La dramaturgia consciente de José Antonio Luer

El osario de Sócrates

Por Mauricio Fuentes

A mediados de octubre, y luego de un par de intentos fallidos, pude conversar con José Antonio Luer. Recuerdo que había mucho viento y que no se me ocurrió preguntarle si avizoraba la irrupción de un justificado movimiento social que pudiera modificar el curso de los acontecimientos en el país y el panorama del último trimestre cultural en la región. Luer es dramaturgo y director teatral, además de nieto de Sara Vial, probablemente una de las voces femeninas más reconocibles de la poesía porteña de las últimas décadas.  

En el doble rol de dramaturgo y director en La Bóveda Celeste -compañía porteña que, durante 2019, ha presentado en Valparaíso El Osario de Sócrates y Niebla– y en estos días se encuentra trabajando en un proyecto dramatúrgico que pretende exponer los entramados y consecuencias del neoliberalismo y la privatización de los recursos naturales en Chile. Problemática que no ha estado ausente de sus antiguas investigaciones pero que, a propósito del estallido social, se ha vuelto aún más urgente. “En un país que no es sino el reflejo de una enardecida América Latina, es nuestra misión hoy mas que nunca, investigar, denunciar y abrir espacios de encuentro con nuestros compañeros en donde tengamos un rol crítico activo”, dice.

“Partí escribiendo teatro antes de entrar a la escuela, básicamente por la influencia de mi abuela, y luego me di cuenta de que tenía la capacidad para proyectar esa habilidad. Poco a poco comencé a presentar mis trabajos, y en la escuela puede encontrar ciertos temas que podía desarrollar. En cuarto año escribí La Cuna de Fuego, lo que abrió un montón de puertas para proyectar el trabajo hacia Santiago». 

A propósito de eso, ¿cómo ves el desarrollo de la dramaturgia a nivel local?

-La dramaturgia local la veo interesante sobre todo porque no está contaminada por cuestiones academicistas, sino que es un poco más instintiva y no cae en estructuras rígidas o convencionalismos. Sin embargo, ello es un arma de doble filo porque faltan referentes, sobre todo en el uso del lenguaje. A nivel nacional, creo que también hay una búsqueda en que lo principal debería ser equilibrar las propias identidades con nuevas formas de trabajar.

El ejercer el rol de dramaturgo y director implica un riesgo por la dificultad de ver con distancia tu propio trabajo. ¿Cómo se resuelve esa tensión?

-Al momento de dirigir intento desligarme por completo de la dramaturgia, viéndola como si hubiese sido hecha por otra persona, pensando qué quiere decir el texto y evitando un enamoramiento con mi propia idea. En otras ocasiones, en que otros directores han estado a cargo de los montajes, hay un margen de decisión frente al cual, uno como dramaturgo, no puede decir nada. Uno entrega su trabajo, el texto deja de ser de uno y pasa a ser del director.

¿Cuál es tu punto de vista respecto de la escena regional? Parece ser cierto que durante los últimos años ha habido un auge en la producción y generación de público.

-Comparto en cierto sentido que en los últimos años la escena regional ha crecido. Sin embargo, no me conformo porque pienso que las condiciones en Valparaíso no son las que se merece una ciudad que quiere ser un eje cultural. En ese sentido hay mucha precariedad en la gestión cultural, sobre todo en materia de fondos y en la cantidad de salas. Creo que hay mucho espacio para crecer. Hay una falta de espacios para la investigación de los grupos que permitan estadías más largas, que creo que es la mejor forma de trabajar.

¿Eso impacta también en la formación de actores?

-Probablemente. Hay una falta de referentes culturales en la región, quizás producto del poco teatro que llega desde fuera. Tampoco hay un punto de vista muy desarrollado acerca de qué implica o qué busca el teatro, no para tener una respuesta, sino para intentar encontrarla mediante el trabajo. Me parece que cuando el actor es consciente de ello hace crecer mucho su actuación, porque pasa a ser un trabajo de investigación más complejo.

El Osario de Sócrates

¿Cómo asumen el vínculo entre el quehacer teatral y lo político? No me refiero a la política contingente, sino más bien a la función política del teatro sobre todo en un contexto que reclama un punto de vista.

-Pensándolo desde la compañía, nos llamamos La Bóveda Celeste porque queremos que el público reflexione libremente respecto de un tema importante. Esa perspectiva es una decisión política, porque no queremos imponer una visión, sino que le pedimos al público que haga política por ellos mismos. El nombre de la compañía hace alusión a eso, al referirse al radio que usan los astrónomos para estudiar los planetas. En este caso, esos planetas tienen que ver con estudiar lo desconocido, lo que se ve lejano, lo que no se puede explicar del todo y que nos exige pensar qué hay más allá. Creo que esa decisión es política, más allá de lo que ocurre en la política contingente.

En 2019, presentaron en Valparaíso El Osario de Sócrates, cuyos personajes eran portadores de VIH en distintos estados de la infección. Sin embargo, esa circunstancia era sólo un elemento más de la obra. ¿Cuál era el objetivo tras esa decisión? 

-En esa obra hubo una decisión dramatúrgica en ese sentido, de modo que la enfermedad de los personajes fuera un dato más, apenas anecdótico, pues los contenidos iban más allá de eso. A partir de ese dato, la idea era entrar en una reflexión relativa al encierro emocional que se vincula a un amor idealizado, a la idea de soledad, y a partir de eso hacer hablar a los personajes y narrar una historia desde temas más generales. 

-En Niebla abordan, por segunda vez, la figura de María Luisa Bombal. 

Sí, es la segunda obra en que abordamos la figura de María Luisa Bombal, luego de Soy yo, María Luisa. Después de presentar El Osario de Sócrates volvimos a pensar en ella por lo que representa, principalmente por la idea del olvido que a veces afecta a figuras artísticas femeninas importantes, que al final pasan sus últimos días en condiciones precarias. Es, en el fondo, lo que ocurre en nuestro país, en que las expresiones artísticas no son tomadas en cuenta ni desde la educación ni como herramienta de cambio social, de modo que, generalmente, son vistas únicamente como una entretención. En ese sentido, la perspectiva que aborda la obra en relación al feminismo a través de un personaje como Bombal no deja de ser interesante. Era para nosotros una manera elocuente de hablar de lo femenino desde la mujer, la naturaleza y lo enigmático. Pienso que un discurso que busca convertirse en una idea con la cual el espectador puede tomar partido debe tener cimientos lo suficientemente fuertes para subsistir. María Luisa Bombal representa esa fuerza necesaria para derrocar al olvido, el prejuicio, la prostitución de lo femenino, entendiendo la prostitución como una acción de prostituir algo ajeno, porque las mujeres siempre han sido vistas por el hombre como algo ajeno a ellas mismas, casi como una pieza de joyería de su propiedad. Eso sigue plenamente vigente en diferentes formas. Por ello, era interesante volver a llevarla a escena. En Niebla quisimos problematizar la idea de lo real, de lo establecido y de los elementos sociales que determinan a la mujer, como ocurre en La última Niebla y El Árbol. Ello requería abordar temáticas de su obra tales como el olvido del mundo interno y la aceptación de un mundo real que se nos impone pero que no está en diálogo con ese mundo propio.

-María Luisa Bombal fue, además, muy cercana a Sara Vial. 

La influencia de ella es absoluta. Me enseñó a ser muy fiel a lo que yo creo, lo que es muy importante porque permite tener bien firme el mundo interno. Me enseñó a mirar, a escoger y a obedecerme. La última conversación que tuvimos fue acerca de un texto que yo estaba escribiendo. Me dijo que lo había encontrado muy bueno, y yo sólo le respondí que luego hablaríamos de eso. Esa misma noche murió. Ese texto finalmente se convirtió en una obra que tengo guardada y que espero mostrar luego. En el fondo, ella me dio las herramientas más honestas para enfrentarme al mundo, que son aquellas con las que intento subsistir ahora.

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