Pulgas del puerto

Feria de las Pulgas de Avenida Argentina

Feria de las Pulgas de Avenida Argentina

Por Karo Torres, diseñadora

Valparaíso es pura nostalgia pienso. Lo creo cuando veo que se está cayendo a pedazos y de los sitios despedazados nacen solamente supermercados, como antes brotaron las farmacias. Lo siento cuando paso, relajadamente sentada y con la cabeza apoyada en la ventana de la micro N (sí, todavía con la letra que se asoma bajo los números negándose a morir).

Y me quedo mirando la feria de la pulgas en la Avenida Argentina. De fondo suena la música de un cantante cebolla, la tatareo en silencio, mientras otros pasajeros son menos disimulados. Aprovecho la luz roja del semáforo y me detengo a mirar la ropa que cuelga en bastidores improvisados, miro también el muestrario de revistas viejas, los cassettes apilados que nos hablan de otras décadas de música y recuerdos.

Tenía quince años cuando salí en busca de mis primeros bototos militares a la feria, en tiempos donde la rebeldía adolescente se vestía de punk. Los años pasan, el lugar sigue intacto como punto de encuentro para innumerables productos y oportunidades. Es el sector para los busquillas de la ciudad, un aglomerado de oportunidades.

Lo recorre un montón de gente que no termina nunca de transitar y que durante los años ha debido ampliar su recorrido, porque se han ido sumando nuevas veredas convertidas en vitrinas, como la calle Independencia, el pasaje Juana Ross y la calle Victoria, como una suerte de extensión inventada por los propios habitantes que buscan un espacio, transformados en pequeños recolectores tentando a su buena  suerte.  Es parte de la esencia del puerto pienso, cuando todavía la micro sigue pegada cercana a un negocio en donde todavía se asoma un cartel que anuncia helados a cien pesos.

Cabezas de muñecas, zapatos huachos, cosas curiosas, pero también una tienda al aire libre. La feria de los cachureos es un paseo para el día domingo, un gesto típico de nosotros como porteños, la dirección obligada que damos cuando nos preguntan por algo difícil de encontrar o algo a bajo costo.

No importa el sol, no importa el frio, siempre estamos ahí, porque todo habitante de esta ciudad puede ser en cualquier momento un vendedor de pulgas.  La micro N comenzaba su marcha, cuando yo pensaba que quizás podría venir este fin de semana y vender una antigua chaqueta de cuero.

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