Me llamo Lilith

El pasado lunes 24 de agosto, alrededor de las nueve de la noche, Lilith Herrara caminaba por el Barrio Puerto en Valparaíso cuando vio a un hombre abalanzarse hacia ella. El primer golpe en el estómago la tiró contra la pared, el segundo al suelo. Sonó una música estridente desde un celular y la patada que iba dirigida a su cara terminó impactando sus pies. El hombre arrancó pero sus palabras hicieron eco en la cabeza de Lilith: “Maraco conchetumare” le había dicho durante la golpiza. Lilith es una trans de 28 años. De forma burda, podríamos decir que ella es una persona con genitales de macho que se identifica genéricamente como una mujer. De forma respetuosa, habría que decir que Lilith es Lilith y nada más. Ella quiere contar su historia, ayudar a generar un mayor conocimiento sobre la identidad trans y alertar sobre la violencia transfóbica.

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Escribe Montserrat Madariaga Caro / Fotografía José Mogrol – Estudio Cámara Lúcida

Llega Lilith al lugar acordado para la entrevista: “Los leones frente a la catedral de Valparaíso”, me había dicho. Poética referencia: la valentía y el dogma cara a cara. Su vestimenta es la de un joven universitario porteño cualquiera, pero su delgadez, tono de voz suave y mirada dulce van en dirección opuesta al estereotipo sexista del hombre. En un café de Plaza Aníbal Pinto, me relata su vida y responde con paciencia las dudas que ha tenido que responder tantas otras veces.

-¿Qué es para ti ser transexual? ¿Esa palabra te identifica? ¿Podrías definir, si se puede, lo que es ser transexual?

-Yo prefiero denominarme “trans” por una cuestión de especificidad, por algo más teórico, y también por una cuestión de romanticismo. Lo primero, porque “trans” se convierte en un término paraguas, dentro del cual se pueden encontrar categorías como transexual, transgénero, travesti, intersexual y, hace poco, también la categoría de androginia. Lo otro, que es el romanticismo, porque pienso que es como una alianza, una muestra de solidaridad y de unión simbólica y de acción entre los otros y las otras. Me interesa hacerme parte de las otras especificidades, las otras identidades. Eso implica que la lucha se puede dar reconociendo esas diferencias y, porque se reconocen, me parece que se puede dar una lucha más honesta y más potente. Esto es lo que estoy tratando de hacer por consecuencia política.

Lilith habla con un ritmo pausado. La forma en que plantea sus pensamientos hace honor a sus estudios, Pedagogía en Castellano. Su discurso es resultado de un intenso proceso de autoconocimiento y de un aprendizaje político: Lilith es feminista, pertenece a la Agrupación Clasista de Mujeres y Disidentes Sexuales Pan y Rosas Teresa Flores, es marxista e integrante del PTR (Partido de Trabajadores Revolucionarios) y de la Codymu, Comisión Disidencia Sexual y Derechos de la Mujer de la Universidad de Playa Ancha. Pero hace diez años, ella era otra persona. Hace menos de una década deambuló por las calles del cerro Barón con la fija idea de desaparecer.

Fue a los 18 años que Lilith se atrevió a decirles a sus padres que era homosexual. Eso pensaba hasta entonces. Su infancia y adolescencia no habían sido fáciles. Era poco sociable. Su madre le enseñó que el mundo de afuera era oscuro y peligroso. Al igual que sus juguetes guardados en las cajitas originales, Lilith apenas salía de la casa para ir al liceo. Entonces, cuando sus padres le escucharon decir que era gay, lo enviaron al psicólogo y éste al psiquiatra. El médico le recetó pastillas; dijo que tenía depresión endógena y fobia social. Lilith sólo sabía que siendo muy pequeño, a los cinco o seis años, había pensado: “¡Qué lindos son mis compañeros!”. En ese entonces, no reparaba en que, además, desde la niñez se había sentido incómodo con su cuerpo, no analizaba por qué cuando el profesor de educación física decía “los niños a este patio y las niñas a este otro”, él se quedaba al medio y no participaba.

-Todo fue muy tortuoso, como tenía una herencia católica estuve un año y medio en terapia. Sentía mucha culpa. Llegó un momento en que tomaba casi tres pastillas al día. Era horrible, sufría dolores, no podía dormir, tenía movimientos involuntarios. Era mucho y llegué al hospital producto de una crisis. En ese momento me puse optimista, no quería morir y dije no más terapia. Mi familia me apoyó porque ya estaban todos un poco colapsados. Ese “basta” implicaba empezar a hacerme cargo de mí. Me puse a trabajar y no cambió todo pero mis maneras de vivir fueron menos tortuosas, dice.

La Marimar

Hasta los 25 años, Lilith creyó que era homosexual. En una oportunidad, el chico con el que andaba le dijo: “Pareces una mujer” y eso le hizo pensar. Comenzó a ponerse algunas prendas femeninas cuando estaba en soledad. Le daba vergüenza, lo encontraba extraño. No quería volver a tener un secreto y lo dejó. Pero, también comenzó a chatear con hombres que le hablaban en femenino. De alguna forma, dejaba de ser “él” y pasaba a ser “ella”. En general, eran conversaciones sexuales, que hoy Lilith ve como torcidas. Pero uno de esos diálogos fue distinto, fue amoroso y no puro sexo. Le gustó ser la mujer de ese chat, se sintió cómoda y los recuerdos comenzaron a agolparse en su memoria. Se vio maquillándose frente al espejo en la pieza de sus padres, probándose ropa de su mamá y, sobre todo, vino a su cabeza la imagen de la Marimar.

-Creo que fue como a los 7 años. Con mi mamá veíamos una teleserie mexicana donde actuaba Thalía, que se llamaba Marimar. Recuerdo que siempre me fijaba en ella. Me parecía que la mezcla entre su pelo largo desordenado por el viento y sus hombros desnudos se veía muy bonito. Me di cuenta de que ella obtenía la atención de los hombres. Yo, entonces, intenté hacer lo mismo que la Marimar. Recuerdo que me descubrí los hombros al frente de un primo. Recuerdo a mi mamá mirarme extraño y no producir lo que producía la Marimar. Ese fue el primer momento en que me conecté con mi identidad.

lilith-2-ljmA Lilith le gusta lo que simboliza la Marimar, porque dice que es un personaje que caló hondo en los sectores obreros y populares. “No voy a defender a Televisa y su misoginia –aclara–, pero yo puedo hablar de la Marimar con la vecina de mis papás, que es una señora que tiene 50 años y con la que también puedo discutir sobre los boletines de Pan y Rosas”. Además, para ella, la Marimar representa la honestidad de decir “yo quiero ser mujer o, simplemente, yo quiero ser”, a la vez que le recuerda su alianza con las travestis.

Lilith tiene una postura clara sobre las travestis en Chile. No se trata simplemente de hombres que se visten de mujer, sino de una “sujeta social que es producto de un sistema que la condena a la prostitución, porque a esa travesti no le permiten educarse”. Además, afirma: “En este país, la travesti es la excluida, es la que no tiene ningún derecho democrático, ni siquiera tiene derecho a existencia”. Según Lilith, las travestis solo son visibilizadas durante las fiestas patrias como show en las ramadas, pero el resto de los días del año, si las violan o las matan no es noticia.

Lo que conecta a Lilith con las travestis es que ella tampoco tiene derecho a escoger su nombre, ya que en Chile aún no hay una Ley de Identidad de Género, como sí existe en países como Argentina y España, entre muchos otros. Pero ella aclara que una ley no hace la cultura. Al identificarse como trans tiene una lucha en común con los otros y otras que son rechazados por la heteronormatividad, por la idea de que sólo se puede ser mujer u hombre heterosexuales. A Lilith –y a toda una gran comunidad de personas de todo tipo de orientación sexual– le parece que hay más identidades que el acostumbrado binomio.

-Yo problematizo esa imposición binarista “hombre o mujer”. Creo en la libertad de determinación. Pienso que en estas cosas que están emergiendo aún no logramos captar en qué estamos. Entonces mientras tanto hay que disfrutarlo e ir abriendo preguntas y que en ese intentar responderse surjan las posturas. Yo me voy a seguir definiendo como trans pero no voy a intentar darle respuesta a ese binarismo porque no me siento capaz. Eso implica que si yo digo que soy trans, entonces soy trans. Pero, dentro del binarismo, “trans” sería aquella persona que va a terminar convirtiéndose en una mujer o en un hombre, ese es el único horizonte. Entonces, después nos encontramos con la categoría “transgénero” y allí se difumina un poco el binomio. Esa es como la primera transgresión. La persona transgénero va a tratar de alterar su imagen pero no va a terminar de cuajar en el binarismo. Por ejemplo, alguien que se pone bustos pero sigue manteniendo su genitalidad o su aspecto masculino.

En la práctica

Con todo lo que ha pasado en su vida, Lilith es una mujer de acción. En el año 2013, se puso a investigar y encontró la identidad de género que le acomodaba. También se enteró de la existencia de la Codymu en su universidad y se unió de inmediato. “Necesitaba un espacio en el cual sentir que podía manifestarme como yo era sin tener que recibir un sermón”, relata hoy. De a poco, fue revelando su verdadero nombre, Lilith, consiguiendo que algunos profesores la llamaran así al pasar la lista. Comenzó entonces a politizar su identidad y a realizar performances cuando era necesario hacer una declaración. Hizo carne el discurso.

Este año, le tocó realizar su primera práctica profesional como educadora de castellano, bajo su identidad trans. El profesor le advirtió que se burlarían de ella. “Te vas a terminar yendo”, le dijo. Era el séptimo básico de una escuela humilde con un alto nivel de ausentismo. En la primera clase dijo: “Me llamo Lilith y soy su profesora” y les pasó un texto escrito por ella donde explicaba lo que era ser trans. No hubo respuesta. Pero en los siguientes días fueron surgiendo las preguntas de los adolescentes. Sólo una vez uno de ellos le gritó “maricón” y Lilith le respondió, “¿Qué entiendes tú por maricón y por qué crees que yo lo soy?”. El joven quedó en blanco. Finalmente, el profesor la felicitó por su buena llegada con los escolares.

Lilith dice que tuvo la suerte de tener libertad en esa escuela, pero no cree que vuelva a repetirse. En 2016, tiene que realizar su última práctica, la más importante, y esta vez va a pedir al Departamento de Prácticas de la UPLA que le pongan su nombre social, Lilith, y no su nombre legal en la hoja de registro.

Ya no tiene pesadillas con el agresor, me comenta Lilith antes de maquillarse para la sesión de fotos. Cuando sale del baño vestida con una faldita gótica pienso en su valentía, en el león frente a la catedral, y en cuántas personas, como aquella que le pegó, ni siquiera saben que no son libres.

Transformar el cuerpo

Un 80% de las personas trans se dan cuenta de que lo son entre los 4 y 5 años, explica la psicóloga especialista en tránsito de género Patricia Casanova Bahamondes. Esos niños y niñas no manejan el concepto trans, pero se sienten raros e incómodos con la identidad de género que la sociedad les ha asignado. Según el paradigma biologicista son personas enfermas que sufren de una “disforia de género”, por lo tanto, necesitan transformar su cuerpo con hormonas y cirugías para sanarse y ser hombres y mujeres “normales”. Patricia no está de acuerdo con ese pensamiento, desde su visión el género es una construcción social: “Son acuerdos a los que hemos llegado. A veces se nos olvida y lo vemos como una verdad –afirma–. Pero, nos vamos a encontrar con distintas personas fluctuando en el género y todas las posibilidades pueden ser igual de bonitas. Todas las personas tenemos el mismo derecho a ser felices, a tener pareja, tener hijos, a sentirnos plenos”. Para Patricia, la decisión de tomar hormonas y operarse depende de cada persona. El punto está en qué necesita esa persona para sentirse bien consigo misma. En algunos casos, será hormonarse, en otros, cambiar su sexo y en otros nada de eso. El cuerpo biológico no tiene por qué corresponderse con la identidad de género.

Según Patricia, en Chile, la salud tiene una gran deuda con los trans. “Han dejado de ir al sistema público porque no son bien recibidos, los llaman con su nombre legal o no los entienden”. Por eso, junto a profesionales del Hospital Carlos Van Buren de Valparaíso, está levantando un policlínico para personas trans en esa institución, donde ellas y ellos puedan transformar su cuerpo de forma gratuita con especialistas informados y sensibilizados en el tema.

Actualmente, alguien que quiera cambiar su nombre legal por uno del género contrario, debe demostrar ante un tribunal que es trans. Esto implica tener informes psicológicos, psiquiátricos y al menos seis meses de tratamiento hormonal. Luego, la aprobación va a depender del criterio del juez o jueza. Este sistema, que deja en manos de terceros la identidad individual, hace aún más necesaria la existencia de policlínicos trans para acompañar a las personas en este proceso. El que se inaugurará el próximo año en Valparaíso será el segundo en el país. El primero está en el Hospital Las Higueras de Talcahuano.

Como psicóloga, Patricia trabaja con los pacientes la consolidación de su identidad de género y su sociabilización en el entorno familiar, en el colegio, la universidad, el trabajo, etcétera. Afirma que, generalmente, los padres han visto sufrir a sus hijas e hijos y por eso el tema de si ser trans es algo biológico o social queda en segundo plano. “Al final, a los papás deja de importarles si su hija o hijo es hombre o mujer, sino que quieren que sea feliz”. Frente al prejuicio de que es una moda, Patricia responde: “Ponte a vivir una semana en el pellejo de un trans y vuelve a pensar que es una moda”.

*Crónica publicada en en La Juguera Magazine nº 12

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