Orgasmo de sábado por la noche

 

Por Francisca Mayorga* / Ilustración: Sol Díaz

Cada vez que la enciendo o apago, la vieja tele de la pieza de visitas expresa un sonido profundo, de bong oriental, que atraviesa las paredes y se extiende por toda la casa de mis abuelos.

El aparato proclama pom, como finalizando un ritual, para luego exhibir brevemente escenas de sexo de una película que alguna vez estuvo de moda, y que retrata la sumisión de una mujer objetivamente hermosa, aunque frágil, frente a un hombre que la inmoviliza para compartir el infundado placer de la penetración.

Las manos atadas por la espalda acentúan los pechos pequeños de un cuerpo casi desnudo, lastimando una y otra vez, con una vara oscura, el pliegue entre su culo y sus piernas, para después aproximarse al paraje sensible de sus pezones tiesos.

Solo un par de imágenes bastan para despertar en mí sensaciones relegadas desde hace un tiempo al espacio íntimo de los sueños.

En esta madrugada de sábado por la noche me enfrento a mi propio cuerpo que exige atención bajo el silencio gélido e incómodo de una casa que no es la mía, y que acabo de romper con el ruido estrepitoso de la vieja tele. Alboroto ingrato que ahora agradezco, al desencadenar despacio una ceremonia de autoplacer y cuidado.

El tacto pausado, circular y periférico sobre mi sexo me permitirá alcanzar, con algo de esfuerzo, un orgasmo que me sumirá por un par de minutos en un estado de éxtasis inigualable a cualquier experiencia sexual previa.   

Pero masturbarme es arriesgarme a perder.

En esa idea vacilo cuando el acto pierde continuidad. En un intento desesperado, vuelvo a encender la tele buscando una imagen en la cual descansar. Me encuentro con una pareja que se besa con frenesí en medio de la selva. Pienso en Anticristo, de Lars von Trier, y evoco la imagen de la protagonista masturbándose desnuda en medio del bosque.

Pero Charlotte Gainsbourg no es suficiente. Con rapidez evoco a la musa de un artista en algún cuento de Anaïs Nin; la felación de una rubia maravillosa en una película Tinto Brass; la imagen de una mujer inventada que solo viste una bata traslúcida que permite conocer la franqueza de sus pechos.

Pienso en sus tetas, en mis tetas, en el placer asociado al roce, y mientras sostengo con fuerza mi cadera izquierda alcanzo ese orgasmo esperado hace meses.
Un microtriunfo en la lucha por la constatación de la masturbación femenina, pienso, cuando la descarga eléctrica ya cesó. La masturbación como un acto real en un mundo donde solo los hombres tienen permitido (y alabado) estimular su genitalidad.

 


*Periodista. Esta crónica fue escrita en el desarrollo del Taller de Crónica La Juguera Magazine.

 

 

 

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