Los otros de afuera

Valparaíso es la tercera región del país con mayor cantidad de migrantes, pero este grupo no sólo se compone de turistas y estudiantes extranjeros: suenan nuevos acentos y se suman ilusiones latinoamericanas en los cerros que el imaginario Unesco de la ciudad no puede abarcar. Para algunos de ellos no fue fácil partir y tampoco la llegada, como ocurrió con cinco trabajadores colombianos, que acusan haber sido estafados por un empresario español. Llegaron a Chile y al poco tiempo quedaron sin techo ni dinero, viviendo en una casa de acogida. Su caso sirve para revelar la precariedad legal e institucional respecto a la población extranjera en Chile, donde la migración parece no tener un ápice de prioridad.

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Escribe Diego Bravo Rayo / Fotografía Nelson Campos

Medellín, inicios de julio de 2014. Mientras Geovanny Mendoza Vanegas (34) instala una ventana en la obra en que trabajaba, Freddy Peña, un amigo de la infancia, irrumpe en la faena. Fue amistoso y escueto: “Parcero, hay una muy buena oferta de trabajo, es de afuera. Te van a llamar en la tarde”. Mendoza no alcanzaba a estar intrigado ya que, a pesar de su carácter optimista, prefería algo concreto en esta materia. Sonó su celular. El mensaje era cierto. “Soy dueño de Winbel, una gran empresa de fabricación de ventanas en Viña del Mar, Chile. El sueldo fluctuará entre 1.000.000 y 1.500.000 de pesos, dependiendo de la cantidad de ventanas que instalen, con un mínimo de 8 diarias”, cuenta Geovanny que le ofertó Eduardo Crespo Fernández, empresario español.

El último requerimiento de Crespo fue que reuniera a más trabajadores. El primer llamado fue para su hermano Edinson, que vivía a 433 kilómetros suyo, en el pueblo de Chaguaní, y luego fue el turno de Alex Olaya. Ambos dieron un inmediato sí, por lo que el español los derivó a su mano derecha en Medellín: Mauricio Guevara, su cuñado. Con él se reunieron en el centro comercial Unicentro, donde Guevara reafirmó las palabras de su jefe, prometió pasajes de avión y endulzó aún más la propuesta: “Alojamiento gratis los primeros dos meses. En un año ganarán 12,5 millones de pesos chilenos, o sea 50 millones de pesos colombianos”.

El 24 de agosto de 2014, los hermanos Mendoza y Alex Olaya volaron a las 05:06 desde Medellín rumbo a Santiago, con la explícita instrucción de venir a “una entrevista de trabajo”. Fue esa respuesta lo que hizo a la Policía de Investigaciones levantar sospechas sobre los trabajadores colombianos. Geovanny Mendoza llamó a Crespo para que resolviera esta situación, quien aseguró que tenía, en ese mismo instante, en el aeropuerto a sus abogados para esos efectos. La PDI optó por derivarlos a otro avión de retorno a Colombia, debido a  una posible escena de trata de personas.

La frustración encontró su olvido cuando, en octubre de 2014, el teléfono de Mendoza recibía un mensaje: era Crespo otra vez. El español explicó con tanta convicción el entrevero en el aeropuerto que Mendoza volvió a convocar a trabajadores, esta vez a cuatro. El empresario, casado con colombiana, dispuso el encuentro en la casa de su suegra, donde estableció la nueva ruta a seguir para llegar a Chile: Medellín, Cali, Lima, Santiago. Por tierra, con el fin de evitar “la rigurosidad” de la PDI. Los pasajes volvían a correr por parte de Crespo. El 26 de noviembre se reunieron en Cali los hermanos Mendoza junto a Juan David Jiménez, Carlos Vélez y Edwin Herrera. Allí recibieron $500 in god we trust y $700.000 colombianos para llegar y pernoctar una noche en la capital peruana, ciudad a la que arribaron el 28 de noviembre. Al día siguiente, Geovanny recibió un giro por $403 dólares estadounidenses para solventar el viaje a Santiago, el penúltimo gran tramo a completar. El comprobante de este pago sería determinante para la trama que vendría semanas después.

El 1 de diciembre llegaron al terminal Alameda y el remanente del depósito anterior les alcanzó para cubrir los últimos pasajes hacia Viña del Mar. Allí los recibió Eduardo Crespo, quien al día siguiente los llevó a Concón y los dejó alojados en la casa de doña Guacolda Morales. El 3 de diciembre ya estaban a las órdenes del español en las dependencias de Winbel, ubicadas en en Camino Internacional, cerca de las parrilladas Donde La Cuca. Desde ese instante los cinco colombianos se sumaron al 62,2% de trabajadores extranjeros que se emplean en empresas privadas en Chile, según la última encuesta CASEN.

Crespo pidió a sus nuevos trabajadores los pasaportes para fotocopiarlos con el fin de hacer los contratos. Pero nunca hubo contratos. Cuando se disponían a instalar ventanas –a lo que venían, a fin de cuentas– quedaron en calidad de ayudantes debido a que aún no tenían “los implementos de seguridad necesarios”, según les dijeron. Quisieron buscar ayuda con Mauricio Guevara, pero fue esquivo y a los dos días desapareció. “Cuando vio que a algunos los conocía desde pequeños se inquietó. Escapó porque sabía que algo malo iba a ocurrir”, afirma Carlos Vélez. Los malos augurios se intensificaron al ser recurrentes las advertencias de las personas que pasaban alrededor de Winbel. “La gente nos decía que nos cuidáramos porque este tipo ya se había cagado a otros trabajadores”, cuenta Geovanny Mendoza.

El cambio de clima repercutió en la salud de algunos de ellos. El 16 de diciembre, Edwin, el más afectado, le pidió a su jefe si podía llevarlo a un centro de salud: “¿Me ves cara de enfermera?”, le espetó Crespo. El mismo día correspondía el pago de las quincenas a los trabajadores. Juntos y silentes, los colombianos se incorporaron a la fila que iba rumbo a la oficina del español. “Mañana hablaremos el tema”, fue la respuesta del jefe.

En una de las habitaciones de la casa de doña Guacolda, los colombianos se reunieron para conversar y contenerse. En el improvisado cónclave, otro trabajador de Crespo, de nombre Daniel, habló de la mala fama que tenía como empleador y que estos engaños eran recurrentes. “Nos dijo que fuéramos a denunciarlo a Carabineros antes de que sea tarde”, recuerda Geovanny Mendoza. El 17 de diciembre, a las 18:00, Crespo llamó a  Geovanny a su oficina porque se había enterado de que querían interponer una denuncia. Fueron despedidos. “Encima tenía soplones”, se lamenta Juan David Jiménez. Al finalizar el día, doña Guacolda les informó que tenían que dejar la casa el 28 de diciembre.

“Estábamos destrozados, no teníamos dinero ni familiares. Queríamos sólo llorar”, relató Geovanny en la oficina de Defensoría Laboral de la Corporación de Asistencia Judicial de Valparaíso. Como desahogo, le escribió por Whatsapp a su hermano que Crespo “les salió falso”, pero por error el mensaje llegó al español. El celular de Geovanny sonó. Era Crespo: “A mí no me falta el respeto nadie, ni mi padre ni mi madre que me trajo al mundo. (…) Agradezcan que no los he ido a buscar porque las ideas que se me han pasado pensando en ustedes no son nada de buenas”. Esta conversación fue grabada por el mismo Mendoza y fue clave para las posteriores denuncias realizadas en la Seremi del Trabajo, en la Fiscalía e incluso en Policía de Investigaciones.

El demandado Eduardo Crespo recurrió a los servicios del abogado Jaime Barrientos Ramírez, abogado de la Universidad Católica de Valparaíso, militante y otrora concejal UDI. Barrientos afirmó en su defensa que Crespo “jamás tuvo una relación de naturaleza laboral” ni de otro tipo con los cinco colombianos, sin embargo la grabación y el comprobante de depósito en Lima ponen en serias dudas esta versión. En palabras a la revista LJM, Barrientos argumentó que “Crespo nunca estuvo en contacto directo con ellos ni tampoco se alcanzó a celebrar un contrato, dado que ellos, de acuerdo a los antecedentes que manejó, no presentaron en su minuto los certificados necesarios para obtener las visas de trabajo”.

La dilación del proceso judicial llevó a que los colombianos optaran por un acuerdo extrajudicial, recibiendo cada uno $1.000.000 por parte del español y pasajes de regreso a Colombia. “No nos quedó otra que aceptar lo poco que nos dio”, contaba Vélez, desganado. Ante el cuestionamiento de porqué Crespo accedió a pagar si es que, según su versión, no tuvo relación alguna con los colombianos, Barrientos responde: “Mi cliente entiende que a veces es mejor conciliar y no continuar con un pleito. Decidió resguardar su empresa, que hasta el momento es muy próspera, y estimamos pertinente concluir esta causa de esa manera”, explicó el licenciado. En cambio, según Geovanny, el mismo Barrientos les dijo que las empresas de Eduardo Crespo iban a quebrar y que éste apenas tenía para pagarles y para vivir.

Al cierre de esta edición, Eduardo Crespo seguía al mando de Winbel, sin antecedentes penales por el caso y prefirió no declarar a LJM. De los cinco colombianos, Geovanny Mendoza fue el único que quiso seguir en Valparaíso.

INSTITUCIONES DÉBILES, ARRIBISMO CULTURAL

Dentro de todas las diligencias que realizaron, los colombianos hicieron llegar su acusación al Departamento de Extranjería de la Gobernación de Valparaíso. Para su encargada, Ruth Albornoz, el caso ameritaba ser considerado como trata de personas: “No hubo acuciosidad en la investigación, además de que no hay un conocimiento claro sobre qué es la trata de personas en la justicia chilena”. Para estas materias existe el Decreto de la Ley 1094 Para Extranjeros que data de 1975 y la Ley 20.430 sobre protección de refugiados promulgada en 2010. Hubo un proyecto de Ley de Migración y Extranjería creado durante el gobierno de Sebastián Piñera, pero su tramitación no ha avanzado en el Congreso. El texto recibió una oleada de críticas por apartados como “apuntar a traer a los migrantes más idóneos y desincentivarlos de aquellas áreas inconvenientes” y por estar enfocado, principalmente, en la minería. “Este aspecto mercantilista es impensable para un proyecto de ley de este carácter. Prácticamente habla de que el migrante viene a trabajar por un tiempo y luego se tiene que ir”, señala Albornoz.

Los departamentos de Extranjería son dependientes de las gobernaciones provinciales y, por lo tanto, del Ministerio del Interior. Para Albornoz dicha estructura está en crisis: “debemos trabajar aparte de la gobernación porque este tema es muy técnico. En una semana esto no se aprende y tampoco en un año, además el gobernador pone y saca a quien le parezca”. La encargada cuenta que para cada situación de emergencia, al no contar con un centro de acogida propio, recurren al sacerdote Pedro Nahuelcura, quien dirige la Pastoral de Movilidad Humana del Obispado de Valparaíso. La institución cuenta con la Casa Migrante en el cerro El Litre, que es parte de la red del Instituto Católico Chileno de Migración. Este hogar recibe a todo migrante carenciado y es el único en su naturaleza de toda la Región de Valparaíso.

Según la última encuesta CASEN del año 2013, en la Región de Valparaíso habitan más de 25 mil extranjeros, que hacen el 7,2% de los migrantes a nivel nacional. En todo el país viven unos 355 mil foráneos, con un incremento de más de 100 mil personas respecto de 2011. Empero, Chile está lejos de ser una nación receptora de migrantes, existiendo al año 2013 un estimativo global de casi 240 millones de personas que han abandonado su lugar de origen, según la ONU. Estados Unidos cuenta con 46 millones, lo siguen Rusia con 11 y Alemania con 10. Mientras tanto, en los países de la península arábiga es normal que haya más extranjeros que población originaria. En América Latina, el país con mayor población nacida fuera del territorio político es Argentina, alcanzando un 4,6% de sus habitantes.

“La migración es algo que va a ocurrir siempre y no siempre  por razones económicas; puede ser por refugio, por amor o por lo que sea. En Chile, hay una campaña mediática de satanizar al migrante, como si fuera portador de males ajenos a nuestra sociedad”, dice Alejandra Cruz, antropóloga directora del proyecto Esquina Nómada, organización que ha seguido y estudiado el fenómeno migratorio en Chile. Cruz ve que el país ha proyectado un imaginario atractivo para buena parte de América Latina, fundado en la ausencia de conflictos armados y en el peso de la moneda, atributos cuya pomposidad ocultan otros elementos al foráneo ávido de un mejor futuro: “Desconocen que la mayoría de los salarios no alcanzan para vivir y que la mayoría tiene que endeudarse”.

Alejandra analiza cómo el ciudadano de Valparaíso ha asimilado a los extranjeros: “El porteño tiene como imaginario al migrante únicamente al europeo o de país desarrollado que viene a estudiar, a turistear y que no tiene necesidades económicas. Esto se debe a las mismas dinámicas que se presentan en la ciudad respecto a los otros ciudadanos: los migrantes más pobres, por lo general de países latinoamericanos, viven en los cerros menos visibilizados. Aparte, nuestra sociedad es profundamente arribista a nivel cultural: queremos ser blancos y desconocemos nuestra identidad latinoamericana”.

A pasos largos, Geovanny baja el cerro El Litre, por lo que se demora poco en llegar a la plaza O’Higgins, donde ya es conocido. Es amigo de una pareja que perdió todo en un incendio y que subsiste vendiendo cachureos en la vereda que mira hacia la calle Uruguay. Le conmueve ver la pobreza aunque su situación no se aleje tanto de aquello que lamenta. “La mayoría de la gente de acá es muy buena y a las autoridades no les importa nada”, se queja mientras planea su día. Debe subirse a las micros para vender café colombiano, no sin antes cumplir con otros compromisos importantes: “Tengo que juntarme con una colombiana que se quedó sin nada. No éramos los únicos”, cuenta. Y sonríe.

*Crónica publicada en La Juguera Magazine nº 12

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