Paradise: resabio de un sueño perdido

Fuente imagen: salaupla.cl

 

Por Bettina Neumann

Paradise, es un montaje de textos como Crónicas de Motel, El Gran Sueño del Paraíso, Cruzando el Paraíso y Luna Halcón de Sam Shepard. La obra es descrita por sus creadores como un ejercicio visual que recuerda a las pinturas de Edward Hopper, por lo que podríamos remitirnos, directamente, a su imagen más popular, Nighthawks. Personas en un diner nocturno, en una ciudad aparentemente vacía y, aunque juntos en un mismo lugar, sin interactuar ni hacerse compañía. Aislados y expuestos a la vez, es como si esperaran algo bajo una luz crudísima; una luz que irradia frío, no calor.  Pero una parte importante del atractivo del cuadro está también en lo asertivo de su estilo, triste y elegante a la vez; y en el quieto orgullo de las personas que lo han abandonado todo, menos, tal vez, a sí mismos.

Hay un esfuerzo por acercarse a lo prometido en el montaje dirigido por Giulio Ferreto: las luces de neón y focos puntuales y verticales que sugieren la estética motelera, los espacios solitarios, decadentes y en ocasiones peligrosos como los estacionamientos o trailer parks que conocemos de tantas películas hollywoodenses que se han fijado en el conocimiento colectivo latinoamericano. Los personajes, en cada una de las breves escenas independientes entre sí, están quebrándose; ya sea en sus relaciones, con la moralidad de sus espacios o con el pasado. La introducción es musical y, junto al vestuario, nos remite a una época, a una manera específica de vivir y existir en el imaginario estadounidense de los 60´ y 70’. Pero hasta allí llega la contextualización.  No se da a entender nada que sugiera la identidad específica del “Oeste”, más allá de la mención explícita (del Estado de Virginia, por ejemplo). A través del uso de la sombra y oscuridad y el ánimo melancólico y amargo de los personajes entendemos que se propone una nostalgia. Pero ¿hacia qué? No extrañaremos ninguna Virginia pasada si no se nos presenta primero, si no establecemos un lazo, independiente de que sea ficticio (sobre todo porque es ficticio).

En el comienzo, la primera escena se ve perturbada por un discurso sexual en medio de uno meloso y musical. Es un ejemplo de cómo también las otras historias transitan del tedio a la violencia bruscamente. La atmósfera se desliga de la melodía country y el rock con rapidez; nos arrastra a paisajes marcados por el silencio, por monólogos e interacciones que rebotan entre los personajes (pocos están verdaderamente escuchándose). Son escenas de un supuesto cotidiano del oeste norteamericano: la fragmentación de las identidades estadounidenses, presentadas por yuxtaposición en historias de decepción, separación, resignación. Todo esto, en un inmenso contraste con las promesas de futuro y revolución de los swingin’ sixties que las referencias musicales nos recuerdan al inicio. 

Sin embargo, sucede que la interpretación de lo descrito en la publicidad de la obra no alcanza a anidarse en la atención  o el ánimo del espectador. La dicción individual de los personajes contribuye a una confusión de los lenguajes: la identidad mexicana, chilena, estadounidense, todas parecen estar reclamando un espacio. En un intento por abarcar, tal vez, a todas las identidades, o la de quienes construyeron el montaje, algo se pierde del paso de los textos al escenario. Lo siguiente es innegociable: la forma en que se pronuncian las palabras, transforma el contenido. Es el riesgo de las adaptaciones: some things get lost in translation. Algunos ejemplos: ¿dónde está la sencillez del lenguaje cotidiano de los textos de Shepard? Uno cándido y no fingido o simulado. ¿Dónde está, ya sea en la cadencia, el tono o los gestos, la impronta de hombres y mujeres comunes? Verdaderos hombres y mujeres comunes; no la versión televisiva y doblada, adaptada al español. ¿Es un intento por dar a entender la universalidad de los textos? Si se trata de una decisión deliberada, no queda claro. La impresión final es que no se ha terminado de pulir un proyecto que en la descripción de la obra es sumamente ambiciosa y pareciera querer protegerse bajo el alero de reputaciones como las de Shepard y Hopper.

Las historias están yuxtapuestas en un orden que resulta aleatorio -no necesariamente novedoso- mecanismo que podría permitir la oportunidad de visitar muchos ángulos de un mismo problema. Pero no se adentra en un estilo que unifique y aluda, justamente, a ese problema común. Sólo el poema final resume muy bien en sus imágenes un problema a tratar: la mansa conformidad ante la idea de una existencia individualista y solitaria, el último y débil aleteo de felicidades pasadas. Pero ese es, precisamente, el problema; sin este, la propuesta no queda clara por sí misma, por cómo se ha construido y ordenado cada escena. El poema funciona como artefacto autónomo. Su esencia no está trasladada a la unicidad de una puesta en escena. El poema de Shepard sólo logra actuar como muleta de un proyecto que no ha permitido el cauce de su reflexión más significativa; aquella sobre el paradero de las promesas de las décadas que retrata. Son las décadas de un sueño americano desmoronado, pero hace ya tiempo. Habría sido valioso verlo atreverse a caminar sobre este sueño pulverizado que cubre el desierto que pretende transitar.

 

FICHA TÉCNICA

Dirección: Giulio Ferretto/Asistente de Dirección: Christian Riquelme-Guerrero/ Elenco: Lorena SaavedraFrancisca SantisJaviera ValdiviaFernando MenaDaniel BenítezFelipe DíazAlexander Castillo/ Producción:Sala de Arte Escénico, Facultad de Arte, Universidad de Playa Ancha/Diseño Integral (Vestuario, Iluminación y escenografía): Rodrigo Adaos-Paula Jorquera y elenco/Música: Cristian Antoncich/ Registro Fotográfico: Error Óptico/ Apoyo técnico SALA UPLA: Sonidista: Felipe Salinas/ Iluminación: Gonzalo Mena/ Tramoyas: Oscar Vargas, Pablo Arancibia/ Duración. 70 min/ Una producción del Departamento de Artes Escénicas, Carrera de Teatro y Sala de Arte Escénico, Facultad de Arte, Universidad de Playa Ancha.

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