Por mí y por todas mis compañeras

 

Natalia Pino - La Juguera Magazine

Escribe Natalia Pino*

“Por mí y por todas mis compañeras” es quizás una de las frases más solidarias que dije y escuché en mi niñez. Jugar a las escondidas y salvar al grupo con un fuerte grito era una gran satisfacción por aquellos días, preocuparse por el de al lado, pensar en el otro. Al menos para mí, lo era. Inocencia pura, supongo. La verdad es que a medida que vamos creciendo la solidaridad y empatía se van olvidando, quizás a causa de un sistema egoísta y nefasto del cual me niego a ser parte.

Hace dos años, como muchas otras mujeres de nuestro país, viví una situación de violencia con quien era por esos días mi pareja. Lo sé, probablemente deba detenerme en este punto para explicar por qué lo que viví sí fue violento, sobre todo en un país donde en un juicio se le pregunta por su vida sexual a una mujer víctima de femicidio frustrado como Nabila Rifo. Sí, es necesario.

¿Hubo agresión verbal? No. ¿Hubo golpes? No.

Lo que no quiere decir que una situación deje ser violenta. Porque sí, la violencia está en todos lados; en aquellos que se burlan del homosexual, de la lesbiana y del trans, en aquellos que no legislan por una ley sobre la identidad de género, en aquellos que no le permiten a la mujer decidir sobre su cuerpo y mucho menos abortar. Violencia en el sistema, un sistema patriarcal.

“¿Por qué después de tanto tiempo decides denunciar?”, me preguntó el detective cuando fui por primera vez a la PDI a hablar de lo que me había pasado. ¿Sorprendida? No. Crecí, como tantas otras mujeres con violentos estereotipos sobre lo que significa ser mujer. Tener que comportarse como señorita  -como si el serlo o no me definiera como tal-, con ideales de belleza imposibles de alcanzar, además de otras tantas absurdas construcciones sobre el amor romántico, el ideal de “la media naranja”, los celos como sinónimo del querer. Ahí donde no existe la sororidad y “la maraca” de al lado siempre tiene la culpa.

LA PAREJA PERFECTA

Durante cuatro años creí estar en la relación perfecta. Perfecta desde el punto de vista de lo clásico: vivir juntos y planificar parte de lo que vendrá, también juntos. Estándares, por supuesto. Nunca sospeché las perturbadoras intenciones que escondía mi pareja de entonces. Tal vez existieron señales que indicaban que estaba en una tóxica relación. Lamentable no fui capaz de reaccionar a tiempo.

Con el paso de tiempo, las cosas ya no andaban bien. La inseguridad era algo que yo vivía a diario. Conductas machistas, celos, y por ahí otras cosas que ya no valen la pena mencionar, confirmaban que la relación no tenía futuro. Pero lo que terminó por quebrarla fue descubrir que mi pareja era un ACOSADOR CALLEJERO.

Eso que repudiada con el alma y que rechazaba a diario estaba mucho más cerca mío de lo que yo pensaba. “Sin querer” comencé a hurgar en su computador. De verdad no imaginaba con qué me iba a encontrar. Para ser sincera no era algo que acostumbrara a hacer. Entiendo que vivir en pareja no es sinónimo de coartar espacios. Pero para mi desgracia, y la de muchas mujeres, encontré algo horrible: carpetas llenas de fotografías y videos con alto contenido erótico y sexual, tomadas con un celular por quien era en ese minuto mi compañero.

El puto miedo me paralizó. No supe cómo reaccionar. ¿Tenía yo la culpa de lo que estaba pasando? ¿Cómo no pude ver esta situación antes? ¿Con quién estaba viviendo realmente?

Descubrir que este “hombre” fotografiaba a escondidas las partes íntimas de cualquier mujer que pudiese estar a su alrededor, fue algo que me mantuvo en shock durante horas, días y meses. Hasta el día de hoy lamento que mujeres de mi familia, amigas, conocidas, compañeras de su trabajo y gimnasio hayan sido violentadas de esa forma, sin que muchas de ellas- hasta el día de hoy – tengan conocimiento de lo ocurrido.

Sentí pena y vergüenza. Me sentí completamente vulnerable. Transgredió  mi cuerpo, mi confianza y mi libertad. Me violentó y no sólo la mí, sino también a muchas mujeres que caminan libres por las calles sin saber que cosas como estas se viven a diario. Me aterra pensar que se trata de una práctica naturalizada por muchos hombres. Realmente me perturba pensar que muchas de las fotografías son de mujeres desconocidas que caminan a diario por Valparaíso. Hoy recuerdo cada detalle, cada lugar con rabia. Siento haberlas expuesto sin quererlo. Hoy comprendo que no fue mi culpa.  

A los 15 años tuve que soportar que un hombre me encañonara con una pseudo pistola y me llevará por un callejón bajo amenaza. Hace unos meses, viví un asalto y tuve que soportar que un puto de mierda me manoseara como si nada. ¿Hasta cuándo tenemos que aguantar que cosas como estas nos pasen solo por ser mujeres? Nos vulneran, nos violentan, nos violan, nos matan. Pero no estoy dispuesta a seguir callando.

El acoso callejero es -en todas sus formas- una práctica totalmente abusiva y patriarcal. Hace mucho tiempo debí levantar la voz y gritar, tal como lo hacía de pequeña. Hoy renuncio a la culpa. Hoy renuncio al miedo. Hoy vuelvo más segura que nunca. Hoy escribo, porque tal como leí hace algún tiempo escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos. Lo hago por mí, y por todas mis compañeras.


*Estudiante de Periodismo. Participante del 3er Taller de Escritura La Juguera Magazine.

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