My little joyita

vista desde los cerros al mar

vista desde mi balcón

Dos camiones, dos niños, y una perra quiltra. Convoy dichoso para un día nublado y febril. Acarreo de vidas, pasado pisado. 1 de mayo de 2006. Ese fue el día en que arribé con mi pequeña familia a la ciudad de Valparaíso. El puerto olía a yodo. Potente, salinidad absoluta. Después de 33 años viviendo en un Santiago que cada día me agradaba menos, el cambio me pareció un premio. La entrada gratuita al barco pirata. Reventar la piñata y que cayeran dulces sólo para nosotros.

Nadie nos recibió. Solo una casa pequeña metida en la quebrada Elías sin más vista que el muro del vecino y con deprimente aspecto de refrigerador. Al punto que tras 9 días habitándola le pedí a la dueña dejar el trato en cero. Ella rompió el chanchito y nos devolvió cada peso. De las 6 casas que he “probado” en 7 años, no hablaré.  Menos de los amores que acá experimenté. Sólo decir que desde entonces el mar me tiene envuelta y pisar caca ya me da igual.  La quiltra ya no está pero tenemos dos gatos. Don Pedro cuida las plantas, Rigo trae el gas, Juan -el de la basura- se preocupa por mis atrasos laborales, Huguito cambia los enchufes, el hombre que me arrienda me trata como hija y don Guille -el de las menestras- me fía. Todos caseros gentiles.

Así es que sí. Acá soy feliz. Aúllan las sirenas de los barcos y sigo sintiéndolo en la piel. Me recuerdan que soy una habitante más de este puerto. Una “neo porteña”, como nos bautizaron por ahí. ¿Te acuerdas amiga, ratona santiaguina como yo?

Valparaíso es pobre, qué duda cabe. Y se come por dos lucas y se toma por menos y se baila como sin querer. Ya no se trata de pedir el brillo de una joya, sino de gozar llevarla puesta.

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