“La extranjera”, un juego de honestidad para profundizar

La extranjera nos enfrenta a un ejercicio insospechado de introspección y recorrido por diferentes estados del personaje, que en definitiva es la propia artista desdoblándose actoralmente en múltiples facetas.

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Por Hilda Pabst

Es realmente agradable ver los virajes de las y los artistas que han madurado en la creación y en la búsqueda de propuestas que trascienden la pura forma y se acercan, sin esa ansiedad egótica del petit starsystem, al equilibrio entre el contenido de la obra y su andamiaje, por así llamarlo.

La extranjera nos enfrenta a un ejercicio insospechado de introspección y recorrido por diferentes estados del personaje, que en definitiva es la propia artista desdoblándose actoralmente en múltiples facetas, traspasando constantemente los bordes de la realidad y la ficción, mezclándolos con ironía, buenas dosis de humor y una que otra destreza y/o jugarreta corporal, puesta al servicio del relato, en clave unipersonal.

La creación de un montaje de técnicas aéreas (tela, trapecio, etc.) en el contexto de su pasantía en el Chateau de Monthelon en Francia, es el punto de inicio y, muy probablemente, lo que el público espera ver del trabajo de Ingrid Flor, junto con el tema de la inmigración o, a lo menos, algunos alcances a lo que implica tener una condición de extranjera.

Pues ni lo uno ni lo otro se dejan sentir tan rotundamente en la apuesta que hace esta creadora. Y parecieran no hacer falta, pues la actriz y artista circense se encarga de llevar a los asistentes por otros caminos, arrancando sin más que su presencia, una estructura metálica muy simple y una maleta; ofreciendo sus comentarios y reflexiones a ratos en tono de tragi-comedia y a ratos con un espíritu muy clown; desplegando recursos tan simples pero efectivos como ir tendiendo ropas, a las que va asignando roles y sensaciones; desestimando otros más efectistas y clásicos como la iluminación, la escenografía o la música.

Y digo pareciera porque en algún punto si extrañe un abordaje más detenido a la idea que da nombre al montaje, más allá de la noción un poquito cliché de que se llega a otro territorio con un montón de sueños y deseos en la maleta. Entendemos que es un viaje hacia lo que pulsa en el interior, pero una artista de tamaña trayectoria y calidad no debiera perderse la oportunidad de tratar también temas que, por estos días, atraviesan de manera violenta nuestras sociedades, vulnerando la vida de millones de migrantes, por ejemplo.

Por supuesto que aquello no le resta méritos al trabajo, pues se disfruta en la simpleza y honestidad de un work in progress que puede seguir activando otras temáticas y recorridos de un viaje que acaba siendo un juego en el que siempre se puede estirar la cuerda e ir todavía un poco más allá en ese trazado inestable que llamamos escena.

 

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