Por qué marcho el 8m

Por: Veró | @reyplanta ▪ Musicoide/Cantarinx

Ofelia Ojeda

Corría el 2015 cuando tomé la decisión de estudiar música, salir de una carrera que me hacía infeliz para jugármela por ser músico a tiempo completo. Por sobre todo, tomé la decisión firme de vivir una vida –mi vida- sin miedo.

Pero se me escapaba un detalle: no tener miedo es un privilegio que mujeres y disidencias no conocen. En mi caso, subirme a un escenario ya no representa ningún peligro. Sin embargo, volver a mi casa de noche después de la tocata, es una decisión que corresponde a otras manos.

La primera vez que sentí en carne propia una respuesta colectiva a este terror ancestral fue el 2016, en la marcha del 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer). Desde Plaza Victoria hacia el Congreso, fui incapaz de gritar. La amalgama de consignas cruzaban mis oídos, viajaban por mi sangre a todo el cuerpo, despertando las heridas que llevaba a cuestas durante, en ese entonces, 20 vueltas al sol. Y si bien el dolor era inmenso, la sensación de no estar sola diluía el pesar: estaba rodeada de desconocidas valientes en las que podía confiar. Como dije antes, realicé la marcha en silencio, temía abrir la boca y no poder dejar de llorar, pero en cambio, aprendí a no tener miedo de considerarme feminista.

Ofelia Ojeda

Esta primera marcha detonó una inmersión más profunda en el feminismo, que me llevó a cuestionar el rubro en el que me desempeño y cómo las imposiciones del deber-ser mujer se justifican (y se contradicen) desde la música: ser delgada, maquillarse y usar tacos porque vas a subirte a un escenario, no reírte porque no te van a tomar en serio, pero tampoco puedes ser inalcanzable porque es mejor mantener tu estatus como objeto de deseo. Por el contrario, si estás en en la academia mejor no usar tacos ni producirte mucho, porque en un mundo de terno y corbata se te juzgará bajo la premisa de que no se puede intentar ser bonita a la vez que inteligente. Ah, pero tampoco puedes ser fea.

Así es como el deber ser mujer nos presenta un solo tipo de mujer, coartada por el machismo y el patriarcado, sin importar en que se desempeñe. Es por esto que por mucho tiempo pensé que el problema era ser mujer, cuando el conflicto está en el molde en el que se nos vierte. Y es en este punto del relato en que, si bien entiendo que existen muchas formas de ser mujer –como me demuestran cada día mis amigas y colegas-, no me siento bien.

Ofelia Ojeda

La etiqueta mujer me asfixia en cada entrevista en que me preguntan “¿cómo es ser mujer y músico?”, en cada pregunta que comienza con un “tú como mujer”. Debe ser porque soy otra cosa. Pasé años pensando que estaba rota: en una infancia que se veía eterna, convertirme en mujer era la promesa que año a año, experiencia a experiencia, se iba alejando cada vez más. Incluso ahora, entendiendo que la única forma de ser mujer que conocía no es real, hoy sé que ese día no va a llegar. Pero no puedo hacer desaparecer toda una vida socializada como mujer, tampoco quiero hacerlo.

Es por eso que el 8m vuelvo a marchar. Marcho por la niña que fui, atrapada en la idea de que nunca se convertiría en mujer. Por lo que se me dictó debía hacer y sentir, todo lo que se esperaba de mí.

Cada año es distinto, recuerdo dolores nuevos y desarrollo herramientas para ser mejor y eso es lo que me mueve. Entender la lucha como algo dinámico y que podemos crecer con ella. Definitivamente no soy la misma (mismx, misme, aún estoy descubriéndolo) que fue a marchar por primera vez, ni quien fue en los años venideros. Pero ahí está la gracia. No te bañas dos veces en el mismo río. No marchas dos veces en el mismo 8m. Cambié yo, cambió el 8m.

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