Poetizar a golpes de corriente: Electroshock de Rosa Alcayaga

 

Por Felipe González

Hay textos que elaboran su propuesta, que saben lo que dicen, y otros que, inconscientes, se limitan a reproducir discursos previos. Electroshock, tercer libro de la poeta porteña Rosa Alcayaga, compuesto por dieciocho “poemas crónicas” y minuciosamente prologado por Eugenia Toledo Renner, es, claramente, de los primeros. Para ello sustituye las pretensiones atemporales, metafísicas del lirismo por la historicidad propia de la crónica. Así, se afilia a una tradición escritural nacida con el advenimiento de la sociedad burguesa, y que a mediados del siglo XIX comenzó a mapear, diagnosticar, registrar la movilidad y el cambio incesante de la ciudad moderna, así como sus beneficios materiales. Junto a estos, también dio cuenta de la alienación y la pobreza, de la injusticia y la fealdad que venían incluidos. En los “Cuadros parisienses” de Charles Baudelaire, verdaderas crónicas poéticas, el flâneur se debate entre una admirada curiosidad frente al nuevo escenario y una repulsión ribeteada de nostalgias por la vieja comunidad: “Mi París ya no existe (las ciudades, ay, cambian / más aprisa de forma que un corazón humano)”. En el ámbito de la precaria modernización latinoamericana, los paseantes porteños de Azul… de Rubén Darío, publicado en el pujante Valparaíso de 1888, comparten estos sentimientos encontrados. No solo se maravillan con las primorosas casitas del cerro Alegre; se conmueven, además, por la existencia miserable de los trabajadores portuarios, que viven en “esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles…”. Aunque, finalmente, prefieren buscar inspiración en el Mount pleasant de los inmigrantes ingleses y alemanes, con sus “casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras angélicas”.  

Rosa Alcayaga, en cambio, se niega a exaltar en medio de su denuncia los beneficios de la sociedad capitalista: sabe, como no sospechó el joven Darío, que el desequilibrio le es intrínseco y necesario, y por eso no escribirá, dice, “… sobre los arreboles / Ni de las rosas ni de los geranios”. Sin recurrir a una denuncia simplista, es, sobre todo, el ejercicio de la yuxtaposición de noticias recabadas en la prensa y elaboradas poéticamente en su crónica la que opera el alegato. En el poema “Radiografía”, las buenas intenciones habitacionales “[d]e la güisqui izquierda” toman forma en el gueto Bajos de Mena, “… infierno / Cubierto de barro / Y oliendo a excremento”. En “Niño con 8 balas en el cuerpo”, se evidencia el desmesurado ensalzamiento de la clase política al empresario Luksic Craig tras su fallecimiento: “En la pantalla / Miles de páginas porno / Solo cantan loas a Guillermo”. Estos homenajes contrastan con el caso de la muerte misteriosamente accidental del sindicalista Juan Pablo Jiménez, en febrero del 2013, atribuida a un joven que “… dialoga a balazos / A sus 16 años”. La atención social e institucional recae en ambos (el sindicalista y el joven marginal) sólo por razones penales, cuando se trata de esclarecer el asesinato del uno —ordenado desde el sector empresarial, según rumores— o de castigar el supuesto crimen del otro.

Rosa Alcayaga recurre también a material de primera mano para desentrañar el funcionamiento ideológico de la urbe. Paseante y cronista, en su itinerario citadino registra las jergas y los discursos que encuentra a su paso. “A mí solo me importa el testimonio”, nos dice con un epígrafe de José Emilio Pacheco. Consecuente, aprovecha al máximo la conjunción de periodismo y poesía. Prestando oídos y ofreciendo su palabra en el diálogo, Rosa Alcayaga da cuenta en “A él lo llaman Jesús” de las paupérrimas condiciones de un colegio santiaguino, donde “[e]l profesor enseña / A multiplicar cuatro por diez / Los panes”. Y en “Ensayo en torno a las olimpíadas desde una carnicería. Año 2012”, constata cómo el fascismo aflora en el lugar menos pensado, cuando un carnicero de Playa Ancha le comenta que “‘Dios hizo a los negros / Para el trabajo físico / Por eso tienen músculos’”, a lo que añade más adelante: “‘A los blancos Dios / Nos hizo para pensar’”. A estos poemas se les aplican con total justicia las palabras de Jorge Adoum, pues en ellos, como en las obras a las que el poeta ecuatoriano se refiere, “[e]l periodismo ha entrado en la poesía y podría decirse que la poesía ha entrado en el buen periodismo…”. En esta tradición escritural, entonces, Rosa Alcayaga también se emparenta con poetas actuales, lo cual habla de la vigencia del género. La prologuista menciona al poeta chicano Gary Soto, “que ha incorporado, constantemente, elementos políticos y culturales concretos a su construcción poética”, y cuya materia prima es “la voz de los silenciados, los que viven en situación de pobreza, los oprimidos, los dejados de lado, la gente de la calle, los echados”.

Se suma a los registros mediáticos y el trabajo de campo, el intertexto con la tradición literaria. En “Valparaíso ardiendo”, el coro trágico se actualiza para hacer visible a la comunidad de los zaheridos barrios porteños, y los habitantes aparecen “… a cara desnuda alzando sus voces en medio del gentío”, luego del gran incendio del 2014. Los sectores relegados de un Valparaíso muy distinto y lejano al de Darío, a casi cien años de la bonanza y sumido en una decadencia atávica, cobran representación y presencia: “Voz 1.-Yo vivo en el cerro La Cruz / Voz 2.-Yo vivo en El Litre / Voz 3.-Yo vivo en Las Cañas”. De manera similar, la utilización de la mitología griega y las referencias bíblicas le otorga orden y cierta épica a las injusticias naturalizadas de hoy, lo cual, por un lado, provoca un extrañamiento de clara estirpe brechtiana y, por otro, parodia esos prestigiosos relatos: “Hestia tradicionalmente tan ecuánime / Acumula bencina y quema los cimientos de la pocilga” (61); “¡Qué caro pagamos todas el precio / De tu santidad… María!”; “Y Cristo / Riendo a carcajadas” (32). Los registros orales y las tradiciones literarias se mixturan en Electroshock, así como la vertiginosa información mediática de la web, intercalada entre los versos con links a videos y noticias de actualidad. La sección final, de hecho, consiste en un cúmulo de referencias bibliográficas y periodísticas que apuntalan el subtexto histórico de los poemas crónicas y así se genera el efecto de un puente sin solución de continuidad entre el texto y lo real; la pesadilla de la historia, la contingencia, se encuentra hilvanada en cada verso de su poética prosaica. El ojo que ocupa el centro de la portada, dibujo de la artista Carolina Sanhueza Martínez, nos advierte desde un principio sobre su mirada vigilante, ya no dirigida hacia la interioridad, sino hacia al mundo de los hechos, hacia la vida de los otros.  

Como sugiere su título y la mayúscula al inicio de cada verso; como explicita el epígrafe de Thomas Bernhard, este libro habla golpeado: “Unos dejan a las personas en paz, y otros, entre esos me cuento, molestan e irritan”. Y es que la voz poética da incansable testimonio de un descalabro social —el de Chile durante los últimos veinte años— de niveles surrealistas, y lo hace con un tono de perfecta consistencia; sobrecogedor sin sentimentalismos, sensible y a la vez lleno de una ira canalizada en la precisa alternancia de dramatismo e ironía, pero lejos de la desazón de moda, embriagada con el borde y la ruina social. Aun cuando esa voz se encuentra exhausta, logra sobreponerse a la melancolía reinante: “Un nudo en la garganta / Disuelve el cansancio de la tarde […] / Niño de La Legua ¡NADIE! escribe salmos / En tu nombre”. El nudo en la garganta, la tristeza furiosa, vital, disuelve la indiferencia que llega al final del día, activando una política de advertencia, pues este país es “sordo, ciego; –pero mudo no es, porque tiene poetas que dicen”, como deja en claro Rosa Alcayaga con el epígrafe del poeta Armando Uribe.

La poeta cronista, entonces, está para decir lo que nadie quiere oír ni ver, pero todos saben. No porta un mensaje desconocido, emanado de las alturas, sólo dice lo que, estando a ras de suelo, otros callan por cansancio. Aquí interpela a una sociedad sometida desde largo tiempo a golpes de corriente, literales y simbólicos, cuyo principal efecto ha sido incapacitar a esta sociedad para combatir fuera de sus lógicas a un perverso sistema económico. Rosa Alcayaga reduce esas lógicas al absurdo, mostrando sus extremos shockantes, para, a su vez, shockear al lector —pues exige a un lector dispuesto a ser remecido por la poesía— y hacerle ver con Artaud, citado en el extenso poema “Electroshock”, que “[n]o es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal”. En otras palabras, su poética consiste en evidenciar con impecable artesanía toda la brutalidad del golpe de corriente normalizador; consiste en apropiarse metafóricamente de un shock al que ya somos insensibles —ese que diariamente nuestra sociedad le propina a lo desfavorecidos— para revitalizar en nosotros los potenciales reflexivos, subversivos, de la auténtica poesía.  

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