La falta de contenido ‘simbólico’ en el arte

 

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“Y en esta época de guerras, de revoluciones, matanzas y aviones de bombardeo,
escaparía de nuestro ensangrentado planeta la última manifestación de concordia y dulzura – ¡el arte! –
si las fieras modernas lograran estirar sus tentáculos 
hasta el templo sagrado de la Escuela”

Algo sobre pintura moderna, Juan Emar

 

 

 

Por Luis Salvatierra

Hay artistas que necesitan crear acercándose lo más posible a una falta de contenido ‘simbólico’ o a un contenido ‘simbólico’ nulo y por esa misma razón tienen que suplir aquella escasez de contenido ‘simbólico’ presentando toda una larga introducción ‘teórica’ que explique el por qué se ha presentado la obra al público y por qué esa presentación exige un escrito para explicar o narrar lo que se ha dejado de comunicar visualmente.

Esto es lo que ocurre en el tipo de trabajos conocidos como instalaciones que se han exhibido, por ejemplo, en la sala El Farol o en el Consejo de la Cultura en Valparaíso (el trabajo sobre emigraciones)… y para explicar lo que el autor desea comunicar, se necesita no solamente de escritos en forma de tesis, sino también de vídeos que explican oralmente lo que comunica lo presentado.

Pero partamos por un principio: en el arte, forma y contenido son indivisibles ya que la forma es el elemento que ordena el contenido –la narración de lo que se desea decir-  y también el elemento que restringe el cambio en el contenido porque la obra hecha queda así para siempre. Aquella forma es lo que comunica al espectador lo que el artista desea comunicar cuando el segundo presencia el trabajo y eso que se comunica queda congelado o fijo para la mente del espectador en el momento anterior al consumo.

Y lo que se comunica a través de la forma es contenido, una idea representada: de la realidad virtual en la mente del artista se pasa a la realidad concreta, consumible. Ese contenido o idea que se comunica en la obra queda restringido e impedido a cambiar cada vez que se le presencia: el espectador primero de una pintura de Mori mira lo mismo que el décimo a pesar que en la misma pintura estos diferentes espectadores ‘vean’ algo diferente y perciban de diferente manera lo que el pintor entregó, aunque aquellos dos espectadores estén parados el uno al lado del otro. De la misma manera, un espectador coetáneo de una obra de José Gil de Castro mira lo mismo que un espectador actual, pero necesariamente perciben algo diferente por las distancias temporales que existen entre uno y otro y los cambios culturales acaecidos en el transcurso de siglos. Esto a pesar que en los ejemplos dados tratamos con dos pintores de corte esencialmente figurativo y lo que comunican es algo que el espectador probablemente ha mirado anteriormente.

Las cosas cambian en algo cuando se mira un trabajo no-figurativo. Allí el contenido se refiere principalmente a la presencia del color y de la composición o de los pesos visuales representados en aquellas figuras y colores. Es decir, en ese contenido no hay ‘un cuento que contar’. Lo que percibe el espectador son sensaciones o emociones: una emoción entregada por la forma.

En el ejemplo de los pintores figurativos y no-figurativos que narran una situación como réplica de la realidad, en el observador se expresan emocionalmente como una impresión que tuvo un artista de una situación que pasa por el cedazo de su sensibilidad. No solamente eso, la función del artista sería hacer que el observador entendiese el mundo de una manera diferente y se vea incitado a mejorarlo. Cuando se “elimina” el contenido, éste deja de comunicar la posible utopía del artista en cuanto a superar las contradicciones de vida que se viven en la sociedad y lo que hace esto es solamente aliarse políticamente con la situación de dominio que mantienen los empresarios porque no se proponen alternativas a ello.

En el caso de lo expuesto en El Farol, lo que se muestra es un trabajo ‘colectivo’ dirigido por un artista donde varias personas colocaron en forma permanente objetos de desecho sobre una plataforma enmarcada y luego las intervinieron con pintura. (De la del Consejo mejor no hablar, pero se podría mencionar que dentro de todas las emigraciones que nombra, no están las del destierro y relegaciones internas masivas iniciadas en 1973. Qué “desmemoria”!)

En este trabajo de Cristián Carrillo, la justificación de la obra está en un escrito aparte que explica que el trabajo se ha hecho para denunciar u oponerse al maltrato infantil que en el país ha llegado a proporciones inaceptables (si es que hay una cantidad aceptable); pero en ninguna parte de la imagen esto queda aclarado ni se incita a la eliminación de aquel maltrato. El texto es un subterfugio. Goya no justificó su trabajo sobre los horrores de la guerra con un texto adicional ni tampoco lo hizo Picasso en cuanto a Guernica. Sus posiciones fueron claras desde los primeros trazos. La posición política se hace evidente en ellos tanto como en Daumier, Delacroix, Eugene Smith y tantos otros que se pararon en un punto de la historia y dijeron basta! con su arte.

En el caso del Sr. Carrillo, como tanto otro artista que se identifica con lo post-moderno o lo posterior a lo post-moderno, lo que pasa es que se hacen estas instalaciones que a veces lloran por la necesidad de artesanía artística y por el tratamiento artesanal para lograr la belleza –‘belleza’ como término histórico. En ellas, la forma existe como algo totalmente ajeno a lo que se desea comunicar. La forma, en este arte aparentemente ‘abstracto’,  existe con relación a un rechazo del contenido y éste queda vacío de mimetismo. O quizás, por esquivar el mimetismo del contenido para que lleguen los compradores y no ‘vean’ el propósito tras las intenciones del artista, los artistas evitan materializar en imagen lo que intentan decir para que la obra sea más aceptable al paladar de aquellos compradores.

De esta forma, como expresaba antes, el contenido referente a la idea o a la previsualización posible que hace el artista se pierde. Se hace positivo a los sectores hegemónicos como los paisajes de borrachitos en el suelo, o se hace mínimo o casi nulo para evitar hacerse partícipe de un campo político contestatario al sistema imperante. La falta de contenido contestatario, a su vez, hace que la obra se exprese –con o sin intención- a favor del sistema imperante ya que su obvia interpelación desaparece de la obra misma y se tiene que expresar por medio de trabajos exógenos a la obra misma.

Se hace inútil criticar a una obra por lo que pudo haber sido o al artista por lo que pudo haber hecho. La obra ya está expresada en forma de naturaleza (ideológica y material) y debe seguir su vida en su forma/contenido propuesto. Lo criticable en este sentido es esa misma forma/contenido a la que le hace falta una comunicación clara de los propósitos que tuvo el artista para hacerla y de su falta de convicción que para comunicar una idea eficientemente, el observador lo debe adquirir por medio de algún grado de belleza. Esta obra del Sr. Carrillo objetivamente no tiene ni belleza ni intención de comunicar la idea de maltrato a la infancia. Ni existe la intención por la forma bella (con permiso de algunos expresionistas como Grosz) ni por comunicar su contenido. Esta exposición, por su invitación, tuvo un contenido social que no se llegó a expresar en la obra y, la obra, como obra de arte, debería haber traspasado al observador emociones e ideas como producto a situaciones sociales específicas para así provocar la transformación de la situación imperante para avanzar hacia una sociedad más justa o, en el caso contrario, más desigual.

El artista anti sistémico que no expresa su ideario en contra del sistema estéticamente solamente hace el juego a la burguesía.

 

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