Los que no patearon piedras

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Ilustración: Stevan Dohanos

Por Patricia Péndola*

UNO

El grupo de WhatsApp se llama “Deutsche Schule Quilpué”. Lo formó hace más de dos años el “Gato” Monardes. Él es quien cada cierto tiempo nos convoca. Hace años empezó a reunirnos de nuevo, con relativo éxito, pues casi siempre llegan diez o menos. A veces, pocas, se reúnen casi 30. A veces yo también asisto. Ha habido ocasiones en que ha sido él quien sugiere un encuentro y no ha aparecido. De los que vivíamos en Quilpué, la mayoría emigró a Santiago, hay otros dispersos en Viña y unos pocos optaron por permanecer en la “Ciudad del Sol”. Así, casi siempre las reuniones son en la Quinta Región o en la Capital.

Nos convoca el Gato, pese a que se fue del colegio a mediados de Segundo Medio. Siguió sintiéndose parte del curso. Y la mayoría de mis ex compañeros comparten ese sentimiento.

No todos los que emigraron antes del egreso mantuvieron esa relación con nosotros. En realidad, poquísimos. Con el pasar del tiempo, los que nos abandonaron en 6º, 7º, 8º básico o 1º, 2º y 3º medio han ido incorporándose de a poco a estas reuniones. El Gato logró ubicar incluso a una compañera que estuvo con nosotros desde pre kinder a 3º básico y que fue mi mejor amiga, la Pola.

Pese al empeño que ha puesto Ernesto en reunirnos, en re-unirnos, y pese a que varios han sido ubicados e incorporados al WhatsApp, no todos participan, no todos escriben, no todos asisten a los asados.

DOS

Estábamos en plena dictadura. Quizás haya sido en 7º básico, en 1977; o bien pudo ocurrir en el ’78, cuando cursábamos 8°. Habíamos terminado nuestra participación en el tradicional desfile del 21 de Mayo. Alrededor de la Plaza Vieja, varios colegios, liceos y escuelas aún aguardaban su turno. Entre esa multitud estaba Guillermo Sutter, mucho más delgado que cuando era parte de nuestro curso, con su carita de niño redonda, muy serio y convencido, en la primera fila del escuadrón de su nueva escuela. Fue el Gato Monardes quien lo vio. Creo que éramos varios los que estábamos con el Gato y que lo escuchamos y lo vimos y fuimos testigos. Los apelativos “guatón Sutter”, “guatón culiao”, “colegio cuma” y otras expresiones que ya no recuerdo, intentaron quebrar la seriedad de nuestro ex compañero. Pero, sobre todo, Ernesto buscaba ridiculizarlo frente a sus nuevos compañeros del colegio.

Recuerdo el gesto adusto de Guillermo, el intento de mantenerse indiferente, las miradas que nos negó y, tras esa máscara de seriedad, el dolor que se adivinaba en su rostro de barbilla elevada.

Yo sentí vergüenza, sentí piedad y me sentí sin voz ni gestos. Quizás lo embellezca ahora con palabras, pero sé que no pude decir nada. Sé que han pasado largos años, que se cuentan en décadas, y aún no olvido este suceso. Guardé silencio, no defendí lo que creí justo, no me opuse a la humillación, porque yo y varios éramos también víctimas del Gato Monardes, de su crueldad y del séquito de pequeños machitos que se impusieron sobre los demás a través de la violencia, de los insultos y los golpes.

TRES

Hace unas dos semanas, Ernesto subió un video especial al WhatsApp. Siempre lo hace. Sube distintos videos y fotos. Chistes casi nunca buenos, casi siempre nacionalistas, machistas y todos los –istas horrorosos de nuestra cultura. Yo siempre me enojo y pienso que nada tengo que ver con esta gente que promociona ideas así. Siempre me enojo y no sé cómo contestar. A uno de sus últimos chistes machistas, una compañera alemana contestó con otro chiste, con una ironía tan fina que pensé que esa es la forma de manejar tanto discurso idiota. A veces, cuando pienso en abandonar el grupo, también reflexiono en que hay muchos que no celebramos esos chistes ni enganchamos con arengas patrioteras. Muchos que solo escriben para mandar un saludo, un abrazo, un feliz cumpleaños, unos buenos deseos.

Esta vez, el video era una interpretación de “los viejos estandartes”, el himno del Ejército Chileno entonado por un coro de la Escuela Militar. La compañera de Alemania le contestó “sorry, not my music” junto con compartir D’yer Maker HD de Led Zepelin y el mensaje: “prefiero los clásicos”. Siempre logra dejarlo sin réplica. Quizás porque cuando ella llegó de Alemania en Iº medio, ellos se gustaron y ese primer amor quedó así, resplandeciente, en la memoria de ambos.

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Ilustración: Amos Sewell

CUATRO

Ernesto siempre nos pregunta cómo ubicar a tal o cual, si sabemos de Ramón, Rodrigo, Joaquín. De Alberto Arce, el “Negro Arce”, quien sufrió una discriminación despiadada por ser moreno, por vivir en Olmué, por ser parte de los proyectos de inserción social ahora conocidos por la película Machuca. Alberto nunca se sumaría, si llegara a ser ubicado por Ernesto. Pienso que varios más no lo harían, así como tantos se restan de participar en el diálogo electrónico.

Entre muchos de ellos, se declaran un cariño incondicional, se llaman unos a otros “compañeros de la vida”, los “verdaderos amigos”. Alguna vez remota, en uno de esos encuentros, sentí que eran parte de mi vida y que, pese a todo, los extrañaba. A veces me pasa. Hay muchos que son hermosas personas. Sí, es verdad. Pero también recuerdo un extenso diálogo por WhatsApp en que relataron el tenor de las conversaciones de su último asado en Santiago. De cómo empezaron un “mea culpa” por las burlas, el hostigamiento que caracterizó nuestras relaciones. Estaban a punto de sentir que debían pedir perdón y perdonarse, hasta que Helmut Marx dijo que, en el fondo “éramos unos niños”. Sí, en 6º, cuando él se fue, aún éramos unos niños. Después, todos empezamos a crecer y también, gradualmente, creció el hostigamiento, la violencia implícita y la explícita. No son niños alumnos de 15 y 16 años que forman un túnel en la escala para que el curso menor que viene subiendo, sufra las patadas de los más grandes. No son niños los que denigran a esa edad a sus compañeros y compañeras. Yo cuestioné en ese diálogo tanto blanqueamiento de acciones. Solo mi amiga alemana me apoyó y habló de las “cicatrices” que dejan esas experiencias. La más católica de todos habló de perdonar. El perdón no se impone, pensé, pienso. El perdón se pide, cuando se ha cometido un error. El perdón se concede, pero no se nos puede obligar a perdonar.

CINCO

Teníamos dos compañeros hijos de marinos de alto rango.

Teníamos compañeros cuyos padres sustentaban un discurso de izquierda.

Tuvimos profesores alemanes que vinieron a Chile para apoyar la causa contra la dictadura.

Teníamos profesores exonerados por su compromiso político con Allende, a quienes el Colegio Alemán acogió.

Los padres de muchos de mis compañeros eran de derecha.

Yo siempre tuve miedo de que mis compañeros supieran que mi papá fue allendista hasta morir.

El papá de Helmut Marx y su tío Charles eran efectivamente marxistas. Helmut emigró con su familia a Colombia, a causa de la dictadura. Ahora es un militar de alto rango del ejército chileno.

El Gato Monardes nos abandonó a mediados de 2º Medio para abrazar la carrera militar, ahora en retiro. Cada cierto tiempo inquiere por alguno de los que fuimos compañeros y que no ha conseguido encontrar, frases como “no tengo su ubicación y cel” que me recuerda tanto a otro personaje que lo sabía todo, incluso el movimiento de una hoja.

Éramos niños, sí. Fuimos niños y adolescentes que crecimos en la violencia de la dictadura.

No sé si esa constatación me permita comprender y perdonar.

 


*Participante del Taller de Escritura La Juguera Magazine

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