La primera pasajera

cerro los placeres

Por Hernán Castro Dávila

El motor ruge, las luces se encienden y la 510 se mueve lento, rompiendo el silencio de la madrugada. El gato de la garita acomoda su cabeza entre las patas y sigue durmiendo. El chofer se restriega los ojos, aprieta el acelerador y luego frena en la salida del terminal Placeres.

A lo lejos se dibuja una sombra que se acerca bajo la luz amarillenta de los postes. El chofer la observa y espera un momento. Abre la puerta de la micro y se asoma el rostro de la señora Luisa. Se observan y se saludan como todos los días.

El chofer cierra la puerta, pone el pie en el acelerador y comienza su recorrido por las calles desiertas del cerro Los Placeres en Valparaíso. Sólo algunos madrugadores esperan en las esquinas de siempre, protegiéndose del frío con bufandas y gorros. Todos saludan al chofer. Los primeros pasajeros se reconocen entre sí.

A las 6:25 de la mañana el motor ruge, las luces se encienden y los frenos de la 510 se sienten bajo mi departamento. Es la señal de que el día ha comenzado. Salgo rápido de la ducha, me visto y preparo mi mochila para ir al gimnasio.

La señora Luisa observa distraída por la ventana. La micro sube por el cerro Barón y la bahía se dibuja salpicada de luces. Un movimiento brusco la sobresalta. El chofer dobla y se desvía de la ruta habitual. Ya van tres meses de que la Inmobiliaria Mirador Barón produjera un derrumbe y dejara la calle inservible.

El chofer rodea la cuadra y sigue descendiendo hasta llegar al barrio Almendral, donde ya se distinguen más sombras. Algunas circulan apresuradas, otras apenas se mueven, tumbadas en el piso, cubiertas por alguna frazada sucia y roída; cerca de la que descansa un grupo de perros adormilados.

Lentamente, la ciudad despierta. En la esquinas ya aparecen los vendedores de emparedados y golosinas. La mayoría de los pasajeros descienden en el centro de la ciudad. La señora Luisa sigue arriba. Desde su ventana ve pasar la Plaza Victoria, el Arco del Triunfo, el monumento a Los Héroes de Iquique, la Aduana y el ascensor Artillería.

Cuando la micro acelera por avenida Altamirano alcanza a divisar las luces de una lancha que avanza a lo lejos. A esta altura del viaje la señora Luisa es la única pasajera. El chofer dobla a la izquierda y se desvía de su ruta  y se detiene ante la Universidad de Playa Ancha. La señora Luisa agradece al chofer y baja los escalones de la micro. El motor vuelve a rugir y retoma el movimiento.

Un perro negro se acerca hasta ella moviéndole la cola. Una vez dentro de la universidad, Luisa apoya su dedo índice en la recepción, se cambia de ropa e inicia su jornada laboral. Prende las luces de la oficina, prende su radio portátil, pone a calentar el agua en el hervidor e inicia las tareas de limpieza. Cuando llego a la oficina todo está en orden. La señora Luisa me saluda, intercambiamos un par de palabras y comienzo mi jornada laboral.

Una vez, cuando se me ocurrió trotar por Playa Ancha antes de trabajar, me encontré con ella en la 510. Con sorpresa vi que la micro no dobló en avenida Gran Bretaña y que siguió hasta la UPLA. Cuando bajamos ella me explicó que el chofer la deja en la puerta de la universidad para que no le pase nada, ya que a esa hora está muy oscuro y hay muy poca gente en la calle. Aquel día entramos juntos a la universidad, la señora Luisa prendió el hervidor y yo me fui a trotar por la avenida Altamirano con una sonrisa y la música a todo volumen en los audífonos.

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