Rebeca Lane, rapera anarcofeminista: “Yo lo mato antes que me mate”

Reconocida como una de las voces más potentes del hip hop en Centroamérica, las letras de Rebeca Lane -que hablan de memoria, colonización, feminismo y anarquismo- inspiran a muchas mujeres a manifestarse en contra del machismo y la desigualdad. Desde Guatemala, María José Reyes conversó para La Juguera Magazine con la rapera. Las preguntas para esta entrevista fueron preparadas por la colectiva Lupitas del Sur.

Por María José Reyes

En Guatemala aún resuena el miedo que dejó instaurado la guerra. Para muchxs de nosotrxs, Rebeca Lane irrumpe en esta herencia con su poesía y sus beats, con la rebeldía feminista, con el reconocimiento del mestizaje. La creación inspirada en una justa rabia sanadora.

“El arte me ha ayudado a canalizar. Funciona como una válvula para dejar salir todas esas cosas que no me dejan estar en paz conmigo misma, pero no lo hago con la idea de hacer de esto un panfleto”, dice en un pequeño Café del centro de Ciudad de Guatemala. Pocas mujeres activistas se atreven a salir en estos tiempos, pero Rebeca, que también es socióloga y feminista, no se deja acorralar y acepta dar esta entrevista antes de partir a su gira por Europa.

¿Cómo llegaste al hip hop?

–Cuando empecé en activismo político durante la postguerra tenía 12 años. Muchos jóvenes crecimos educados con una mentalidad revolucionaria. Pero cuando ya de adultos no había guerra. Nosotros estábamos frustrados de no haber podido pelear como lo hicieron otras generaciones. Siento que había mucha necesidad de expresión en la juventud que vimos los acuerdos de paz venir.

Ahora, 20 años después, hay otra lectura. En los ‘90 empieza una gran ola de deportación de migrantes, sobre todo de pandilleros, de Los Ángeles y de Nueva York. Centroamericanos que traen consigo la cultura de la pandilla y del hip hop. Ya en el 2003 el centro se transforma en un lugar de encuentro, y en ese momento yo estaba vinculada a grupos activistas por la recuperación de la memoria. Estábamos en un contexto súper violento (…), confrontábamos al Ejército. Era un activismo bastante duro y de calle, con muchos riesgos, igual que lo que estamos viendo ahora con compañeras secuestradas. Acá ha sido una constante; a 20 años una puede identificar que realmente la guerra nunca terminó.

¿Cómo se vivía el hip hop en el centro de la ciudad?

–El centro se convirtió en un espacio de creación alternativa. Nos empezamos a juntar con gente que hacía hip hop, teatro, poesía y muralismo activista. Muchos nos vinculamos para mantener una casa que okupamos en el 2004, que había funcionado como dirección de inmigración y donde habían desaparecido un montón de personas. Ahí se dio mi vinculación con el hip hop, de empezar a ver, participar y fascinarme por su cultura.

En aquel entonces era solo una sensación de “¡Ah! Esto me gusta demasiado”. Iba a todos los eventos, pero como pocas mujeres participábamos a mí jamás se me ocurrió que yo pudiera hacer algo. Las dinámicas de activismo eran bastantes patriarcales; yo era una mujer absolutamente machista. Éramos 3 o 4 mujeres en una organización de 60. No tenía la idea de emancipación de la mujer en la cabeza, hasta que me empecé a especializar en estudios culturales. Me acerqué desde una perspectiva académica al hip hop. Hacía entrevistas, moderaba foros. Y como yo ya hacía poesía, entré a un programa de radio que quedaba en un estudio de grabación de raperos, y ellos me empezaron a decir “deberías hacer tus poemas sobre un beat” y así empecé.

¿Cómo es tu proceso de creación?, ¿cómo llega la letra, el ritmo? 

– Pues creo que va cambiando. Al principio escribía absolutamente todo lo que me ocurría. Ahora soy mucho más perfeccionista y cuidadosa. Antes te podía escribir 2 canciones en un día, y ahora, por ejemplo, llevo 3 semanas en una que no logro terminar. Es que el proceso de creación no lo podés forzar. Los espacios de silencio también son importantes; no estar diciendo todo el tiempo lo que una piensa y siente, que era lo que yo hacía al principio. Ahora escucho cosas de vuelta y digo “puta qué chorrada, qué muladas decía”, y está bueno que una las exprese, pero por qué putas las tenía que grabar y publicarlas (risas).

¿De dónde construyes tu imaginario?

– No veo el hip hop como una herramienta y eso a mí sí que me parece importante, porque siento que muchas veces desde el activismo (y lo digo porque yo lo hice también) utilizamos el arte de una forma instrumental, es decir, mis ideas políticas son éstas, pero como yo quiero acercarlas al pueblo las voy a hacer de forma accesible, como una forma de utilizar el arte. Y para mí no es así.  No es que esté haciendo música porque quiero hacer propaganda de mis idea políticas; el arte me ha ayudado a canalizar. A los 18 años estaba amenazada de muerte y el arte me servía para sanar ese miedo.

A propósito de la canción Poesía Venenosa, donde reafirmas tu posicionamiento político anarquista, ¿alguna vez sentiste que tuviste que entretener al público? 

–Las posturas anarcofeministas vienen mucho de contextos muy occidentalizados, ¿no? Cuando voy a otros lugares me dicen “ah, tú sos anarquista, ¿no vivís en una okupa?”, pero acá es otro el rollo. Acá nuestro ejemplo de anarquismo no es una okupa con gente vestida de negro, sino los 48 Cantones de Totonicapán, organización indígena y comunitaria. Son otros los referentes.

Y sobre lo de entretener, hay veces que sí. Me han tocado públicos que llegaron ahí para bailar y no para escuchar rap. Y también el público feminista espera algo de vos. Que tu vida tiene que ser de tal forma y, si no lo sos, entonces como que las traicionaste. A veces esta onda de idealizarnos es una forma de entretener, ¿verdad?

¿Qué rol cumple el arte en el proceso de toma de conciencia en tu vida?

El arte en general es otro plano de comunicación. Me gusta mucho el anarquismo epistemológico porque explica que hay distintos sistemas de conocimiento, como la brujería, la literatura, la racionalidad. El problema es que la racionalidad a partir de la Ilustración se convierte en el sistema de conocimiento dominante por sobre todo. Pero también hay lenguajes propios. La música tiene un lenguaje escrito que no cualquiera puede dominar, y eso no implica que no puedas tocar un instrumento. O si no tenés conocimiento de respiración, no podés cantar.

El arte me permite comunicarme ahí donde el sistema racional no puede. Por ponerte un ejemplo, en una marcha en Guadalajara estaban leyendo el comunicado del 25 de noviembre y la gente no estaba poniendo atención, pero después pasaron los familiares de las mujeres asesinadas en el último mes, y en esa parte a todos se nos removió el estómago. Ahí sentí esa cosa de “no, esto no puede volver a pasar”. Aunque eso no haya sido artístico en términos técnicos es una comunicación sensible.

ORIGEN Y ESPÍRITU

Rebeca, nosotras nos consideramos mestizas y lo hemos escuchado de ti también. Cuéntanos, ¿cuál es tu concepto de mestizaje?, ¿qué áreas cruza?

–Qué difícil. A mí lo que me dio toda esta perspectiva de entender el mestizaje, no desde lo teórico sino desde mi propia experiencia, fue leer a Gloria Anzaldúa en el libro Borderlands. Todos los aportes chicanos son buenos, porque iniciaron una discusión teórica mucho antes que nosotras, y hasta pienso que no hay en el presente una construcción teórica sobre el mestizaje desde América Latina.

Las chicanas tenían la experiencia de ser transfronterizas, desde 8, 9 generaciones. Ella, lesbiana, empieza a utilizar el término queer y comienza a cuestionarse su cultura y su tradición. Si al ser queer no coincide con en ese concepto, que reconoce ligado a Estados Unidos.

La cultura occidental abraza un poco más estas identidades. Ese choque de culturas es conflictivo, y transitando entre las contradicciones dice: “De mi cultura agarro lo que me sirve, y lo que no, lo desecho”. Igual que lo que me pasa con ella, una doctora que hizo importantes aportes a la academia y a los estudios chicanos. Eso me sirve, pero la supremacía blanca no.

Me gusta pensar en el mestizaje como un proceso conflictivo y no algo acabado. Mi abuelo es indígena y recuerdo haber crecido toda mi puta vida sin que eso fuera un tema de conversación… Como él hablaba español, trabajaba y había ido a la universidad, en nuestro imaginario él no lo era.

Eso está ligado a este término que existe sólo en Guatemala sobre lo ladino, que no es el vínculo –como en el mestizaje– mediante la sangre, sino como un posicionamiento político de lo no-indígena como identidad, aunque ser mestiza en América Latina creo que también se vive como ser ladino en Guatemala.

Ajá, y además es cultural. Somos un país absolutamente indígena en todo, hasta los que no quieren serlo. Lo somos y lo bueno que nos deja lo que tenemos: lo comunitario, el cuidado, un montón de cosas que heredamos de culturas originarias, que no abrazamos o que no las entendemos así.

A mí la música me llevó a meterme en vídeo, poesía venenosa. Siempre me gustó una estatua de mi abuelo, una de un maya, porque se parecía a él. Y de hecho, cuando él murió le dije a mi abuelita “¿será que me puedo quedar con esta estatua?” y me respondió “por favor, agarrála va…”, porque para ella no era nada, pero para mí era el maya que se parecía a mi abuelito.

Empecé a descubrir que en la historia familiar de mi papá hay italianos, y yo me preguntaba por qué de eso sí se hablaba y del lado indígena no. Empecé a cuestionarme y también a hablar con mi familia, a preguntarles si sabían que mi abuelo era indígena, que por qué no lo hablábamos. Vos hablas con los hermanos de mi papá y ninguno se identifica como indígena.

¿Y ninguno entonces conserva su idioma?

No. Mi teoría es que a él no le enseñaron, porque sus papás eran comerciantes. Tenían más plata que el regular y se vinieron a vivir a la ciudad, justo donde se dan estos procesos forzados de ladinización. Siento que por ahí va mi visión del mestizaje.

Es muy personal el proceso…

Eso te digo. Muy como proceso social lo puedes entender, pero es muy personal.

Entonces lo que cruza tu linaje de mestiza es lo indígena y lo italiano.

Sí, pero lo italiano me vale verga, jajaja.

¿Cómo nace tu universo espiritual, Rebeca? Es una pregunta grande, pero aterrízala como desees.

Un poco de ahí mismo. De mis bisabuelas, curanderas… como todas las abuelitas acá, que conocen el uso de las plantas… En cierto momento tuve un acercamiento bien intenso y profundo con la cosmovisión maya, que me ayudó con el autoconocimiento…

El participar en ceremonias, el acercarme con guías espirituales que me iban explicando mi energía, mi nawal, la meditación vipassana… Son cosas a las que ya no estoy apegada. O sea ya no sigo el calendario día a día; no medito todos los días, pero son herramientas que me ayudaron a tener cierto conocimiento sobre mi mundo y mi universo espiritual.

Me puedo sentir muy centrada sin tener que sentarme a meditar, ¿sabes? Es que el proceso espiritual es más bien individual; lo que me sirve a mí no le va a servir a otra persona, y el significado que le doy a mis piedras, a los inciensos, a los ritualitos, tienen poder porque yo justamente se los doy, no porque me lo da alguna religión o una doctrina.

Si bien hay cosmovisiones válidas, siento que honrarlas tanto es salir de la ritualización. Esa es mi perspectiva. Pero respeto absolutamente, qué seríamos nosotros sin el conocimiento. O sea, qué hubiese sido de mi camino sin el conocimiento de los guías espirituales. Lo que ellos me regalaron me ayudó tanto que me liberé de ciertos ritualismos. Hasta leer La Danza en Espiral de Starhawk me ayudó, un libro de brujería para principiantes de wiccas. Ella tiene una posición más flexible; no es de las wiccanas ortodoxas. Por ejemplo, en la técnica para limpiar piedras destaca la intención. No espera la luna llena, sino que dice “esta piedra se limpia porque se limpia y esta piedra me va a servir porque ahora tiene mi energía, y si alguien la toca no me importa porque la energía que está aquí es mía”.

¿Y haces rituales todavía?

Pues depende. Pues no tanto.

Pero tuviste tu época de brujilla igual, ¿o no?

–¡Sí! Tuve una época con mis altares y mis no sé qué, y recuerdo que una vez un amigo me dijo “tú le das demasiado poder a las cosas y el poder lo tenés tú, no lo tienen las cosas”. Era un compa que no sabía nada de nada, que llegó a mi casa y se sentó en mi altar porque quedaba en un cofre, y yo casi lo mato. Y ahí él me dijo “Mira, ¡el poder lo tenés tú!, no lo tienen las cosas”. Bueno, y en ese momento fue “no jodas”, y quité el altar.

Te movió el comentario…

¡Sí, a huevo! El poder se lo doy yo a las cosas.

¿Poner la mente ahí puede terminar generando eso mismo?

Exactamente. Ahorita para mí es más una experiencia cotidiana. Hoy veo todos mis collares y me pregunto “¿con cuál salgo hoy?”. Tengo mis cosas, pero si salgo sin nada me siento igual de protegida.

Y justamente en referencia a eso, y a un contexto sociopolítico como el de Guatemala, ¿cómo enfrentas el miedo?

Pues no poniéndole tanta atención. Por ejemplo, en la colectiva que teníamos aprendí ciertas técnicas de autodefensa feminista. Y no es que practique todos los días, pero es el sentimiento. No sentirme desamparada es un mecanismo de protección. Como ese hashtag #simematan, que me pareció un ejercicio político interesante, pero que como ejercicio individual de proclamación me pareció terrible. Yo entiendo lo que las compañeras quisieron hacer y desde el lugar de donde nació. Lo respeto, lo comparto, lo aplaudo, pero yo personalmente no voy a proclamar mi muerte, porque a mí no me matan. Yo lo mato antes de que me mate. Tengo esa seguridad y, al mismo tiempo, claro que están los peligros, pero ¡¿que!? Preocupándome sufro el doble.

Considerando la violencia estructural y cotidiana, ¿en qué consisten entonces tus espacios de autocuidado?

Lo que me ha ayudado mucho es aprender de los gatos (risas). Hay que dormir y hay que estar en casa. Para mí es muy importante eso: el espacio del descanso. No fumo nada, no tomo alcohol, no me meto drogas, no tomo café. Restrinjo mucho las sustancias. Es importante, interesante. Antes era vegetariana, pero por cosas de salud ya no. Con la meditación aprendí que mientras más limpia mantenés el aura, entonces más agudos son tus sentidos respecto a la intuición, por ejemplo. Eso es autodefensa también, es  como decir “esta persona, su energía, no me vibra bien, no me voy a acercar o no voy a permitir que se acerque”.

Tener el canal despejado para poder recibir…

–Exactamente. Lo digo porque lo he vivido y no desde una posición moralista. Esta onda de andar de fiesta en fiesta, de cogerse a todo el mundo. Viví una etapa muy intensa; tuve un problema de drogadicción súper fuerte, y en ese momento estaba descubriendo el feminismo y para mí eso era ser libre: salir de fiesta y cogerme a alguien en el baño y luego a alguien en la casa, meterme 5 rayas, una pastilla. Para mí eso era libertad y eso era feminismo, así entendía la libertad individual sobre mi cuerpo.

Saliendo de eso ya estoy más segura  en mi espacio pequeño, no dejando entrar a cualquier persona, no metiéndome cualquier sustancia. Estoy más alerta, tengo más energía. Ahora tuve un tour por México que fue bastante intenso y regresé a Guate a descansar un mes completo: ninguna entrevista, programa de televisión, concierto, taller, charla, nada: un mes para no hacer nada. Por eso te digo, si no me salió la canción, ¡qué me importa! No estoy trabajando, estoy tranqui preparando el tour de Europa. Me di cuenta de que me estaba drenando mucha energía por dar y dar y dar y dar y dar. Y claro, también recibís, pero no es lo mismo.

Recuerdo haberte visto viajando a la marcha de las putas y luego volviendo acá y luego a México, my así. Había una foto en la que te habías resfriado y el comentario era “mi cuerpo pide parar”.

–Ajá. El año pasado me enfermé tantas veces. No me puedo estar exponiendo todo el tiempo, porque no estoy cantando sobre la bicicleta, estoy cantando sobre mi vida, y si voy a una entrevista me van a preguntar cosas dolorosas, y no puedo estar exponiendo mis heridas todo el tiempo. Necesito respetar mis espacios de silencio y ser un poco más disciplinada; no responder a ninguna red social ni nada si no se me da la gana. Nunca leo los mensajes de Messenger, o sea, una vez cada 3 semanas.

ANARQUÍA Y FEMINISMO

Te declaras anarcofeminista, ¿cómo se manifiesta en tu andar?

–Yo siento que es no darle jerarquía a ningún sistema sobre otro, no estancarme en visiones sobre mí misma que me obliguen a ser de una forma que yo no quiero. Básicamente me dejo fluir. Sigo mi intuición. Yo estoy en control de mi cotidianidad y de mi vida. Obviamente hay un sistema capitalista, obviamente tengo que pagar la puta renta. No puedo hacer mi trabajo gratis, porque no voy a renunciar a pagar un espacio que me hace sentir bien y segura. Es mi espacio de descanso y siento que es una reflexión muy necesaria en los espacios anarquistas: el autocuidado.

He estado en espacios anarquistas en otros países, donde voy a cantar y no me cuidan. Una vez después de un concierto en Barcelona, desde las 3 de la tarde hasta las 3 de la mañana, me hicieron caminar una hora hasta la okupa por no querer pagar 10 euros de un taxi. Yo pensaba “mae, qué feo. Estas chicas ¿que están pensando?”, y no es que yo sea la gran diosa, pero trabajé ¡12 putas horas! Entonces pensé que ellas no me cuidaron porque no se saben cuidar de ellas mismas.

Me fueron a meter a una casa okupa donde había un baño para 3 pisos, ¡no jodas! Siento que los espacios anarquistas en Europa se precarizan a propósito yendo en contra de la razón. Cero reglas de higiene. Ésa para mí es una anarquía poco reflexiva.

¿Y okupas rurales?

–Son espacios muy lindos; tienen contacto con la tierra, tienen otra visión del autocuidado. Para ellos el anarquismo está en que producís lo que comés. Hay normas de convivencia, de limpiar el baño después de usarlo, o sea, de pensar en la colectividad.

He conocido muchas experiencias colectivas de casas que no son okupas, pero que tienen todo este ideal del anarquismo y, sin embargo, se la pasan de fiesta en fiesta. A mí no me gusta estar de fiesta, me gusta el silencio. Por ahí va mi cuestión anarquista.

También vivo para la construcción de espacios para las mujeres dentro del hip hop, para otra raperas, revisando no ejercer autoridad por el hecho de tener más reconocimiento o por ser más adulta. Valoro a todas las personas que trabajan y participan conmigo, sin anularme. Tampoco le doy espacio a todo el mundo. Defiendo lo que me ha costado, pero también comparto con las compañeras que trabajan conmigo.

SER MUJER

Desde Mujer Lunar te he escuchado hablar sobre mujeres trans y sobre el mundo queer, y que somos mujeres cis. ¿Cómo ha ido cambiando ese concepto de ser mujer?

–En el momento en que escribí Mujer Lunar estaba descubriendo la copa menstrual y realmente fue como una reconciliación conmigo, con el hecho de ser mujer, ¿verdad? De pequeña no me sentía cómoda en el cuerpo de mujer, pero tampoco quería ser hombre. Era una mujer bien machista aunque crecí leyendo mucho; siempre me fascinaron los libros.

Es como un chip instaurado para muchas, sobre no quiero ser hombre, pero me muevo en este lugar del conocimiento masculino igual.

–(Risas). Sí, y todo lo que leía estaba escrito por hombres y en todos los libros los vergones eran los hombres. Si todo lo que consumí durante años era el sistema de pensamiento de los hombres, era obvio que no me iba a sentir cómoda siendo una mujer, porque en ese ámbito están posicionadas en un espacio débil, en un espacio al que hay que cuidar. Incluso aunque leyeras libros de izquierda la mujer siempre ha sido un fetiche: la divina, la guerrillera heroica…

Era tan consciente del proceso que me fajaba para que no se me vieran las tetas. No me vestía femenino, no me depilaba y sigo sin hacerlo, pero reconociendo que es una postura política. Antes era porque me valía verga básicamente (risas).

Otra cosa también es que sufrí agresiones sexuales a los 15 años, por el que era mi novio. Me costó mucho identificar como tal la agresión sexual; en mi imaginario yo accedí a hacer todo lo que hice, pero ahora que lo miro desde afuera pienso “una niña de 15 estaba follando con un hombre de 21”,  que además me pegaba y me forzaba a tener sexo cuando yo no quería. Eran agresiones sexuales bien terribles. Tenía la sexualidad bien dañada.

Dejé las adicciones y comencé un proceso de terapia holística que me ayudó mucho a sentirme identificada como mujer, y que no era una mierda. Me sentí bien dentro de mi cuerpo. Entiendo la lectura que hacen algunas compañeras que niegan la existencia trans, pero humanamente veo a mis amigas trans y no podría decir que Lola no es mujer, aunque algunas teorías lésbicas-feministas digan que ella creció con el privilegio de ser hombre. Pero yo no me relaciono con Lola como si fuera un hombre convertido en mujer, sino desde el respeto de su energía.

A mí no me gusta tu genitalidad, a mí me gustan las personas y ya no me puedo ni siquiera etiquetar, ¿sabes? Ni como bisexual ni como pansexual. Honestamente, para mí, quererme afectar con alguien, erotizar con alguien, no tiene que ver con su genitalidad. A mí me gusta todo el mundo, yo soy muy puta (risas).

A mí me gusta todo el mundo, pero eso trae muchas complicaciones. A veces me acerco a las personas porque me gustan y porque quiero disfrutar ese momento, pero eso no significa que quiero cogerte.

(Risas). Es como ponerle una jerarquía a la genitalidad sobre el disfrute. He tenido experiencias absolutamente eróticas con gente con la que nunca nos hemos tocado genitales.

Es que el eros es placer…

–¡Sí!, es que es placer. Con un amigo una noche solo nos sobamos y no ocurrió absolutamente nada más, y para mí ha sido una de las experiencias más eróticas que he tenido en la vida.

El entender ahora a una mujer lo veo como una categoría política también. Sé que soy una construcción social, que he sido socializada como mujer y que eso es una imposición y tal, pero también entiendo que no me puedo casar, porque al final todas son interpretaciones teóricas de la vida. Queremos clasificar la vida misma, ponerla en cajitas. Y honestamente, no puedo conmigo misma. No te voy a decir que soy un unicornio mágico, porque entiendo que mi cuerpo tiene un significado en el espacio público.

Sé que muchas cosas que deseo y anhelo se dan por la educación que tuve. Por ejemplo, ahora estoy en una relación monógama con un hombre cisgénero, y estoy súper bien. Y también siento que hay que relajarse un poco; he estado tratando de leer las posiciones de las mujeres del transfeminismo, cuando dicen “ya dejen de utilizar la vagina, la menstruación”, así como reclamando. Y ahí, me van a disculpar, pero yo no voy a negar un realidad que para mí no es solo biológica, sino espiritual. El hecho de que yo la nombre en mí, no quiere decir que asuma que todas las mujeres tienen que tener la misma realidad que yo.

Ha habido tantos siglos en que nos han pedido que nos callemos lo de la menstruación que para mí hablarla es romper con ese silencio impuesto. No quiero callarme y no voy a dejar de cantar esa canción. Conozco a muchas mujeres y hombres trans aquí en Centroamérica que la cantan, y siento que tiene mucho que ver con cómo vemos el activismo acá. No lo separamos; no está el activismo de las mujeres transfeministas y el de las feministas. Acá estamos todas juntas en un espacio porque somos tan poquitas y el contexto que tenemos es tan violento que de repente, claro, hay problemas pero a la hora de hacer algo nos juntamos porque nos juntamos.

El día de la procesión del santo coño la que iba adelante de todos era una mujer trans, y a mí me pareció muy bonito. Acá a las mujeres trans las están matando muchísimo. Como feministas no nos podemos abstraer de esa realidad.

¡La última pregunta!, ¿cuándo por Valparaíso?

–Mirá, quiero ir a Argentina y quiero ir a Chile. Me escriben muchísimo de allá. El asunto es la plata, porque soy autogestiva pues. A todos lados donde voy, alguien consigue el pasaje siempre. No tengo disquera ni  productora; no tengo a nadie que esté financiando lo que hago. Por eso cobro las presentaciones, por eso vendo los discos. Por muy anarquista que quiera ser, si quiero seguir viviendo de esto tengo que moverme así.

Y también es sacarse ese mito de que en el anarquismo una se sostiene sola, porque realmente es la colectividad la que nos sostiene, la gente que cree en lo que hacemos.

–A mí no me paga la productora que está moviendo a Shakira, sino una colectiva que hizo una gestión para que a mí me pagaran el pasaje. A huevo que quisiera ir a todos lados. Muchas veces me preguntan que por qué voy tanto a Europa y no a otros sitios, como ofendidas. Bueno, porque allá hay chicas que lo organizan.

Obviamente la diferencia de acceso a recursos que ellas tienen en comparación a nosotras es abismal, pero lo que yo gano allá es lo que me permite tener un mes de descanso sin trabajar. Cuando empecé si no cantaba no pagaba la renta. Pero ahora si me pagan puedo tener este espacio de autocuidado. Eso es lo que les digo cuando me escriben. Mirá, sobre todo en Chile. Allá sí hay recurso. Chile no es El Salvador.

Hay un mito de la economía chilena. Un día vas a llegar allá y te vas a dar cuenta de que no es lo que dicen.

–Mmm… Hay ministerios, hay fondos. El feminismo autónomo dice “yo con esas instituciones no me meto a gestionar”, pero ese dinero es nuestro. Cuando me preguntan “por qué si sos anarquista aceptas que te paguen de la municipalidad”, yo les digo que ese dinero se lo iban a dar a Alicia Villareal y que prefiero que me lo den a mí.

Yo tengo un pensamiento práctico: ellos tienen plata, yo la necesito. No tenés que comprometer ni tus ideales ni nada. Lo que siempre pienso es que  si no me la dan a mí se la van a dar a alguien más; si no se la dan a esta colectiva feminista para el día de la mujer para que yo venga, se lo van a dar a otro colectivo de mujeres que va a traer a Paquita la del Barrio. Prefiero que me la den a mí, ¿por qué?, porque yo estoy invirtiendo bien el dinero y no tengo cargo de conciencia, y si es gubernamental, ¡más todavía! Eso quiere decir que viene de impuestos que son de la gente. Si ese dinero lo van usar para un discurso comercial, prefiero que me lo den a mí.

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