Palomario, un manifiesto caleidoscópico en escala de grises

Por Pablo Morales Arias

Es viernes 10 de enero de 2020 y una amiga me invita al teatro. Me cuenta que lo que iremos a ver es una obra que se presentará al atardecer en el Cementerio de Playa Ancha. El lugar del montaje me parece muy sugerente, así que sin más rodeos partimos hacia allá. No tengo mayor idea de la obra, ni del elenco, ni de la dramaturgia. 

Al llegar al lugar, el equipo de producción nos conduce a mí y a otras sesenta personas a una calle interior del cementerio. Allí se levanta el contorno de un rectángulo de luz de grandes dimensiones, que luego será el objeto central del espacio escénico. Como público, nos disponemos en tres de los cuatro costados imaginarios de la superficie que acogerá la representación. Hay dos actrices y un actor que ya están en escena. Otro hombre, con un violonchelo entre sus piernas, se ubica sobre una pequeña tarima lateral. Todos visten rigurosamente de negro. Fuera del área demarcada por los elementos escenográficos y la disposición del público, está la realidad del lugar: hay lápidas a ras de suelo por un costado y pabellones de nichos por el otro; hay pájaros sobre esos pabellones, discutiendo entre ellos; al fondo hay más lápidas y blocks de tumbas enmarcadas por el cielo y el mar de Playa Ancha. También hay luz natural del atardecer (que nos abandonará en unos minutos) y corre un viento helado.

Recibo un folleto con información del montaje. Me entero que los personajes son el Hijo, la Madre y la Abuela, y que lo que vine a ver se llama Palomario, una juntura significante entre palomar (criadero de palomas) y palmario (claro, patente, manifiesto). Al comenzar la obra, el Hijo toma la palabra para hablar sobre la falsedad del futuro y del presente, afirmando que sólo existe el pasado y sus recuerdos. “Esto se viene pesado”, me digo. Y así no más será, en cuanto al texto se refiere, durante toda la obra. Sin embargo, a poco andar también me doy cuenta que este peso opaco del texto viaja con desenvoltura sobre un rico entramado de elementos escenográficos −objetuales, lumínicos y sonoros− que permiten ir asimilándolo.

Siendo una obra para el espacio público y a cielo abierto, Palomario elige salir a la calle vestida de etiqueta. Es una elegancia sobria, en todo caso, resuelta en términos visuales mediante una escala de grises operada con pulso de cirujano. Entre el blanco y el negro transitan el vestuario, el maquillaje, la iluminación, los objetos que manipulan los personajes y lo que muestra un televisor dispuesto de modo vertical en el fondo del área escénica. Además, el violonchelo y su intérprete enfatizan esta templanza del cuadro general con aquello que es propio de este instrumento: texturas sonoras aterciopeladas y melancólicas. Hay una sutil comunicación persuasiva en todos estos elementos. Y con el correr de los minutos me voy sintiendo cada vez más cautivado por estas formas visuales y sonoras, en desmedro de mi interés por el texto. 

Y quizás no podría ser de otro modo, pues estoy frente a una obra en clave site specific, donde todo lo que se diga corre el riesgo de parecer irrelevante si no está en consonancia con el espacio que lo acoge (en este caso, un cementerio). Por ello es notorio el esfuerzo del montaje en hacerse cargo del lugar y sus formas, lo que en parte se refleja en el énfasis que coloca sobre la noción de límites: hay un rectángulo de luz de grandes dimensiones que delimita adentros y afueras constantemente; hay un televisor que delimita y fragmenta imágenes de paisajes y cuerpos; hay también demarcaciones en el suelo con líneas de sal, que simbolizan a la vez refugios y jaulas, dialogando metafóricamente con los nichos del lugar intervenido. Ahora bien, en Palomario esta conciencia del sitio específico no es solo una cuestión de espacio, sino también de tiempo. Esto, porque la obra parte al atardecer de un día de verano para sumar, con eficacia naturalista, el tránsito del día a la noche como un componente más de su propuesta. En perfecto paralelo, el sentimiento de culpa que cargan los textos (qué otra cosa podrían cargar, si hablan sobre el pasado) se hace cada vez más profundo, a medida que el peso de la noche también avanza sobre la necrópolis.

Al acontecer la parte final de la obra, confirmo que su potencia radica en ese complejo engranaje entre paisaje real, dramaturgia y representación escenográfica. Eso sí, me llama mucho más la atención la forma en que aquel paisaje es incorporado visualmente al relato, que las palabras declamadas y sus posibles significados. La huida del Hijo entre medio de las lápidas que se ubican en el suelo del cementerio, como así también la incorporación en la escena final de un edificio de sepulcros que antes solo figuraba allá lejos, como parte del paisaje cotidiano del lugar, son el remate visual perfecto que vuelve caleidoscópico lo escenográfico. Cuando la obra hace estallar este par de momentos, sus últimos sutiles fuegos de artificio, lo que veo adquiere múltiples planos visuales: desde el primer plano en el que se quedan la Madre y la Abuela, hasta el plano de fondo con ribetes cinematográficos que conforman el cielo y el mar de Playa Ancha. 

Con todo, termino valorando a Palomario en tanto es una obra que expande los límites del rectángulo de representación, tensionando la frontera entre realidad y ficción, mediante la suma progresiva de gestos visuales bien temperados que le dan una profundidad formal exquisita. Un último gesto, esta vez accidental, confirma lo que digo, cuando ya finalizado el montaje todo su equipo responsable se ubica en el centro del área escénica para recibir los aplausos del público. En ese momento pareciera que no sólo aquellas personas estuvieran siendo aplaudidas, sino también los muertos cuyos restos descansan un poco más atrás, en un plano visual que aunque secundario, siempre será más protagónico –y más real− que una obra de teatro.

Ficha artística PALOMARIO

Dirección: Claudio Marín Echeverría / Dramaturgia y asistencia de dirección: Emilio Arriagada Cordero / Elenco: Naldy Hernández Gómez, Kathering King Barrientos y Juan Esteban Meza Cartes / Cellista: Leandro Varas Concha / Diseño escénico: Tamara Figueroa AS – Claus da Silva / Diseño sonoro: Marcello Martínez Zuñiga / Diseño gráfico: Verónica Garay Reyes / Jefe técnico y operador: Pablo R. Lobos / Realización escenográfica: William Luttgue Bernal – Taller el Litre / Realización vestuario y visuales: Roberto Mancilla Cruz / Registro audiovisual: Carolina Quezada Godoy – Wayra Galland Carbo / Registro Fotográfico: Victor Zuñiga Valdés / Asistencia de producción: Camila González Gamín / Producción general: Christopher Ortega Silva

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