La obligación de la memoria

1 de noviembre de 2019. Foto: Elvis González / EFE

Por Carolina Ibarra
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Quizás lo más importante que aprendí en la Universidad, vino en una conversación casual con el profesor que me formó como profesora y como historiadora, y es que la Historia siempre se escribe para alguien: no podemos hablar de una verdad histórica, porque esa verdad siempre es para quién la cuenta, quién la relata. Por lo tanto, la «Historia» siempre es una narración de hechos que sostienen un argumento.

En nuestra historia oficial -esa que se enseña en el colegio- abundan los relatos de las grandes hazañas, de los héroes, las grandes gestas. Supongo que un vicio de la historiografía. Pero también una herramienta modeladora de las jóvenes mentes que crecerán con una idea la formación de nuestro país.

Así, la historia siempre es política, siempre es económica, con breves guiños a nuestra Historia Social. Ahí, en estos breves momentos brindados por la Historia nacional y oficial, las personas corrientes, la clase baja, aparecen como algo anecdótico, como el resultado de los procesos a gran escala; o bien, como garantía del contexto político y económico. Cuando se les da protagonismo, son actores de un proceso, y nuevamente quedan dormidos. Las matanzas, las huelgas, los clamores de la clase baja, quedan reducidos a una fecha, una cifra de personas muertas, y volvemos sobre los acuerdos políticos y las leyes.

A treinta años del retorno a la democracia, “la justicia en la medida de lo posible” ha socavado la sociedad, y permeado en el discurso público, de manera tal que cada vez que “irrumpe la memoria”, como señalaba el historiador chileno Mario Garcés, se busca conciliar un discurso, construyendo memorias para el consumo masivo, es decir, un discurso interpretativo del pasado que permite dar una explicación más o menos amplia de lo acontecido. Los argumentos son los conocidos: la radicalización de la izquierda, el país en caos, esto provoca la intervención de las fuerzas armadas, se restablece el orden con un alto costo humano, pero necesario para la unidad nacional, según el autor. Otras líneas interpretativas nos hicieron poner todo en un contexto más amplio, de Guerra Fría, entendiendo a Chile y a Latinoamérica, en general, como uno de los tantos otros campos de batalla, similar a Vietnam o al Congo. De cualquier manera, el análisis histórico viene desde la comprensión de la estructura, pero pocas veces desde la historia de la gente común.

Quizás, entre los historiadores que lograron conciliar y construir puentes entre las memorias sueltas (o los relatos individuales), y las memorias emblemáticas (o colectivas), uno fue el historiador norteamericano Steve Stern. Este análisis nos permitió poner en discusión los hitos de la dictadura, hacer visibles los recuerdos, y proponer lugares para la memoria, generando nuevas interacciones simbólicas con ese espacio.

Hoy, la memoria nos interpela. Está en la calle, está en los gritos en la marcha. Está en el temor de nuestros padres de vernos ir afuera con las cacerolas. Es la memoria herida, esa que ancla viejos recuerdos en marcos sociales nuevos y que entremezcla los recuerdos con el presente. De esta forma funciona la memoria: reconstruyendo una imagen del pasado desde activadores del tiempo presente. Lo que Maurice Halbwachs llamaba “los marcos sociales de la memoria”, y que nos sirven como impulsores, o puntos de partida del ejercicio de la rememoración.

De la misma manera, hoy somos más conscientes de la importancia que tiene el recuerdo en la reconstrucción de nuestro pasado y, por ende, de nuestro tiempo presente en la forma en que construiremos el futuro. El acaecer cotidiano, será la memoria fragmentada que nos permitirá, una vez narrada la Historia, depurada de emociones, recordar – volver a pasar por el corazón- todo lo que hemos vivido en más de un mes de lucha y de resistencia popular.

Hemos sido testigos, a través de las redes sociales y de comunicación que hoy nos brinda Internet, de cómo existe una manipulación de la realidad de parte de nuestras autoridades, y de la abundante desinformación que aporta a crear más caos y confusión en una población que confía en los medios de comunicación, a esta altura, tradicionales (como la televisión y publicaciones en papel). Paul Ricoeur, filósofo francés, en su libro La memoria, la historia, el olvido, explicaba este abuso de la memoria como manipulación desde el poder, por la confrontación con el otro, que se percibe como una amenaza. Interesante es, que en esta manipulación del relato, dice el mismo autor, legitima a la autoridad del orden  o del poder; lo que nos permite comprender la fijación de los medios de comunicación a los saqueos y la cobertura desmedida a las barricadas, el uso de la terminología de “lumpen”, “vándalo”, “violencia”, que permiten penetrar en la memoria de los hechos que estamos presenciando, haciendo visible solo el espectro de la desobediencia a un orden que no es más que la mantención del status quo, legitimando la represión, violencia estatal y la violación sistemática de los Derechos Humanos. De esta forma, los relatos del futuro, que construirá la Historia, se alimentarán de estas reflexiones actuales que realizan aquellos que tienen voz y plataforma, relegando a un papel contextual la movilización.

Nuestro papel hoy, como ciudadanos, no es solo hacernos parte de un movimiento social y educarnos políticamente para ser actores relevantes del proceso que se ha inaugurado, sino también conservar la memoria social. Preservar los archivos de la resistencia, para construir una memoria que logre hacer visible los más de doscientos ojos perdidos, las violaciones y abusos sexuales, las torturas, la represión de la que hemos sido testigos, la voz de todos aquellos que la perdieron en estos días de movilización, y utilizar esta memoria para no normalizar la violencia ni relativizar nunca más la violación de los Derechos Humanos. Este es el “Nunca más”, que debe ser un ejercicio cotidiano de ciudadanía.

Toda memoria es Historia. Pero la Historia no es memoria. Tenemos la tarea como historiadores de recopilar los recuerdos y construir una memoria colectiva para preservar estas mediaciones simbólicas, “la conciencia no puede relacionarse con la experiencia excepto mediante la interposición de un lenguaje particular que organice la comprensión de la experiencia”, escribió Peter Burke. La tarea es lograr escribir una Historia desde abajo, con plena consciencia de un movimiento social gestado en la sociedad civil que permita no solo cifrar la cantidad de muertos y heridos, sino revindicar a la comunidad que hoy está empujando y participando de los cambios políticos y económicos del país. Y como ciudadanos, la tarea de no olvidar a los que nos ayudaron a despertar, no ser cómplices de la impunidad, porque sin verdad y sin justicia no puede haber paz.

 

 

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