Recordando a Pedro Lemebel

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“He hecho casi de todo, para puta no me dio, por el cuerpo”
Pedro Lemebel

Por Karo Torres

No recuerdo cómo nació mi interés por la figura del escritor y artista visual Pedro Lemebel. Supongo, su nombre crujía en las calles del puerto, donde el eco de sus largos tacones removía todos los recodos solapados [lo imagino apuntando con la palabra, escabullido entre el vicio y el travestido mundo de la noche].

Con su vocación de cronista, logró mirar el mundo desde una perspectiva suelta, instalado en una marginalidad enjuiciada por el poder. Creo que ahí destaca su gran triunfo. Hablo por mi diferencia, manifiesto que leyó en público en 1986, aún circula como una voz ausente entre la multitud y es reiteradamente citado, – tanto-, que siempre cuando se habla de su obra, algún fragmento cae por obligación:

“Defiendo lo que soy

Y no soy tan raro

Me apesta la injusticia

Y sospecho de esta cueca democrática

Pero no me hable del proletariado

Porque ser pobre y maricón es peor

Hay que ser ácido para soportarlo”

De un discurso alzado, creativo y sensible. Su prosa armó ciudades, calles, definió personajes y construyó un imaginario donde la frecuencia AM, musicalizó los relatos. [Cómo olvidar las historias en  De Perlas y Cicatrices, narraciones que dio a conocer en los años 90, en el programa Cancionero de una radio comunal].

Hizo bailar a las yeguas y a desentendidos con una literatura rasgada, enmudeció al discurso oficial y terminó sus días sin voz, [un cáncer a la garganta se llevó sus huesos combatientes el verano del 2015]. Siempre mantuvo una inquebrantable lucidez, con la que inspiro a desplazados de la fila y a sidosos apaciguados por el letargo de las luces.

En este momento y mientras tengo en mi poder uno de sus libros, rescató las palabras que dedicó a su amiga, la poeta Stella Díaz Varín:

“En su tiempo, una mujer poeta debía imponerse en medio de los falos narcisos de la lírica reinante. Tuvo que instalarse a fuerza de escritura y cachetada para ser reconocida, a medias. Pego para que me quieran, decía con la sonrisa chueca… luego del chaparrón. Conocí a Stella todos esos años, rumbeando la farra  loba cuando los ochenta y noventa se asomaban tímidos en los arreboles del alba. La quise mucho, y extraño el vértigo inflamado de su colosal amistad. Me dio su cariño y complicidad chapuceando un trago en algún tugurio de Valparaíso. Entonces, las estrellas vitoreaban su nombre y Stella descendía los peldaños de la noche gruñéndole ñau ñau al importuno amanecer”.

[Fragmento de Adiós, Stella. Ñau ñau, Poeta. Crónica completa y editada en Háblame de amores, Editorial Seix Barral; 2012]

Pedro murió un 23 de enero del año 2015.  Pienso en su convicción, en los reiterados intentos por defender la libertad de expresión y el lugar soñado de quienes son apuntados con el filo de la indiferencia. Imposible olvidar su hacer, barrocamente dulce.

Recuerdo a las Yeguas del Apocalipsis, colectivo que fundó con Pancho Casas en plena dictadura chilena. Juntos se atrevieron, enfrentando a la divinidad que trae consigo un sistema aciago; presentándose con intervenciones políticas y sociales que marcaron precedentes importantes para el arte en nuestro país. La historia que sigue y la fragmentación de la dupla en 1997, es picadillo de luces inexistentes.

Me gusta ese lado de Pedro Lemebel donde se ocupa como objeto perfomático e irrumpe desde la clandestinidad.

El centro de investigación periodística, Ciper, realizó un reportaje titulado El corazón rabioso del hombre loca, que repasa la vida del artista. [En la siguiente cita, se rememora la performance más polémica que realizó junto Pancho Casas en 1989, ¿De qué se ríe presidente? De ese momento solo quedó una fotografía]:

Fueron las convidadas de piedra al encuentro de los intelectuales con Patricio Aylwin, el candidato de la oposición a Pinochet en las elecciones de 1989. Allí, frente al establishment político de la centroizquierda chilena que había reclamado durante 17 años el retorno a la democracia, Pedro y Pancho se subieron al escenario sin permiso.

Pedro Lemebel: Llegamos con impermeables, nos pusimos los tacos y las plumas rápido y extendimos un lienzo que decía “Homosexuales por el cambio”. Fueron algo así como tres minutos. En un momento hubo un silencio generalizado. Y repentinamente algún amigo nuestro empezó a aplaudir, y luego aplaudió Aylwin. Nos bajamos y nos echaron a patadas. Recuerdo que Mariana Aylwin, hija de Patricio, nos dijo “¿Por qué le hicieron esto a mi papá? Ahora la derecha va a decir que mi papá apoya a los homosexuales”.

 

Foto de Eduardo Ramirez

(La única foto que se ha hecho pública de la intervención “¿De qué se ríe presidente?” de 1989.  Registro: Eduardo Ramírez).

 

Háblame de amores

Pedro Lemebel solo escribió una novela, Tengo miedo torero (2001). Fue la primera de sus obras que leí [todo el resto se trata de crónicas].

Recuerdo que mi lectura fue la de un libro pirateado, de esos que van desintegrando de a poco, pero que igualmente son legibles [es el costo de comprar fotocopias empastadas con pegamento infantil]. Por ese entonces, sus textos se ofrecían en todas las cunetas, frente a la ilegalidad y reproche de las editoriales. Ahora que lo pienso, creo que no pude comenzar de mejor manera mi encuentro con su palabra. De ahí en adelante me volví una asidua lectora de sus crónicas.

El año 2013 lo conocí en la Feria del Libro de Viña del Mar. Fui especialmente a la presentación de Háblame de amores. Con apenas un hilo de voz se enfrentó al público con gracia e ironía.  Recuerdo que cuando lo miraba, no quería imaginar que el cáncer había comenzado su trágica cuenta regresiva. Ese día, la yegua, el cola del Zanjón de la Aguada me regaló un grato recuerdo. Y cuando abro las primeras páginas de Háblame de Amores, aún puedo leer: “A Carolina, con mi sexo, mi raza y mi social popular. Enero 2013. Pedro Lemebel”.

 

 

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