Los golpes comenzaron con el amor

 

Por Ramón Cortés

Ilustración: Amparo Hernández Cortés

Los golpes comenzaron con el amor. Con esa frase empezó Sandra a relatarme su historia. Bordeaba los 50 años y su cara todavía mostraba las marcas de la última golpiza que le dio Esteban, su marido. Sus ojos negros profundos eran como pozos vacíos que sus lágrimas llenaban cada cierto tiempo. ¿Cómo había llegado esto?

Con Esteban eran conocidos en esta conservadora ciudad del sur de Chile. Dueños de un negocio muy antiguo de abarrotes, habían soportado los embates del retail y supermercados que trajo el neoliberalismo. Su clientela era principalmente del campo, esa que va “al pueblo” para el pago a fin de mes.

Se conocieron en la adolescencia y se casaron saliendo del liceo porque ella quedó embarazada y su padre no la dejaría ser una “madre soltera”. Sandra dice que siempre se llevaron bien, pero que con los años la relación giró sólo en torno a los hijos y el trabajo. Cuenta que ella era la “fogosa” de la relación, la que siempre anduvo buscando cosas divertidas para hacer y que Esteban era el del “dolor de cabeza”. Él era el que estaba siempre cansado. No ella. Lo enfatiza levantando la voz como en señal de afirmación e intentado sonreír con sus labios agrietados por la paliza de la noche anterior. Golpes que no paraban. golpes que la llevaron a buscar ayuda, a no guardar más silencio, a estar sentada aquí y ahora día contándome su historia.

A Sandra le gustaba lo novedoso, pero la ciudad donde vivían era tan conservadora que a lo más encontró un delantal para jugar a la fantasía de “mucama” y uno que otro lubricante sexual con sabores exóticos: maracuyá, mango, frutos rojos. En el único sexshop a la redonda -si es que así se le podía llamar a ese sucucho que vendía películas porno, condones y disfraces- no encontró nunca nada más divertido. Pero con eso le bastaba. Qué más podría esperar de este mariana localidad, me contó resignada.

Nuevas fantasías

Criaron a tres hijos y el día en que el menor se fue de la casa, hicieron una celebración: por fin se quedaban solos y la relación con su pareja mejoraría. O eso pensaba Sandra. Ya no tenían la excusa de que el Andresito podía escucharlos. “Por fin nido vacío”, fue el nombre de la fiesta. Recuerda ella que hace mucho tiempo no lo pasaba tan bien: comida rica, harto trago, baile y buenos amigos. Pero al mismo tiempo estaba ansiosa que todos se fueran.

Esa noche quería estrenar el nuevo disfraz y esperar a Esteban en la cocina. Se sentía adolescente nuevamente, como llena de vida, aunque sintiera un poco de vergüenza mirarse en el espejo con un plumero en una mano y el vestido negro apenas tapándole el culo. Pero él nunca llegó al lugar de encuentro. Se aburrió de esperarlo mientras lavaba algunas copas imaginando que él entraba y la tomaba por la cintura. Tirado en un sillón durmiendo, las piscolas hicieron lo suyo y ella no fue capaz de moverlo. Nunca lo había visto tan curado. Se sintió patética, fea y vieja. El hombre que tenía a su lado, ese que juró amarla y desearla, ya ni siquiera la tocaba.

En eso estaba cuando apareció Alejandro, un amigo en común que dormía en otra habitación. Sandra no recordaba que estaba en la casa. “Y todo sucedió sin darme cuenta”, me dijo. Del abrazo fraterno y contenedor del amigo, pasó a tenerlo debajo de ella en el mismo sillón donde Esteban dormía. De sentirse ridículamente disfrazada, a la más caliente de las sirvientas en cosa de minutos. Del llanto penoso a descubrir cuánto placer sentía al tener a su marido durmiendo al lado mientras se tiraba a su amigo.

Con esto se abrió una puerta que nunca más se cerraría. Cada vez que tenía relaciones sexuales, no podía evitar fantasear con alguien mirando. No podía evitar fantasear con ella mirando, como si su cuerpo fuera el de otra. Un día no lo soportó más y se lo contó a Esteban. Le dijo todo lo que había pasado la noche del festejo. Le contó los detalles, le habló de su rabia. Le explicó que nunca lo planificó de esa forma, que no sabe cómo pasó. Le dijo de sus fantasías, de cuánto se excitaba con la idea de otro en la escena.

Para su sorpresa, Esteban también le confesó cosas ese día. Como que la noche de la fiesta despertó con el ruido y al verla vestida con ese disfraz, pensó que se trataba de un sueño alcohólico, de esos que aparecen con la borrachera. Pero que no sintió celos, que lentamente se dio cuenta que era real y también de que le gustó, que se calentó y que no sabía cómo entenderlo, que también fantaseaba con ella vestida así, que no se atrevía a decírselo, a pedirlo y que no entendía, pero que no tenía celos, mucho menos rabia de verla teniendo sexo con su amigo.

Sandra se sintió entonces como renacida, como si estuvieran conociéndose nuevamente. Sin hijos en la casa, todos los espacios se convirtieron en espacios de placer. Pero la fantasía de un tercero los perseguía en cada encuentro.

No recuerda muy bien la fecha, solo que en la misma tienda donde compró el disfraz, una vendedora la preguntó si quería ir a una fiesta en la noche. Le dijo que habían llegado productos nuevos y que la dueña quería hacer un evento especial en su casa con los clientes de más confianza. “Pero es requisito ir en pareja, ¿Te tinca?”. Y sí, le tincó, piensa ahora. Como si el recuerdo lejano de ese momento hiciera menos doloroso los golpes en las costillas de la pelea reciente.

Swinger en la ciudad

La “fiesta” (como la llama ella) no era precisamente para vender productos: estaban asistiendo, sin saberlo, a la primera fiesta swinger de esa ciudad. Sandra dice que fue ella la que tomó la iniciativa, que preguntó todo lo que había que preguntar. Rápidamente aprendió los códigos implícitos, las miradas cómplices y cuáles eran las formas de concretar el intercambio de parejas, cuáles eran los límites, las palabras secretas, cuándo detenerse y cuando seguir. Existía una sola regla que se pusieron con Esteban: siempre estar en la misma habitación para poder mirarse.

Seis meses estuvieron asistiendo semanalmente a estas fiestas donde ellos eran la pareja más estable. Con tanta rotación de personas, informalmente se habían convertido en los mentores de otras parejas y eran ellos los que tomaban la iniciativa con los más tímidos.

Era el segundo aire que necesitaba la relación, dice Sandra. Esperaban el día viernes para dar rienda suelta a sus fantasías y experimentar la sensación de un otro ajeno, sin nombre, sin compromiso, sin expectativas, sin esperar nada más a cambio que ese momento de placer efímero para luego volver a su casa.

“Pero lo eché todo a perder, nuevamente lo eché todo a perder”, relata mientras no aguanta el llanto y se seca las lágrimas con el dorso de la mano. “Desde que lo vi supe que ya nada sería lo mismo. Rompí todas las reglas, me traicioné a mí misma y de paso traicioné todo lo que teníamos con Esteban. A veces creo que me lo merezco”, vuelve a repetir como si el autocastigo disminuyera el dolor.

En uno de las últimas fiestas apareció “él”. Prefiere no dar su nombre, porque que el sólo hecho de recordarlo la hace sentir una puntada en el pecho, una puntada con dolor real que la deja sin aliento. Así lo relata. Porque le recuerda el vacío que dejó su ausencia. Como un miembro fantasma, ese que duele aunque ya no exista.

Él era amigo de su hijo mayor. Siempre lo había encontrado atractivo, aunque con esos ojos de mujer/madre, me relató. Encontrárselo en aquella fiesta fue un estallido en su cabeza. Otras reglas marcaban las relaciones, otros códigos marcaban a todos los que estaban ahí. Él ya no era el amigo del hijo, ni ella la mamá de su amigo. Sólo eran cuerpos deseosos de otros cuerpos y él la escogió a ella. “Fue más que una relación sexual”, dice y su mirada se pierde cuando intenta recordar. Se toma los brazos como haciéndose cariño ella misma, ensoñando, anestesiando. “Me hizo sentir como una quinceañera. Nunca había estado con alguien tantos años menor. La forma en que me tocó, la forma como me habló, como me decía que desde adolescente cuando me vio la primera vez fantaseaba conmigo mientras se masturbaba a escondidas, que inventaba excusas para ir a ver a mi hijo sólo para sentir mi olor, me hizo sentir plena. Y me enamoré”, dice perdiendo la mirada en el paisaje tras la ventana.

Rompieron las reglas y se vieron con “él” en otros momentos. Se citaron secretamente en parques, en moteles y en caminos alejados de la ciudad. Lo llenó de regalos, le compró ropa. Las horas del día se eternizaban cuando no podía verlo y se tuvo que inventar amigas nuevas para justificar las salidas.

En paralelo intentó seguir el ritmo sexual con Esteban, aunque cada vez con menos ganas, cada fin de semana esas “fiestas” le atraían menos. Desde que apareció “él”, su vida tuvo otro giro, que se detuvo abruptamente el día que decidió no salir más con su marido. Y Esteban comprendió en ese mismo momento que él ya no era parte del intercambio, que estaba excluido, pero que a la fuerza se mantendría ahí, que nadie se la quitaría porque “ella era de él”. Y también por primera vez en 30 años la golpeó, la empujó sobre la cama y la violó hasta que se cansó. La sometió toda la noche a todos los vejámenes que se pudiera imaginar. Con los mismos vibradores que antes compartieron el placer, los ocupó para hacerle daño. Sandra se quedó inmóvil, quieta. Sentía que lo merecía, que Esteban era una buena persona, pero que tenía razón. Ella se había enamorado de otro y eso no estaba permitido.

Guardó silencio y ocultó por meses los golpes que su marido le daba y soportó hasta el borde de la locura el dolor que sentía. No era capaz de mirarse al espejo, de ver su cuerpo marcado por la misma persona que hace más de 30 años le prometía amor eterno. Ese amor romántico de los cuentos de hadas, donde “su príncipe” la salvó de no ser madre soltera al hacerse cargo del hijo que había concebido en la adolescencia.

Hace un año que no ve a su joven amante. Hace un año que se siente vacía por dentro. Como un cuerpo usado, un cuerpo sometido. Hace un año que cada vez que llega a un orgasmo, Esteban la golpea, porque sabe que los orgasmos no los tiene pensando en él.

Comenta desde Facebook

Comentarios