Las cartas de Emily

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Escribe Mose Noe Araya* / Ilustra Stephany Rivera

En mi vida, conocí a muchísimos que iban en pos de cosas demasiado ajenas a ellos y también los vi sucumbir en varias ocasiones ante aquello que simplemente no gravitaba dentro de sus órbitas personales. En cierto modo y en gran parte, así fue la vida de la Mily. Nunca logré hacer una gran amistad con ella porque había hartas personas que la absorbían, por así decirlo, aunque no siempre, ya que en ciertos periodos de tiempo la veía terriblemente sola como si tuviera la peste. No era mucho de aparecerse por fiestas, pero cuando me la encontraba en una algo en ella me invitaba a hablarle, lo cual solo habré hecho en unas tres ocasiones y nunca con mucho éxito. Mily era de ese tipo de personas a las cuales no puedes conocer así nada más. Aparte de que no hablaba mucho, que digamos. A veces la mayoría de la gente piensa que los demás van a estar ahí para siempre y postergan visitas, saludos y cariños, etc. De repente, se enteran que ya no verán más a ese alguien y ahí viene lo peor. De todas formas, siempre habrá prioridad para aquello que no significa mucho y las mil y un razones de sobra para estar enfocados en eso casi todo el tiempo.

Me armo de valor y parto a la casa de Mily. Ya he ensayado bastante cómo le diré a su madre acerca de las cosas que son mías y quiero llevarme. Creo que ya ha pasado bastante tiempo. Llego y toco el timbre una vez. Se escucha sonar fuerte y claro pero adentro parece no haber nadie. Observo la caseta de su perrito vacía y abandonada. En eso aparece su tía y me pregunta qué quiero. Le explico que hace varios días atrás le presté una carpeta con cosas mías a la Mily y que vengo a buscarla. Me hace pasar de malos modos y me dice que me apure y que menos mal que vine en esta fecha porque la madre quiere deshacerse de todas las cosas y que le avise a otras amistades si es que hay algo de ellas aquí. Aunque luego piensa en voz alta que como no tenía amigas demás que no hay nada que decirle a alguien. Entro en la pieza. Hay algunas cosas tiradas en el piso casi en desorden, muy por el contrario a como estaban antes. Encuentro mi carpeta y cerca de ella hay una bolsa, así como de cartucho para el pan, y la meto rápidamente en mi carpeta y salgo. Un tímido gracias hasta luego sale de mi boca y me voy a paso apurado a mi casa. Llego y me hago un té. En eso recuerdo la gran emoción de cuando me pidió le prestara las últimas entrevistas a Kurt Cobain que yo había bajado de internet. Por supuesto, al otro día se las pasé y ella me miró radiante y me dijo gracias, te pasaste, con esa onda tan suya y única. Me devolvió las fotocopias al otro día en la tarde, con otra sonrisa luminosa y cuando creí que me comentaría algo al respecto se despidió con un gesto un tanto tímido pero tierno. Lo mismo cuando le presté un recital acústico de Nirvana en MTV. Y, lo más emocionante de todo, fue la vez que fui a verla mientras descansaba por el tratamiento. Entrar a su pieza fue como visitar un poquito de su singular alma. Ahora, mientras leo las cartas que nunca envió y que mantenía escondidas en aquel cartucho, antes de dejar este mundo postrada en la cama de una clínica, me doy cuenta de qué clase de persona era. No soy de idealizar a la gente pero algo en ella igual me invitaba a hacerlo. Al final, ahora siento algo tan inmenso que pareciera desbordarme, por haber estado tan cerca de ella y no haber dicho nada. Nada que al menos me hubiera acercado un poco más a su existencia de por sí un tanto hermética. Sigo leyendo las cartas que nunca envió, las cartas a nadie como al final las bautizó y me voy topando con tantas cosas y sentimientos en común y es más tremendo aún cuando leo: “Hay una niña simpática que me mira y me ha prestado música y las últimas entrevistas a Cobain. Me encantaría ser su amiga pero me da miedo hablarle…”.

El día está a punto de irse y tomo el cartucho con las cartas y las mantengo por un momento cerca de mi corazón, mientras lo siento latir fuerte y rápido. Luego las guardo cerca de los muñecos de peluche sobre la cómoda y salgo a caminar por la costa. En mi walkman de pronto suena “Something in the way” de Nirvana y la frase “It’s okay to eat fish cause they don’t have any feelings” me hiela la sangre.

*Mose Noé Araya (1972) es músico solista e integrante de la banda Frío Intenso. Publica su poesía en http://valpoemasymas.blogspot.cl/ y ha escrito relatos para diversas páginas web como Ediciones Matamoscas.

**Cuento inédito publicado en La Juguera Magazine nº 12

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