Naldo Mirán: El Luthier del Cerro Toro

A Naldo Mirán (31) le tocó arreglar por primera vez una guitarra en tiempos del colegio, cuando camino a su casa una acrobacia le salió mal y le rompió una acústica a su mejor amigo. Intercambiaron instrumentos y se llevó la rota con la intención de mandarla a algún taller. Pero luego agarró las herramientas de su papá, le pidió algunos consejos y solucionó el problema con sus propias manos. Se tomó esta práctica en serio, perfeccionando con el pasar de los años. Ya no arregla sólo guitarras; su repertorio se amplió y ahora trabaja con violines, bajos, cellos, consolidando una clientela que no para de visitar su taller, ubicado en una calle empinada del Cerro Toro. Dieciséis años después del incidente escolar, la luthería pasó de ser un pasatiempo a un oficio de tiempo completo.

 


Por Valentina Peña Caroca

[Fotografías: Pazvalentina Velásquez]

Desde San Fernando Naldo Mirán llegó a Valparaíso el año 2005 para estudiar Educación Musical en la UPLA. Aquí se encontró con demasiados compañeros que necesitaban arreglar algo de sus instrumentos. Como él siempre andaba con herramientas en su mochila, lo mandaban a buscar. “Me sacaban de las clases y me decían que estaba el profesor de armonía en la Aula Magna y que no le estaba funcionando tal cosa, así que yo partía corriendo, arreglaba el asunto y después me reintegraba”, recuerda. 

Su labor, reconoce, adopta un rol importante cuando se ve inserto en un mundo donde la producción en serie y la técnica industrial ha bajado la calidad en la confección de instrumentos musicales, donde una sola persona -que no necesariamente es músico- pasa una sola brocha por mil mástiles, o pone mil tornillos en guitarras que avanzan por una banda mecanizada. Por lo mismo, para él cada trabajo que realiza requiere de especial atención y concentra toda su energía en satisfacer las necesidades de cada músico. Acompañado de su fiel gato Almerito. 

“Yo tengo un dicho que dice: Se van a acabar las piedras antes que los weones, porque el weón que se de cuenta de que se acabaron las piedras, va a ser el más weón de todos. Va a decir: ‘Oh… se acabaron las piedras’, y piedras hay en todas partes. Siempre me llegan casos en los que la madera se ha torcido; instrumentos que dejaron en la maleta de un auto y se dañaron por la subida de temperatura, o también casos como: ‘Oye, cachai que anoche estábamos en una terraza y me curé caleta y me fui con una mina y la guitarra se me quedó en la terraza’, y la guitarra recibió todo ese rocío mañanero y al humedecerse cagó. O pasa mucho también que se caen, o alguien pasa a llevar un cable y terminan rompiéndose”.

¿Cuál es el caso más desastroso que te ha tocado arreglar? 

–Una guitarra que era del familiar de un cliente. El que la trajo la quería rescatar, pero en realidad no valía ni un centavo. Estaba rota. Tenía como 60 años. Era una de las primeras guitarras eléctricas que alguien trató de copiar de las americanas o europeas, porque acá no se fabricaban aún. Marca Mustang, brasileña. Venía toda golpeada, la tuvo un punkie a fines de los ’80 y tenía platillos marcados por todas partes, autógrafos con corrector, todos los cables colgando, asomándose. La dejé como nueva, impecable. Tranquilamente me demoré como siete meses.

La suya es una tratocaster Peavy de los años 90. “Una guitarra de 120 lucas. No es gran cosa, pero tiene una fabricación muy buena. Y como toda producción en serie, venían con algunos detallitos que he arreglado”. Ha trabajado más de 700 instrumentos  y todos le sirvieron para animarse a arreglar su guitarra, dice. “Quiero volver a tocar. Todo esto apunta a algo personal, quiero llegar a fabricarme un instrumento de sastre, para mis manos, y que suene bien, recopilando todo lo que he aprendido de cada instrumento. Si no fuera por eso, no le pondría el mismo cariño a los instrumentos ajenos. De cada uno necesito aprender algo: hacerla corta y hacerla bien”.

 

¿Cómo empezaste en la luthería?

–Todo empezó con mi padre. A él siempre lo vi arreglando muchas cosas, por eso siempre crecí con herramientas alrededor. Nunca les tuve miedo, ni al ruido que hacían ni a esas cosas. Mi papá atendía a mucha gente; le llegaban muchos problemas por resolver: ampliaciones de casa, cambios de techo, mover un calefon a otra parte… Era un maestro chasquilla de la vieja escuela, y yo siempre estuve ahí, atento cuando llegaban viejas desesperadas a pedirle ayuda. Después de eso empecé a averiguar sobre luthería, leí mucho, y me vine a estudiar a Valpo.

¿A esa altura ya te veías dedicándote al oficio?

–No todavía, pero sí arreglaba guitarras y la mía la iba ajustando. En ese momento me veía como profe de música y todavía me encanta enseñar. Por eso cuando vienen los clientes los siento y les cuento todo lo que quieran saber sobre sus instrumentos. Quería ser profe sin saber en el tete que me iba a meter al hacer clases en un colegio. Como que no visualizaba mucho el sistema laboral, que es complicado. Desde los sueldos hasta las horas, y de cómo son los cabros chicos, que ahora necesitan mucho más que un buen profesor para poder primero salir de donde están, y segundo: hacer algo en la vida.

 

A Naldo le llegan clientes de todas partes. Como uno que le trajo una guitarra desde Puerto Williams. Andaba de paso por el Puerto y cuando se le acabaron las vacaciones pasó a buscarla. Además de las procedencias de sus casos, le toca atender emergencias: “Una vez vino una violinista italiana que tocaba en un crucero que estaba parado en la costa. Era solista; tocaba mientras los tripulantes comían. Se le había roto el puente de su violín así que vino desesperada con más gente de un crucero en un taxi, un sábado como a las once de la noche, cuando yo me disponía a salir. De repente me cambió todos los planes y me quedé toda la noche trabajando en su instrumento, porque al día siguiente el crucero partía. Le fui a dejar el violín personalmente, entré al crucero y todo. Era una irresponsabilidad entregárselo a un marino que cachaba nada de instrumentos. Fue extraño”.

¿Cómo es la afluencia de clientes en este rubro?

–La afluencia de clientes se rige por sus sueldos, claramente. Llegan muchas personas a fin de mes y también cercanos a las fechas de celebraciones. Músicos profesionales que trabajan en año nuevo o para el 18. Por eso necesitan sus instrumentos impecables. Los únicos días libres que tienen, que son el 24 y el 25 de diciembre, navidad, yo me quedo acá trabajando. Así que mis navidades las paso acá con Almerito, y así son mis 18 también.

¿Te da mucha lata?
–Nunca me han afectado mucho las fechas sociales que implemente el sistema económico para poder festejar o darse días libres. Este es un oficio y para poder dedicarte a él tienes que cumplir con varios requisitos, uno de ellos es privarte de panoramas porque implica un desorden de tiempo. También hay que ser mínimamente ordenado, y yo nunca lo he sido. Ahora ordené un poco para que parezca taller de luthería. Pero tiene que ver con eso, con el sacrificio. No es difícil aprender la materia, ni ejercerla. Y luthiers hay poquitos y todos tenemos pega, porque igual que en la medicina hay especialidades, y ninguno es competencia de otro. Todos tienen su fuerte y nos complementamos. Es muy común que un luthier que es muy buen pintor de instrumentos colabore con un montajista, y así nos repartimos tareas, paso por paso, y el instrumento queda perfecto.

¿Con quién colaboras?

–En algunas ocasiones derivo mi trabajo a la experiencia… ahí es donde tomo el teléfono y llamo a Manuel Orrego, un gran luthier de Quintero, seco, dedicado cien por ciento a esto. Vive con sus diez o quince perros y pasa todo el día trabajando. Creo que estamos en la misma sintonía. Él es muy conocido por la fabricación de sus instrumentos que son de nivel mundial, y más encima toca y sabe de vanguardia; conoce de sistemas midi, y él solo con su guitarra y un cerro de máquinas suena espectacular.

Él le hacía bajos a Pedro Aznar…

–¡Sí!, y ahora estaba haciendo un bajo con forma de animal. En ese sentido, yo empecé al revés que casi todos los luthiers, que van a una academia o son discípulos de un maestro y trabajan en su taller un tiempo antes de independizarse y seguir por sí solos. Nunca soñé con fabricar instrumentos. Yo soy montajista; empecé estudiando la altura de las cuerdas, su ajuste, el trasteo, el problema fino, la modificación de madera con calor, el dedo que no da el tono en cierta parte, en fin… Luego empecé a entender el por qué de las distancias, el por qué de las maderas.

CLIENTES ESPECIALES

¿Tienes clientes desagradables?

–Yo trabajo para personas y sus instrumentos. Me carga cuando vienen una mamá, una vieja histérica cuica ¿cachai? “El profesor de música dijo que el violín tienen que bajarlo aquí y allá, y bajarle las cuerdas…”, me dice una persona que no tiene idea y que primero no trae al niño para yo poder preguntarle qué le acomoda más, para ver su mano, la forma en la que toca, o su actitud frente al instrumento y así poder modificarlo a su gusto, personalizado. En esos casos me veo obligado a aplicar un estándar: que funcione y listo. Y eso me carga, pero lo hago igual, no por elección. Una guitarra de un folclorista no es igual a la de un jazzista. El charrasqueo que potencia el chasquido de las cuerdas no le sirve a un jazzista que toca muy delicadamente.

¿Qué músicos reconocidos de Valpo frecuentan tu taller?

–He trabajado para Julio Piña, Víctor Fabio (Sonora Patocarlo), al Chinoy también le arreglo las guitarras. El trabajo más importante que hice con una de sus guitarras fue con esa de colores que tiene, que pintó él mismo y  es la que está ocupando ahora. Se le cayó y se le rompieron las barras armónicas, la tapa y el sistema electroacústico. Venía en muy malas condiciones y habían pocas posibilidades de que volviera a sonar. Tuve que arreglarla desde la boca de la guitarra, desde el hoyo hacia adentro con una pinzas que me hice. Todo para no destaparla. Si abres una guitarra de esa calidad y la vuelves a cerrar ya no sonará igual. Usé espejos, varias cosas, y ahí está, resultó. También he hecho cosas para los Mora Lucay, músicos de orquesta sinfónica, profesores; le arreglo los cellos a la maestra Polonia Sienkiewicz, al maestro Francisco Palacios, a sus alumnos. Los instrumentos sinfónicos son otro cuento, y los músicos son totalmente diferentes.

¿En qué radican esas diferencias?

-Aquí llegan los punkies y tengo que usar una retroexcavadora para limpiar entremedio de los trastes de esas guitarras. A veces se enojan porque les quito la onda a sus instrumentos cuando los dejo muy limpios. También llegan otros clientes que cuando les pasas el instrumento limpio, impecable, sacan un pañuelo y le borran los dedos que acabas de marcar cuando lo sostuviste; maniáticos, muy especiales. Esa manía es lo que los lleva a ser secos intérpretes, por su minuciosidad. Todos los artistas tienen algún lado especial. Acá no puedo dejar que enciendan un pito, porque es todo de madera. Llegan músicos muy diversos, y esa es una de las cosas que más me gusta de este oficio, esos personajes diversos que tocan los instrumentos de distintas formas. Mi trato con todos siempre es el mismo. Tengo que entender la música que cada uno toca para poder lograr conseguir lo que buscan. Si un punkie quiere sonar agresivo, grande, no le puedo dejar muy bajitas las cuerdas, si no se va a apañar el riff y no va a sonar ese punk rock que hace que todos se golpeen y salten y se agarren a botellazos. Más que entender el instrumento, trato de identificar qué es lo que busca la persona. Trato de entender su vida, cómo llegó a hacer eso. Todo es parte de la composición. Los mejores clientes son los más extraños.

ENERGÍAS

Me contaste que con Orrego coincidían en hacer Reiki, ¿Cómo conectas esa práctica con la luthería?

–Hay gente que duerme con su guitarra. Algunos medios maniáticos, otros medios locos, pero buenos chatos en el fondo. Yo los ayudo a conectarse con sus instrumentos, a que se transformen en ventanas por donde ellos mismos puedan salir. Quizás puede ser que esa guitarra sea el único medio por el cual pueden comunicarse; hay músicos que son muy tímidos, que en un escenario los ves haciendo su show, cómodos, pero que en el cotidiano hablas con ellos y son muy reservados. Si su instrumento les impide ser ellos mismos, es un problema. Muchos llegan a vender su guitarra (me incomoda, no suena, la vendo. Y se la venden a un amigo, y después el amigo llega acá y la arreglo, y el dueño anterior se arrepiente. ¿¡Pa’ qué la vendís?. El instrumento no es un objeto, sino que es parte del músico. La luthería que hago debe considerar esa parte. Los instrumentos vienen con la energía de la persona.

¿Te ha tocado trabajar con algún instrumento denso, medio terrorífico?

–Una vez me llegó un violín y al tomarlo sentí que abrí un freezer, y lo tuve que dejar de lado. Lo metí en la caja y lo cerré. Lo había ido a dejar una abuelita que me contó que se lo había heredado el padre. Era un violín que tenía muchísimos años, y se lo quería dar a la nieta. Venía con algo extraño, algo que me hizo sentir muy mal. Finalmente la cosa era que el dueño había muerto con el violín en los brazos, pero algo de mala onda tenía ese violín, tal vez no murió feliz, o puede ser porque el violín estuvo mucho tiempo abandonado. Instrumentos que viajan mucho también son medios raros.

¿Crees que este oficio puede desaparecer?

–No, no hay ninguna posibilidad de que desaparezca. Pero como todo negocio, se está transformando. Yo, si quiera ganar plata, contrataría a dos esclavos y me compraría un látigo. No haría ni una weá y supervisaría y ganaría la plata, máquinas, tendría un local espectacular, una recepción. Pero no, yo tengo este taller, que es mi casa, una antigua, que podrían decir que está pa’ la cagá, pero es mía, y aquí puedo vivir y trabajar tranquilo. Esta modalidad de luthería se está perdiendo. Si quisiera ganar plata sería, no sé, paco… o milico.

¿Qué es lo que más te gusta de tu oficio?
–Que me saca de la rutina, me saca de la monotonía, me hace abstraerme un poco del resto. Y no es de ermitaño, sino que me encierro en la magia del instrumento. Mi sueño siempre fue ser violinista, y estudié violín y todo, pero empecé a entender que era importante que existiera alguien que los hiciera sonar bien. Tenía una manía por acercarme a ese lugar. No quería ser como esos deportistas que se preparan toda la vida para perder en una semifinal y después matarse. Yo amo las guitarras, soy guitarrista desde muy chico y ver más y más guitarras me hace conocer más fondo mi propio instrumento.

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Mirán se aproxima con un alicate a cortar la cuerda de una guitarra eléctrica, pero antes se detiene a reflexionar en voz alta: “Llegué a esta conclusión: Los árboles en algún momento estuvieron vivos, por lo tanto la fibra de la madera era parte de un organismo vivo, y la forma que tuvo la fibra se puede apreciar en el instrumento; en su tapa o en los mástiles. Si no fuera así, se caería con el viento, con cualquier cosa, no podría seguir transmitiendo vida ese árbol. Entonces, toda madera tiene cierta vibración de emisiones electromagnéticas. Y todos podemos conducir electricidad, la misma que viaja por ese objeto vivo que el instrumento. Aparte de poder transmitir vibraciones sonoras, también la madera conserva aún la capacidad de transmitir esa otra frecuencia de vibraciones, de cuando estaba vivo. Si los músicos pueden conectarse con eso otro, además de las frecuencias sonoras, se puede dar una conexión poderosa y real con ese instrumento. Al final son ellos mismos ocupando el espacio que llena el instrumento, o sea, ellos mismos sonando. Ahora… alguien con una flauta dulce o una trompeta, no sé jajaja. Soy complicado igual, soy mañoso. Para poder acercarme a un instrumento y lograr lo que quiero, tengo que sentirme divino”.

 

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