cuando finalice el ciclo, se hará un conversatorio para reflexionar en torno la obra y se darán espacios para que artistas y público se relacionen de modo distendido.

Paola Jerez, encargada de programación, afirma que “buscamos que hayan mezclas de disciplinas”. En el primer ciclo,  Orígen, estará la obra “El Bueno, El Malo y el Feo”, de la compañía Sir Walter Scott Inc., para el viernes 29 y sábado 30 de agosto. Para el 5 y 6 de septiembre estará “La amorosa madre” de la compañía Dis/Gusto Teatro, y el 12 y 13 de septiembre “Klein” del Colectivo Teatro La Pasionaria.

El mismo 23 de agosto es la reactivación oficial de la Sala Pascal, la cual será con entrada liberada. Habrá música con la banda Confundidos, Dalmy Ruz con la muestra de artes visuales “Mirar hacia arriba”, además de Francia Pacheco con un solo de danza llamada “Al Natural”. Además,  Paulo Fernández presentará su cortometraje titulado “Rewind”, finalizando con extractos realizados por estudiantes de Teatro de la UV, las que estarán basadas en las obras “Psicosis 4:48” y “Ansia”, ambos de la dramaturga inglesa Sarah Kane.

– Adelántanos un poco sobre en qué consiste el ciclo Orígenes, cuéntanos cuál es su esencia, hacia dónde apunta…

Jerez: “Esto surge por el hecho de ser nuestra primera creación en conjunto, como símbolo de un nacimiento. Después, hemos visto que ha habido muchos estrenos, como también los primeros montajes de compañías nuevas, o nuevos discos y otras primeras iniciativas artísticas. “Origen” porque nos representa a nosotros como Producciones+2. Ahí pensamos que los artistas que estén en este ciclo presenten su primera obra o hablen sobre la temática en su muestra”.

SUEÑOS

Mientras el café se volvía más tibio, la conversación dio para hablar de los anhelos que se alojan en cada uno de ellos.  Laterra  no demoró en explayarse, con el vigor que la caracteriza. “Más que un sueño, que esto se transforme en un trabajo. Basta que se deje de ver como algo que no es trabajo. Somos trabajadores. Que la sala tenga las condiciones para hacer cultura. Quiero ver cómo generamos trabajo remunerado, ya que hasta ahora no ganamos ni uno. Yo nací en el noventa, no me interesan más los traumas de la dictadura”. Mientras decía esto último, Martina sonreía,  contemplando con ternura  una nueva escena del fuego juvenil que porta su equipo. Romo si bien imagina a la sala como “una bomba cultural reconocida a nivel internacional”, pero su verdadero sueño es más atingente: “dignidad ante todo, sueldo digno, que no falte nunca el trabajo”. Jerez y Morrison coincidieron con sus compañeros, añadiendo que desean a la sala como “un espacio abierto a la comunidad, más allá del arte mismo”.

Se puede inferir con prontitud que son sueños humildes y sencillos, y puede que esto sea llamativo a la primera leída. Tal vez la vistosidad de estas proclamas va más allá de los anhelos expresados, sino en el lugar donde se ciñen. Porque en el fondo dignidad y resistencia representan la quimera y el corazón del Valparaíso desheredado y popular, que puebla tanto el barrio puerto como en la mayoría de los rincones de Pancho.                    

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