Lina Meruane: “Volverme palestina fue una decisión política”

Lina Meruane es una de las actuales plumas chilenas de mayor renombre en el mundo. Desde los temas que escogió para sus obras, plantea la necesidad de la eutanasia y el conflicto con lo saludable, reflexiona sobre los efectos del poder en el cuerpo de las personas y relata el proceso que la llevó a sentir a Palestina dentro suyo. 

Fotografía de Guillermo Barquero.

Fotografía de Guillermo Barquero.

Por Diego Bravo Rayo

En 2001, un año después de la publicación de sus dos primeras novelas (Cercada y Póstuma), los estudios la llevaron a radicarse en Nueva York. Han sido 15 años fecundos: un doctorado en lengua y literatura portuguesa y española, otras dos novelas y cuatro libros de no ficción son parte de sus frutos literarios. Actualmente enseña cultura latinoamericana y escritura creativa en la Universidad de Nueva York, sus obras han sido traducidas a cinco idiomas, y ha sido reconocida entre otros, con los premios Anna Seghers (Alemania, 2011) y Sor Inés de la Cruz (México, 2012), este último destinado a las más destacadas escritoras de lengua castellana. Lina Meruane es una de las exponentes chilenas de mayor apogeo en la literatura de nuestros días.

Su obra, señala, no es autobiográfica –“aunque en cierta medida lo es, como toda literatura”-, sino que busca imaginar otros escenarios. Su interés pasa por dimensionar la manera en que las instituciones del poder y el hacer político repercuten sobre los cuerpos de los enfermos, de las mujeres, de los homosexuales, de los diferentes. La enfermedad también tomó su atención, “de modo descarnado y directo, no metafórico”, dice. Esto será parte del diálogo Escribir a contrapelo que sostendrá con el poeta Enrique Winter en el Festival Puerto de Ideas, en Valparaíso (Sábado 12, 16:30 horas, Centro de Extensión Duoc UC).

¿Te sientes parte de tu generación o te sientes bicho raro?

-La verdad es que las dos. Los escritores que nacimos esos años compartimos una variable histórica determinante de Chile, que fueron los años en que asume el gobierno de Salvador Allende, haber sido muy niños al momento del Golpe y haber pasado toda la infancia y adolescencia en dictadura. Ese hecho aparece en la obra de toda esa generación y, aunque no se haya querido, no podíamos escapar de haber vivido en ciertas circunstancias, sea de un lado o de otro.

¿Cómo has visto que repercute la acción de los sistemas de poder en la corporalidad humana

-He sido una lectora voraz de Michel Focault, quien piensa puntualmente el problema de cómo el hacer político siempre recae en los ciudadanos. Sin embargo, también pienso en los puntos de fisura, porque por más duro que sea el poder, siempre el sujeto tiene posibilidades de fuga. También hay un conflicto con lo saludable, porque la sociedad occidental al mirar los cuerpos tiende a pensarlos de forma muy patologizante, sean de mujeres, homosexuales, o enfermos. Lo que resulta interesante es que en realidad esta norma no existe: en cierta medida, todos somos desviaciones de la norma y si lo aceptásemos podríamos vivir mejor. Además, la disidencia y la desviación son lugares muy productivos para la creación

Se tiende a ser algo apocalípticos o pesimistas ante la forma en que la sociedad asume las diferencias o lo no común. Sin embargo, se podría dar una mirada opuesta, incluso optimista, porque el mero hecho de que se ponga en debate, cómo lo has hecho tú y otros colectivos, ya implica un avance sustancial comparado a otras épocas.

-Sí, me parece muy interesante eso del pesimismo apocalíptico versus el optimismo. Como persona y pensadora de su tiempo, me resisto a los discursos pesimistas porque al final son muy conservadores. Tampoco hago alardes optimistas, porque esa mirada puede ser un poco ingenua.

Pueril…

-Exacto. Más bien me resisto a esas miradas apocalípticas y pesimistas que inmovilizan la necesidad de trabajar por la transformación de la forma en que percibimos nuestros cuerpos y estatutos ciudadanos.

A la noción de lo saludable le falta debate. A los Estados les cuesta pensar en la eutanasia. ¿Sigues lo que sucede con este tema en Chile?

-Por supuesto. La eutanasia y el aborto son temas álgidos y conflictivos. En un país tan conservador como el nuestro, con la iglesia católica interviniendo mucho directa e indirectamente en estos debates, la solución se ve distante. Por así decir, tenemos una idea antigua sobre la idea de la vida y la muerte. Nos cuesta como país desligarnos de lo moralizante en las decisiones políticas, lo que nos dificulta pensar la vida y la muerte dignas para la persona que sufre. La eutanasia es un tema urgente, porque la propia medicina ha extendido el largo de las vidas en un espacio hospitalario o con mucho sufrimiento y costo. La medicina ha cambiado el marco de la vida pero no se ha hecho cargo de la buena muerte. 


PALESTINA, LA RABIA INÚTIL

Tu conciencia de ser palestina seguramente la tuviste siempre, pero tomó mayor brío con Volverse Palestina. ¿Cómo se lleva este sentir en Estados Unidos, considerando los contextos geopolíticos actuales?

-Llevo 15 años en Estados Unidos y, como dices, el sentir palestino en mi familia siempre estuvo pero era un factor más dentro de los muchos que me otorgan mi identidad. Como la comunidad palestina es muy antigua y asimilada en Chile, nunca fue un problema, pero Estados Unidos fue donde primero percibí que ser inmigrante y árabe era un problema, porque aterricé semanas antes de la caída de las Torres Gemelas. Se potenció el discurso islamófobo y hubo una serie de acusaciones precoces e infundadas a la comunidad palestina, personificadas en Yasser Arafat. Entonces, ser migrante chileno-palestina era algo más complejo que ser simplemente una chilena que venía a estudiar a Nueva York. Fue el primer momento de conciencia política de tener esta ascendencia inscrita en mi identidad. Eso sí, no le di muchas vueltas porque uno es más que una cosa. Aparte, no ando con un cartel en la frente que diga «soy palestina» y tampoco corro peligro por ser quien soy.

Entonces hubo otra cosa que reafirmó tu identidad palestina…

-Lo que terminó de vincularme a estas raíces y al conflicto fue un viaje que hice a Palestina en 2012, de manera casi accidental ya que no lo tenía planificado, como tampoco el haber hecho un libro (Volverse Palestina) sobre lo que sucedió allí. Fue una experiencia de mucha crudeza. Me recordó ciertos episodios conocidos de la dictadura nuestra, como los interrogatorios y la violencia presente en los discursos. Me conecté a una comunidad a la que pertenezco históricamente pero de la que no tenía una vinculación afectiva y política. Este viaje terminó por cerrarme el cuadro de lo que ocurre con esa comunidad y me vinculó, no con la nostalgia del pasado de mis abuelos migrantes, sino con una realidad muy dramática. Volverme palestina fue una decisión política.

¿Cómo se siente la rabia en esos contextos? ¿Qué se hace con ella?

-Es interesante esa pregunta porque sentí profunda rabia en muchos momentos, como también miedo. Sin embargo, la rabia no es muy útil, sobre todo en esos contextos enojarse no sirve para nada porque te puede perjudicar. Entonces utilicé la distancia y la frialdad para pensar el tema. Escribí desde una reflexión y una observación lo más meticulosa y exacta que pude, así como de haber leído y estudiado mucho sobre el conflicto, para estar segura de que mi reflexión sobre el tema era justa. Quería que la escritura de ese libro tuviera un efecto más útil, político, reflexivo y que tenga una llegada, y los discursos de la rabia no producen eso porque son de una intensidad muy efímera.

En este caso, el no dejarse llevar por la rabia, ¿lo pueden hacer los palestinos que sufren directamente el conflicto?

-La comunidad palestina local ha vivido tantas décadas de opresión, despojo, injusticias y por supuesto con rabia, que ahora está pensando políticamente desde la resistencia pacífica. Descartando al grupo Hamás, han entendido que esta vía es políticamente más poderosa. Una, como extranjera privilegiada (porque no vivo en ese contexto sino que soy parte de esa diáspora palestina antigua que tuvo la fortuna de articular sus vidas de otro modo) no tengo derecho a elaborar discursos de la rabia sino en pensar la manera de colaborar en esa causa.

En esta experiencia en Palestina, ¿qué confirmaste de lo que creías y qué creencias desmitificaste?

-Confirmé las que sabía pero al cubo, aumentadas. Sabemos mucho pero otra cosa es verlo. Encontré que existe una sociedad palestina muy viva, activa, que sigue hacia adelante con una energía y fe sorprendentes. También descubrí que en el propio Israel hay muchísimas voces disidentes y que dediqué a evaluar en mi libro. Conocí a gente muy valiosa que internamente trabaja, día a día, por llevar adelante resistencias y políticas más justas. Es conmovedor ver a tantos israelíes que ponen el cuerpo y el tiempo para trabajar por la comunidad palestina, con su gente y Estado en contra.

Imagino lo divertido que es vivir en un sitio como Nueva York donde el mundo está en tu ciudad. Dan ganas de estar allí…

-Tienes razón. Lo heterogéneo tiene mucho de gozoso porque estás obligado a tener las antenas muy paradas y estar atenta a lo que sucede. Incluso dentro de las comunidades latinoamericanas las diferencias son enormes, no sólo lingüísticas sino que culturales, como la manera en que pensamos los cuerpos y las instituciones. Es un desafío muy interesante y entretenido.

Siguiendo con Estados Unidos, ¿cómo ves un eventual triunfo de Donald Trump?

-Cuando surgió su figura y nadie creía que podía llegar a ser candidato republicano a la presidencia, yo sí vislumbré esa posibilidad. Hay todo un universo de votantes muy disminuidos económicamente, blancos, de clase trabajadora y racistas que no había tenido voz y Trump se las prestó. Ahora Trump se podría convertir en presidente de los Estados Unidos y tal escenario es preocupante. No soy admiradora de Hillary Clinton, porque con sus políticas en Medio Oriente, en particular con el conflicto palestino-israelí, no he estado de acuerdo. Si pudiera votar la tendría difícil porque Clinton no es mi favorita, pero estamos cruzando los dedos para que no salga Donald Trump.

LINA MERUANE EN PUERTO DE IDEAS

Sábado 12
16:30 horas
Centro de Extensión Duoc UC
$2000

Comenta desde Facebook

Comentarios