Las misteriosas ficciones de la infancia

La primera novela de Iván Maureira Ortíz (Chillán, 1978), parte del catálogo de Edicola, “aborda la importancia de los relatos que rigen nuestro accionar e indaga en el doble fondo de los misteriosos cuentos de la infancia”. Maureira fue publicado por primera vez en 2008 por La Calabaza del Diablo con su poemario “Moralejas extrañas”. A continuación introduce su libro y un extracto de éste para La Juguera Magazine.

portada - copiaPor Iván Maureira

No leas a los hermanos Grimm
es la historia de Gabriel Cambiasso, un niño que se transforma en asesino, prisionero entre las frustraciones de su padre, obsesionado con las películas de Walt Disney y la ética torcida de la mujer que lo cría, basando sus principios en las versiones originales de los cuentos de los hermanos Grimm. En ese contexto, Gabriel debe enfrentar las consecuencias de un suceso trágico acontecido en plena infancia, que lo marcará profundamente, desarrollando una culpa conducente a oscuros caminos en los que aprenderá a transitar con soltura, hasta llegar a una edad dónde debe replantearse los relatos que han manipulado su destino.

Se trata de una novela breve, que aborda la importancia de los relatos que rigen nuestro accionar e indaga en el doble fondo de los misteriosos cuentos de la infancia, cuentos que recrean los escenarios imaginarios donde se ensayan las destrezas para enfrentar el mundo de los adultos, tras el destierro de la inocencia y la importancia de los elementos que escogemos, dentro de la infinitas posibilidades, para crear el discurso que todos necesitamos construir ante el caos de la realidad.

EXTRACTO DE LA NOVELA

Gabriel Cambiasso Burbank nació en el hospital Enrique Deformes de Valparaíso treinta y dos años después que sus padres se conocieran, lo que inmediatamente se presenta como un asunto extraño. Su madre tenía cincuenta y tres años cuando quedó embarazada, edad en la cual es común y lógico haber perdido toda esperanza de tener un hijo y en el caso de Diane también los deseos de ser madre. Diane sabía que un embarazo a los cincuenta, aparte de muy raro, aunque posible, era extremadamente peligroso, pero ese peligro lo atribuía siempre para el niño y pasó el embarazo resignada a que su inesperado retoño saliera idiota. Nunca llegó a imaginar que finalmente el riesgo sería para ella y que moriría por una hemorragia en el último rincón del mundo, luego de haber dado a luz. De este modo Gabriel quedó huérfano de madre apenas nacido, quedando a cargo de Giorgio quien a esa altura más parecía un abuelo que un padre.

La historia de amor de Giorgio y Diane fue una sumatoria de hechos aislados que si se reunieran y contabilizaran en tiempo continuo, no superarían un año de duración. Porque luego del primer viaje que hiciera Diane hasta Valparaíso en 1939 donde permaneció cerca de una semana, no volvieron a verse hasta 1972 cuando luego de tres décadas y ya cansada de cómo le había resultado la vida en Norteamérica, en un arranque de romanticismo, decidió volver a Valparaíso y visitar a un antiguo amor de juventud, que aún le enviaba cartas de enamorado adolescente, aunque como ella ya superaba el medio siglo de vida. Fue una mezcla entre piedad, aburrimiento y curiosidad la que llevó a Diane a tomar un avión hasta Chile en plena guerra fría para visitar a Giorgio en aquel lejano y oscuro país. Tuvo eso sí, indicios de que algo extraño pasaba, desde el momento en que puso un pie en la antigua estación de trenes del puerto y Giorgio la esperaba vestido de la misma manera y apoyado en el mismo vehículo en que la recibió treinta años atrás, aunque de su estampa juvenil no quedaba nada. Pensó que se trataba de una broma, una manera original de llamar su atención y le agradó. Decidió seguir el juego y se dejó llevar divertida por la galantería anticuada de su viejo boyfriend, subieron al mismo Fiat Topolino de hace treinta años, que ahora destacaba como una antigüedad con sus redondeadas formas, entre las modernas líneas de los alargados y aerodinámicos vehículos de los setentas que parecían cohetes espaciales y se detuvieron nuevamente frente al Hotel Reina Victoria. Le alegró que el hotel mantuviera la misma fachada de hace tres décadas y le gustó la forma en que Giorgio le abrió la puerta del auto, para ayudarle a bajar. El lobby del hotel había cambiado muy poco, pero los años lo habían vuelto decadente: algo en lo anticuado de los colores, ese olor a cigarro y humedad de las alfombras lustrosas, la actitud de los empleados que parecieran no darse cuenta que todo estaba medio venido a menos y te daban la bienvenida como si estuvieras entrando al Hotel Plaza de Nueva York. En la habitación había flores y champagne nacional, una caja de dulces en el velador y aunque el olor de la habitación era tan añejo como ese affaire que estaban reviviendo, Diane se sentó en la orilla de la cama, abrió la caja de dulces, olió el perfume de las flores y se dio cuenta que todo lo que decían las cartas era verdad, la había esperado todo ese tiempo. Giorgio la miraba desde la puerta ansioso, sintiendo que estaba a punto de caerse a un abismo interior, para él Diane seguía siendo «su gringa» y no le importó que ya no se viera como la jovencita de la fotografía que comenzaba a desteñirse en el velador. Lo que sí quería era meterle las manos bajo la blusa como aquella vez y que ella se dejara manosear mansamente, hasta dejarle caer encima la calentura de tres décadas de fidelidad absoluta. Diane había pensado muchas veces que era insano resguardar el amor durante treinta años de ausencia, que había obsesión en aquello, pero ahora que lo veía ahí, entregado, sin rencor, esperando una señal de su parte o la muerte, decidió que aquel hombre se merecía una mamada como nuca se la habían dado, porque se la agradecería más que cualquiera de esos amantes con los que terminaba acostándose durante la primera cita. Así que le pidió que cerrara la puerta, se acercara y antes que pudiera reaccionar le bajó los pantalones.

Para Giorgio esa noche fue la segunda mejor noche de su vida, la primera había sido tres décadas atrás en esa misma habitación, con la misma mujer, después de mirarla por primera vez a través del retrovisor y notar que ella le sostenía la mirada con una sonrisa y sin pestañear.

Cuando Diane Burbank llegó a Valparaíso por primera vez, desembarcó del American Dream, crucero que realizaba un viaje rutinario conectando Valparaíso y California. La razón de su viaje radicaba en el hecho poco común de manejar el español como segunda lengua, sin ser inmigrante, gracias a la influencia de su madre, cubana de nacimiento. Este inusual talento le otorgó la oportunidad de hacerse cargo de las negociaciones con los países sudamericanos en el proceso de expansión de la floreciente compañía en que trabajaba. Diane sabía que durante el siglo xix y hasta la construcción del Canal de Panamá, Valparaíso fue la principal colonia de ingleses en la costa sudamericana, quienes en su mayoría se habían instalado buscando fortuna, aprovechando el auge económico del salitre, materia prima esencial para la fabricación de la pólvora y el más importante botín obtenido por Chile después de la Guerra del Pacífico. Por esa época Valparaíso se transformó en el principal centro de negocios, en el puerto más importante del país y uno de los más importantes del mundo, que se llevó consigo el terremoto de 1906, sepultando de golpe la prosperidad que con la construcción del canal de Panamá había comenzado a venirse abajo, permitiéndole a las embarcaciones del mundo cruzar del Atlántico al Pacífico sin tener que dar la costosa y peligrosa vuelta por los confines de Sudamérica. Pero cuando Diane arribó, habían pasado más de cinco décadas desde que la ciudad se había tenido que reinventar, hasta terminar siendo lo que es hoy, una ciudad pobre con aire de tiempos mejores, la fórmula de la decadencia nostálgica. Todo esto se lo habían informado a Diane antes de salir de viaje en un documento entregado por la compañía para la que trabajaba, porque la verdad, es que antes de este viaje, Diane ni siquiera sabía que existía Chile.

 

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