La ciudad que quiero

 

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Foto: Alejandra Delgado

Por Enrique Alvear*

Damien suele decir con mucha soltura y gracia: “Valparaíso es como una prostituta que tuvo gran belleza en su juventud y que hoy el exceso de maquillaje a duras penas evoca su mejor momento, pero lo logra”. Algo queda.

Esa analogía burda y sincera de un francés enamorado del puerto ocupa mis pensamientos mientras desde mi balcón diviso la punta de uno de los carros del ascensor Reina Victoria subir. Me distraigo al ver salir desde la gran puerta de hierro de un pasaje, una vieja con tubos en el pelo y una bata rosada. Pienso en algún personaje de John Waters. Ella camina sin ningún disimulo hasta la esquina del hostal contiguo y deja más de cinco bolsas de basura apiladas con una descarada tranquilidad. Son las once de la mañana de un sábado.

Entro rápido para no ver los perros que en dos mascadas revelarán el contenido que con tanto e inútil esfuerzo mi desaliñada vecina anudó varias veces.

Tengo rabia, ganas de gritarle ¡vieja cochina! hasta que se me seque la voz, pero es tan inútil como gritarle a los perros.

Salgo de la casa y escucho los ladridos. En mi mente veo huesos, algún resto de un fétido guiso y la intimidad revelada en forma de basura desparramada por la calle. Prefiero evitarlo y decido subir un poco para luego bajar por calle Urriola hacia el Plan.

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Foto: Mauricio Vega

Al pasar cerca del pasaje Bavestrello me empino sobre la punta de mis pies para alcanzar a divisar el techo de la casa que fue de mis abuelos.

De esa casa solo conozco la fachada, la vendieron justo después de que mi mamá se casara. No obstante, siento pertenencia por ella, hay algo ahí que me quitaron y solo me entregaron en historias. Sé que algún día recorreré cada habitación y podré ver a la niña que fue mi mamá jugando con los vestidos de mi abuela, subiré por la curva y ancha escalera hacia las habitaciones tratando de adivinar en cuál de esos peldaños escondieron los libros, cédulas y registros de los compañeros de partido justo después del golpe, y desde la terraza miraré el mismo mar que mi abuelo contemplaba a diario cuando estaba en tierra, como contando los días que faltaban para volver a navegar.

Unos gringos ebrios salen del bar de la esquina y me sacan de mi absorto. Me pongo los audífonos y suena “Corazón de sandía” de Los Tetas. No me gusta, pero la dejo acompañar mis pasos.

Como muchos porteños, crecí con la palabra abandono y deterioro en boca de generaciones mayores, pero nunca me afectó en forma negativa. Es una mochila, una carga, un estigma del que siempre creí poder hacerme cargo. Ahora, mientras el tufo de un paraguayo prensado me persigue entre el laberinto de soyeros y el arte de cuneta, lo vuelvo a pensar y dudo.

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Foto: MemoriaChilena.cl

Con el calor de la presencia de mi abuelo aún en mis pensamientos me pregunto si reconocería la plaza Aníbal Pinto a 23 años de su muerte.

Sin el café Riquet y la Librería Ivens ya le parecería otro lugar, pero quizás con la cantidad de comerciantes sobre la vereda, más la proyección al exterior de las mesas de los cafés, seguro evitaría pasar por allí nuevamente. Esquivar gente y luchar por un lugar donde poner un pie para dar un paso, es algo que nunca lo vi hacer. Siempre prefirió el caminar pausado y elegante que sus trajes y sombreros en juego ameritaban.

Decido hacer un recorrido rápido por las tiendas y negocios que él frecuentaba, comprobar si existen, si mutaron o simplemente bajaron para siempre las cortinas. Parto en plaza Victoria y veo el Bogarín, Casa Cortés y el Vitamin Service y todo bien, llego a la esquina de calle Carrera y no está Paco´s, la ferretería ahora es una oficina de Entel. Me doy cuenta que yo mismo no reconozco las tiendas a un costado de los Tres Palacios, no están los Galaxica, tampoco la Feria Artesanal.

Atravieso calle Las Heras. Hay una esquina vacía, ¿era la zapatería Imperio? ¿El bar de Renato cerró? Otro restaurante peruano en su lugar me hace creer que siguen la misma estrategia de multiplicarse como callampas, como las farmacias.

El jueguito se volvió fome, ya no quiero mirar fachadas, ni carteles con banderas chinas, tampoco palmeras de plástico con neones en las puertas de vidrio negro que no logran tapar el sonido de los tragamonedas.

Mi abuelo ya no habita en estas calles, sus rutinas desaparecieron.

Sigo con paso firme y la mirada en el suelo. Llego a calle San Ignacio y un fuerte olor a pizza me recibe. No solamente se abre mi apetito sino que también se abren las puertas por donde dejo escapar la nostalgia que me acompaña desde que salí de casa.

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Foto: El Martutino

Entro a la Riviera, una pequeña pizzería/almacén, que con el uniforme impecable de sus trabajadores y un estilo propio de de los sesentas, parece decidido a ignorar las señales que a otros han hecho emigrar. Pido un té cargado y un trozo de pizza. El señor en la caja es el mismo de hace 23 años, cuando entré por última vez. No me reconoce, no tendría porqué hacerlo. Me ubico en el mismo rincón del mesón derecho que solíamos ocupar con mi abuelo y cumplo con el obligatorio rito de comer y tragar el té en menos de tres minutos. Siempre hay gente esperando por tu lugar.

“El karma de vivir en el sur” de Charly García sale desde mis audífonos al mismo tiempo que yo salgo de La Riviera. Camino en dirección a Av. Brasil. Una nube de vapor inmensa perfuma el Plan con el aroma a café tostado y con fuerza respiro hasta que la nariz duele.

Cierro los ojos y parafraseo a mi abuelo: “La ciudad que quiero, habita en mis recuerdos”.


*Participante del Taller de Escritura La Juguera Magazine

 

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