Calles y caminos de verdad: Obra completa-mente incompleta de Floridor Pérez

completamenteincompleta

Obra completa-mente incompleta de Floridor Pérez. Imagen desde Editorial UV.

Por Felipe González

Floridor Pérez, nos cuenta el también poeta Eduardo Llanos Melussa en el prólogo de Obra completa-mente incompleta (UV, 2014), forma parte de la generación inmediatamente posterior a la que pertenecieron Enrique Lihn, Jorge Teillier, Efraín Barquero y Armando Uribe. Al contrario de los grandes precursores modernos, Huidobro, de Rokha, Neruda ­—sus abuelos, digamos—, el sello distintivo de los poetas de esta generación de mediados de los sesenta, es un nada belicoso reconocimiento de sus pares en vías de consagración y de quienes reinan en ese momento, Nicanor Parra y Gonzalo Rojas, así como un consecuente eclecticismo estético, que admite abiertamente sus influencias. De hecho, se suele reconocer en el estilo de Floridor una confluencia entre la vertiente lárica de Teillier y la antipoesía parriana, opinión que, aunque justa, de tan reiterada pienso que hace perder de vista el aporte original de su labor poética.

Obra completa-mente incompleta, sin ser una obra íntegra como indica su título es, sin embargo, una muestra significativa de esta labor que se extiende desde los años sesenta hasta la fecha. Con remezclas, adiciones y desplazamientos, usuales en la trayectoria editorial del poeta —asunto que la edición de UV no deja muy en claro—, contiene piezas de Poemas para leer desde la infancia (1973), Cartas de prisionero (1984), Memorias de un condenado a amarte (1993), Tristura (2004) y Con lágrimas en los anteojos (2010), además de una sección de poemas inéditos recientes, sin fechar, titulada “Poemas por metro de la tradición clásica y popular”. Esta panorámica da clara cuenta de las temáticas que privilegia la obra del Floridor Pérez: la disquisición amorosa, la reflexión sobre la muerte, la clara denuncia política y el diálogo poético con otros escritores, por mencionar los temas más recurrentes. Todo esto en un tono mesurado, sin aspavientos, directo e ingenioso, que opta por la brevedad y la precisión, y que roza el virtuosismo cuando de formas métricas se trata.

Si bien es cierto que, en comparación con las grandes voces con las que convivió en sus primeros tiempos, Floridor Pérez no presenta un estilo marcadamente personal ­—y quizá esto explique el escaso y tardío reconocimiento—, sí ostenta una marca distintiva discursivamente hablando. Por ejemplo, en su poesía la mujer no se encuentra idealizada, aunque se ponga de relieve su entereza en la adversidad —ya que se trata de mujeres enfrentadas a la miseria y la injusticia—, ni es tormentosa o incluso maligna como suele aparecer comúnmente en la generación anterior: me refiero a las víboras de Parra, las melusinas de Teillier o las natalies de Lihn. Esto es claro en poemas como “La compañera Rina” y “Elogio y elegía de la señora Celmira”. En cuanto a la representación de la comunidad rural, ésta se ve revitalizada; no es la aldea perdida de Teillier que se intenta recuperar mediante epifanías profanas; tampoco —aunque no sueñe con recobrarla— la de Parra, ruinosa y casi borrada por el tiempo en poemas célebres como “Hay un día feliz” y “Es olvido” o la defendida programáticamente en sus ecopoemas, ni la medievalizada de Lihn en “La pieza oscura”, evocada con infinito desencanto.

La poesía de Floridor Pérez no deja nunca ese gusto desangelado que surge incluso tras el humor de Nicanor Parra, sino, por el contrario, nos transmite una enorme sensación de vitalidad y jovialidad, que emana de la sencilla apreciación de las cosas y las situaciones de la provincia. Y esto, mediante el ya mencionado eclecticismo estético que, en todo caso, no se limita a condensar las contribuciones de la generación anterior, sino que incluye un espectro formal bastante más amplio: sonetos quevedianos, décimas, cuecas, aforismos humorísticos, adaptaciones del haikú, caligramas y otros recursos visuales de cuño vanguardista, dichos populares, reescrituras satíricas, poesía social y amorosa —y político-amorosa—, incluso algunas incursiones más cultas, como en los poemas dedicados a Borges y Armando Uribe.

Esta variedad de registros, además, es elocuente de un poesía atenta al contexto en que aparece, donde la cultura comienza a girar hacia la posmodernidad (caracterizada por el escepticismo frente a los grandes relatos y precursores modernos, y por el gradual predominio de los mass media, etc.); atenta y por eso reticente al relativismo cínico y el abatimiento melancólico de otras obras que vislumbran el mismo trance histórico. Floridor Pérez comprende que afincarse en ese cinismo o en esa desazón también supone un dogma, y que es legítimo tomar —con cautela— algún partido más provechoso. Así, opta por revalidar la comunidad tradicional con sus lenguajes y tradiciones, esa comunidad donde todos los habitantes se conocen y reconocen entre sí, “con calles y caminos de verdad, / donde el pie humano todavía deja huella”, y de la que aún existen ejemplos vivos en el Chile provinciano.

Comenta desde Facebook

Comentarios