“Llora, Corazón”, la revancha de la canción romántica marginal

Por René Cevasco Matthei

El desgaste de aquellos géneros internacionales como el rock y pop, que tradicionalmente copaban el imaginario del mainstream mundial, ha desafiado a muchos musicólogos y periodistas investigadores a indagar, revelar y gustar de otros sonidos del planeta.

En Chile, esta situación poco a poco ha tomado vuelo, a través de profesionales como Marisol García (1973), periodista independiente con larga trayectoria, quien a partir de la crítica que se puede elaborar sobre la realidad de los textos especializados publicados en el país, nos entrega Llora, corazón: el latido de la canción cebolla (Catalonia – UDP, 2017).

La literatura musical en nuestro país – en buen número – se mueve entre el lugar común y la falta de riesgo, la caricatura de los códigos manoseados o la falta de cuestionamiento y por lo tanto tratar un tema a la manera de las relaciones públicas.

A ello podemos sumar, un mal propio a lo largo de siglo pasado y lo que va de este, que se observa en libros sobre música, tanto dentro del ámbito “docto”, como el popular, sin distinción.

Esto tiene que ver con la perspectiva del enfoque desde una mirada vertical, en donde el dogma estético de lo correcto, es una verdad inmutable “revelada” y confrontacional, como si se tratara de una reducida realidad dual.

De esta manera, los escritos funcionan como una implacable lógica del “deber ser”, transformada en descalificación y anulación del objeto o fenómeno de análisis, frente a la pontificación necesaria para respaldar las posiciones asumidas y resguardadas.

Ramón Aguilera en El Musiquero

Esta situación, constituye finalmente, tanto una mirada desde las clases intelectualmente dominantes, como así también la construcción de aquellos elementos que conforman lo que socialmente se considera la convención del “buen gusto” (que puede llegar a la siutiquería) en un espacio tiempo determinado.

En el caso de la “canción cebolla”, nos encontramos frente a un género denostado o ignorado por buena parte de la investigación criolla, principalmente debido a sus orígenes populares y proletarios, así como sobre todo su contenido lírico melodramático.

Entonces, se hacía necesaria una mirada horizontal más propia de los modelos antropológicos, que diera cuenta de boleros y valses peruanos que conforman un intenso y acabado repertorio cultivado por un puñado de nombres en la década de los 60’s, los que constituyen el eje del relato de Llora, corazón.

El resultado se agradece, porque la autora nos envuelve en una trama en donde el aporte de nombres como Ramón Aguilera, Jorge “Negro” Farías, Rosamel Araya, Lorenzo Valderrama, Luis Alberto Martínez, o el peruano Lucho Barrios y las refinadas orquestas o tríos de guitarras que los acompañaban, no se reduce en un anecdotario  de los padecimientos de la pobreza y miseria.

Muy por el contrario, Marisol García logra mapear importantes rasgos dentro de la lírica de estos intérpretes, que conforman sólidas variables observables y cuantificables, sobre las cuales se puede elaborar una aproximación más sociológica sobre su público objetivo, al ser elementos de construcción de identidad.

Amor y desamor por la pareja, por la madre o por el hijo, alcohol, cárcel y dolor, se transforman entonces en temáticas, que se alejan del statu quo de la balada romántica tradicional plagada de clichés, transformándose entonces tal vez de manera no consiente, en un canto desafiante, y por qué no, hasta revolucionario, representante de un grupo sin voz aparente dentro de los medios masivos.

No por nada se desprende de Llora, corazón, que quienes tuvieron mayor visión de aquello en su momento, fueron dos autores puntales del Nuevo Cine Chileno, como Raúl Ruíz, al incorporar a Ramón Aguilera en Tres Tristes Tigres (1968), y Aldo Francia con el “Negro” Farías en Valparaíso Mi Amor (1969).

Finalmente, destruido el prejuicio de lo que se entiende por cursilería (en un capítulo magníficamente resuelto), vemos que la “canción cebolla” entronca naturalmente hasta nuestros días con el “sonido de San Carlos”, Zalo Reyes, Macha y El Bloque Depresivo, Demían Rodríguez y Mon Laferte.

Y es que finalmente la “canción cebolla”, como también la ranchera y el corrido mexicano a lo largo de Chile, siempre se ha mantenido viva en la marginalidad de la gran urbe de Santiago y otras ciudades en sus teatros, boites, bares y tugurios, o en la pobreza cosmopolita de los puertos principales de San Antonio y Valparaíso en toda su apertura a la influencia del Pacífico.

Llora, corazón: el latido de la canción cebolla
Marisol García
Editorial Catalonia – UDP, 181 págs, 2017.

 

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