Raúl Ruiz, el cuento folklórico y las estructuras mágicas

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Por Rodrigo Fredes

Lo primero que uno debe aprender bien en la vida, independiente de lo que haga, decía Raúl Ruiz, es a contar cuentos. Y cómo no, si se los narraron mucho desde chico todos sus abuelos, cuentos mágicos, leyendas, relatos orales, que son parte de esa espesa materia prima que luego tomará forma de cosmogonía folklórica en la filmografía inclasificable del más prolijo cineasta chileno.

Estructuras mágicas que se superponen o se descomponen entre sí, que rompen la narrativa clásica del cine industrial, pero que están ahí, molestándonos con sus brujos, payadores endemoniados, maniquíes sobreactuados, que lanzan preguntas sin respuestas, todo mezclado con una densidad  europea, barroca y “surreachilista”. Estructuras poco comprendidas por nuestro deficitario presente cultural, y que terminaron alejándolo de la posibilidad de ser profeta en su tierra (correcta y provinciana) más acostumbrada a las películas en tres actos y a los personajes que no se salen de las reglas de la realidad documental ni de los estándares de la ficción.

Raúl Ruiz y el regreso de los tigres se denomina la conversación que sostendrán el crítico de cine Ascanio Cavallo, el teórico del arte Bruno Cuneo –autor de un muy buen libro sobre Ruiz-, y la potente cineasta chilena Alicia Scherson, para entender su creación. Los tres expertos conversarán sobre la obra de Ruiz, su impacto en el mundo del cine y la vigencia de su narrativa visual, en el marco del VI Festival Puerto de Ideas que se realizará en Valparaíso. Donde además se exhibirán en versión restaurada: Tres tristes Tigres (1968), Cofralandes (2002) y La recta provincia (2007).

Saber contar cuentos. Quizá sea esta una clave más para comenzar a disfrutar mejor la cinematografía de Ruiz. Amante declarado de Vladimir Propp, el formalista ruso que impregnó a varias generaciones de estudiosos y creadores chilenos del cuento y el folklore entre los años 50 y 60 (Rodolfo Lenz, Violeta Parra, Margot Loyola, y a la generación de Ruiz), quienes descubren en nuestros cuentos de magia de la zona central como también en el sur la misma consistencia y estructura narrativa universal que en Rusia, Europa, o que en muchos cuentos tradicionales del mundo. En Chiloé, donde también vivió Ruiz, se supone existió La recta provincia o la república de los brujos, que según los cálculos imaginarios del cineasta, hasta mediados del siglo XVIII estaba compuesta por masones, judíos y mapuches (huilliches primordialmente). En esta serie, exhibida el año 2007 por las pantallas de la televisión nacional con un bajísimo rating, actúan nuevamente la octogenaria Bélgica Castro, el gran documentalista chileno Ignacio Agüero, nuestro cantautor Ángel Parra, además de su hija Javiera, y en general personas con alguna carga simbólica propia con la que Ruiz quiso decirnos siempre algo más en casi todos sus filmes.

Ruiz declaraba que sus películas sobre Chile como Cofralandes eran una especie de almanaque con muchos recortes mezclados de personajes secundarios y paisajes, que a propósito, en la su filmografía mucho se da a través de estos. Una película documental, originalmente por encargo, que terminó alojada en la ficción y en donde la realidad propia del género se entrega al territorio de los sueños, los mitos de un Chile nunca retratado de esta manera, donde intenta poner en cine las situaciones imperceptibles, dispersas entre una geografía de identidades poco claras, que es nuestro país. Un filme declarado hace pocos años como la primera película holística, según algunas historias del cine contemporáneo europeo.

Contaba también Ruiz que en los ‘80 siguió buscando elementos identitarios en los payadores chilenos como Santos Rubio  y en el arte mayor de la rima de 12 versos. Quería descubrir si el cine también tiene las suyas, pero se dio cuenta que no las tiene, que no se puede rimar, pero sí inventar una métrica: según él, cuatro tomas puestas en un lugar con cuatro tomas puestas en otro se emparentan quién sabe por qué.

No sólo el relato multisémico, también el sentido del tiempo cinematográfico es alterado por Ruiz, con escenas arriba de una micro o con el audio de programas radiales que duran varios minutos, en un tiempo real que el cineasta no quiere elipsar, ni menos editar, como se hace en casi todas las películas. Como una vuelta de tuerca al mito, al tiempo real sin apuros, a la velocidad postmoderna. Con una insistencia al folklore chileno, la paya, la poesía, como formas identitarias o creativas propias, las que probablemente Ruiz encontrará cada vez menos en cada viaje que realice a Chile. Las remarca, las exagera, y debe haber llegado a las mismas conclusiones que los investigadores del cuento y el folklore chileno llegaban a finales de los ‘60: que el relato oral estaba perdiendo vigencia a medida que el progreso técnico se iba adentrando en el campo. Del mismo modo en que el libre mercado nos impuso estas lógicas narrativas con un solo conflicto central, una sola historia, que Ruiz además de no aceptar, intentó, como todo artista de culto, demoler desde la creación.

 

 

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