Libro reúne crónicas de Carlos León

La Editorial de la Universidad de Valparaíso está pronta a presentar el libro Prosas desde Valparaíso de Carlos León (1916-1988). Este autor, conocido entre los que siguen las letras porteñas pero aún una interrogante para un público mayor, en sus crónicas acude a la nostalgia de los años pasados con un distintivo humor que da nueva luz a la tristeza. O con la gracia del amigo que, comprendiendo las ironías de la vida, cuenta una historia en vez de responder secamente.

Portada prosasLa presentación está programada para el martes 19 de abril a las 19 horas, en el Aula Magna de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso (Av. Errázuriz 2120, metro Estación Francia). Cristián Warnken, director de la editorial, el escritor Antonio Pedrals, prologuista del libro, el diseñador Allan Brown y el escritor Marcelo Mellado estarán a cargo de la velada.

El libro reúne la mayoría de las crónicas que León publicó en Algunos días… (1977), Hombres de palabra (1979), El hombre de Playa Ancha (1984) y Memorias de un sonámbulo (póstumo, 1994). Además, cuenta con las fotografías de Juan Hernández Tapia (1936), quien ya había ilustrado tres de los libros de León. Como adelanto y deleite les dejamos una de las tempranas crónicas del escritor incluida en Prosas desde Valparaíso.


Corazón constante


En medio de la desolada pampa del Tamarugal existe un pueblo abandonado; en el pueblo, un enorme almacén cubierto con una prodigiosa estantería, totalmente desnuda; en el almacén, un chino gotoso, silencioso, cargado de años, que espera.

No espera una mujer, tampoco un hijo; espera gentes; calles, tiendas, plazas; en otras palabras, espera a una ciudad; espera que su pueblo, largamente dormido, despierte y viva como antaño.

Una calurosa tarde del último noviembre, mientras nos dirigíamos hacia Arica, nos detuvimos frente a su puerta, en demanda de algo fresco para beber.

Desde las profundidades del enorme local, una figura envejecida, temblorosa, avanzó lentamente hacia nosotros. Vestía de cualquiera manera y una sonrisa antiquísima ponía en descubierto sus grandes dientes amarillos.

—¿Cerveza? ¿Refrescos? Su oferta era distraída y distante.

Bebimos en silencio.

Con el terror de interrogar a un fantasma nos atrevimos a preguntarle: ¿Hace muchos años que vive en este sitio?

—Muchos, respondió parcamente. Luego, volviendo las espaldas, se dirigió con lentitud hacia el interior del almacén, perdiéndose de nuestra vista.

Por unos instantes tuvimos la sensación de haberlo disgustado.

Le habíamos interpretado mal, pues apareció de nuevo; esta vez portando un enorme cuadro. Nos lo puso delante de los ojos.

Se trataba de la fotografía gigantesca de un hermoso almacén, desbordante de productos.

En ella se destacaba, con nitidez, un oriental fino, joven, sonriente, vestido de blanco, rodeado de unos señores bigotudos satisfechos, tal vez sus dependientes.

Observé casi fascinado la extraña fotografía.

Se trataba, sin duda alguna, del mismo chino, del mismo local, pero de un tiempo distinto.

Nuestra soledad, el pueblo abandonado, esa tienda fantástica, en medio del desierto y ese personaje fabuloso, aferrado a un ensueño, nos produjeron el efecto de un vino generoso.

De pronto deseamos en forma irracional, como el niño que clama por la Luna, que el tiempo retornara y que esa fotografía tan viva creciera, se desbordara en los estantes e invadiera el almacén.

La voz de nuestro anfitrión nos rescató de nuestra peligrosa huida.

—Algún día este pueblo volverá a ser lo que fue.

¿Por qué no?, pensamos. Al fin y al cabo se trataba de un oriental, y Aladino consiguió cosas aún más inverosímiles.

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*La fotografía de portada es de Juan Hernández Tapia

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