La bruja y la monja zen

Se conocieron en Buenos Aires en 2001. Una le leyó la carta astral, la otra escuchó. Se activó entonces una explosión de energía y memoria antigua que conectó dos saberes ancestrales en el tiempo y en el espacio. Una es monja zen y astróloga. La otra bruja y chamana. Días antes de realizar juntas un taller en Valparaíso, recuerdan aquí cómo fue ese punto de conexión que hoy permite accionar conciencias para “sanar”.

Ariadna Labbate y Niza Solari en Capilla del Monte, Córdoba (Argentina).


Por Alejandra Delgado

Transcripción: Daniela Frick

Entre saberes ancestrales: Astrología, Chamanismo, budismo Zen, se llama el taller que dieron juntas en Valparaíso, organizado por el Círculo Social de Terapeutas. “Una invitación a mirar el cielo en la tierra y la tierra en el cielo”, dice la bajada. El mapa astrológico (o carta astral), explican, “es una matriz energética de nuestro estar en el mundo. Es la carta de navegación que traemos al nacer, es la semilla, la información latente de nuestra energía potencial… Está integrada, básicamente, por 13 elementos: planetas, luminarias y puntos de información. Cada una de ellas/os tiene información de un aspecto de nuestra existencia, algo que aflora desde lo profundo del inconsciente y que muchas veces permanece oculto para nuestro consciente”

Durante el taller, los/las participantes realizan un “viaje” guiado por el pulso del tambor chamánico para “mirar” las energías natales del mapa propio, es decir, el momento del nacimiento. “Recibir, escuchar y tomar la propia información que habita en el ser, sin intermediarios de re traducción…directamente del espíritu y el pulsar del tambor”, es la propuesta. “Hacemos una introducción al lenguaje astrológico y al mundo chamánico y desde allí proponemos indagarlos en nuestro mapa personal”, dicen. Un viaje de descubrimiento que integra la práctica del Zen -la gran sentada de los Budas- “para sentarnos en el seno del cosmos, de nuestro cosmos y descubrir el poder del soplo, de nuestro propio aliento vital y el del Universo”.

Pero, ¿cómo partió este vínculo de saberes?.

“Fue en el año 2001. Yo estaba pasando un proceso de enfermedad bien grave y una amiga me dijo: léete la carta astral. Ni idea de lo que era eso, pero fui”, recuerda hoy Niza Solari, practicante chamánica, quien en sus terapias mezcla sabiduría ancestral y sicología transpersonal para trabajar en los patrones conductuales sociales. Cuando Ariadna Labbate, monja zen y astróloga, comenzó a navegar en su mapa astral, le advirtió: “Tú tienes dos energías ancestrales muy fuertes que te están pidiendo entrar, te están pidiendo permiso, quieren actuar. Y si tú no las dejas entrar tú te vas a enfermar”.

“Yo ya estoy enferma y de aquí me voy a radioterapia, le dije.  Y Ariadna me respondió: ‘tú no estás enferma, tú lo que no has hecho es tomar tu poder’, recuerda Niza.

Ese día renunció al tratamiento y no hubo más radioterapia.

17 años después, Ariadna mira con ojos asombrados mientras escucha aquel recuerdo: “Me parece que salen y se dicen cosas poderosas en un mapa astral, porque los mapas astrales son justamente matrices energéticas y hablan de nuestra energía de esta encarnación. De cuando colapsamos tiempo y espacio y somos conciencia. Siempre que leo es como ir abriendo una madeja de información. Y hay una parte de la información que, definitivamente la termina de organizar, de estructurar en esa escucha quien la recibe”.

En un café de Valparaíso hoy rememoran este nexo que las comunicó en la amistad, pero también en la acción de ayudar a otro/as a sanar.  ¿Sanar? Sanar la salud espiritual de las personas. Mover aguas que se encuentran estancadas y que no se desplazan con recetas fáciles de autoconocimiento.

Nos volvimos a encontrar en el 2011. Ahí ya me la encontré con su tambor, recuerda emocionada Ariadna.

CONEXIÓN 1: Chamanismo

“Entusiasmada conmigo misma, aquella vez -después de la lectura de la carta astral- me fui sin cabeza. Sin saber bien qué iba a hacer. Con la decisión consciente de que me iba a retirar del tratamiento. Mi pareja de entonces me contactó con un maestro de reiki que cuando me conoció me dijo: lo tuyo es el chamanismo. Ni idea de lo que me hablaba. Me dejó en contacto con una persona. Era 2001, corralito, la quiebra en Argentina, era la locura. ‘Yo no tengo plata’, le dije. Y él me respondió: ‘contáctate, yo voy a hablar con él’. Y yo lo llamé. Era Gerardo Roemer quien dictaba en Argentina el primer taller de chamanismo autorizado por la Fundación Michael Harner. Argentina estaba en quiebre estructural y yo también. El primer día de taller yo pensaba que todo era un chanterío. Y me fui. Le dije a mi maestro: ‘esto no es para mi, gracias por todo, pero no vuelvo mañana. No veo nada. No creo en nada. Me voy’. Y él me dijo: ‘bueno, ven mañana temprano, tratemos de que yo te recupere el animal de poder y vemos qué pasa’. Hice caso y volví al otro día, más temprano. Cuando me insufló el animal sentí algo que nunca había sentido en la vida o que no me daba permiso hace mucho tiempo, o que no tenía memoria de haber sentido. Fue una explosión en el pecho. Estoy viva, sentí. Y estallé en llanto. Estallé en un llanto incontrolable. Y mi mente racional decía: ¿esto qué es?, ¿qué está pasando? Esta no soy yo. Esto no me está pasando a mi. ¿Quién está llorando aquí? Me negué harto rato.  Pero luego entendí. Entendí algo y dije: este es mi camino”, dice Niza.

CONEXIÓN 2: Budismo zen

“Yo llegué al zen por un compañero de teatro. Y un librito que me habían dado que era del arte del tiro con arco. Venía también muy atravesada por la pérdida de una hermana en la adolescencia y también estaba con una furia de vivir. Todo me parecía una pérdida de tiempo, tenía una necesidad de no perder el tiempo. Todo me resultaba muy difícil porque estaba con cero grado de tolerancia, de permanencia. Cualquier cosa que me generara una pérdida de tiempo o me resultara una idiotez, no lo podías soportar, tolerar, ni sostener. Así que en ese contexto me pareció muy interesante lo que traía el libro. Y un amigo además me lleva a un dojo zen (espacio dedicado a la práctica cotidiana de zazen). Ahí me senté por primera vez. 10 minutos. Yo que hacía yoga, acrobacia, la vivencia de estar quieta dentro del cuerpo me fue muy revolucionaria. Fue difícil, no porque no tuviera un cuerpo disponible, sino porque tenía una cabeza a tres mil por hora. Y empecé a practicar. En ese momento me encontré con mi violencia. Todo el tiempo, frente a la quietud, tenía imágenes de violencia. Me quería levantar, quería pegarle a la persona que estaba dirigiendo el zazen. No podía entender cómo era que una no pueda estar confortable dentro de su propio cuerpo y estar ahí simplemente respirando. En ese momento de mi vida tuve unas crisis de idas y vueltas. Al año y medio conocí a mi maestro con quien después me ordené de Monja. Alguien muy disruptivo, muy vital. Muy de romper paradigmas.  El maestro Kosen, el heredero de Taisen Deshimaru. Todo un linaje de 2500 años, de maestro y discípulo. Primero también me peleé mucho con esto de tener un maestro. No podía tolerar que hubiera alguien que me influenciara tanto mi vida. Una cosa así muy de libertad y váyanse todos a cagar, una cosa muy punk en ese momento (y siempre, porque me sigue habitando)”, recuerda Ariadna.

EL CRUCE

Se volvieron a contactar en el 2009. En Buenos Aires. Una iba a la ciudad cada tanto a trabajar, la otra también, esporádicamente, a formarse en chamanismo. En esta ocasión el punto de unión fue la lectura de una “revolución”, es decir, la lectura de una carta del año. “La levantas para el momento en que el sol vuelve a pasar por tu lugar de nacimiento. Y aparece toda la energía del año y los 12 meses del año. Muy interesante. Es el mapa de donde una está parada”, explica Ariadna.

Y ahí hubo un choque de planetas, piensan hoy.

Un choque de Plutón con Plutón.

Plutón, para quien entiende que lo que pasa arriba también pasa abajo, es la deconstrucción de todo, el moverlo todo desde la raíz. Plutón es el subconsciente, es el movimiento. Es lo que estamos viendo en el colectivo hoy, los que está pasando a nivel social.

Luego se encontraron en Capilla del Monte, en Córdoba, donde vive Ariadna desde hace muchos años:

-Ahí me tocaste el tambor, ¿te acuerdas Niza?

-Ahí fue.

EL TRASVASIJE

“La experiencia chamánica es para mi un volver a casa porque me doy cuenta de que a pesar de mi recorrido, siempre voy cargando una mochila de cierta pelea. Me encontré con la astrología, por ejemplo, a los 14 años y empecé a estudiar en ese momento. Y recién ahora, con casi 50, hablo de la astrología abiertamente. Y de los 14 hasta los 50 seguí practicando la astrología, estudiando, atendiendo, pero públicamente no lo nombraba. Haciéndome cargo de una gran descalificación social en relación a esto, de un gran prejuicio sobre los astrólogos y las identidades públicas de los astrólogos también. La experiencia del tambor me trajo algo que me fue muy aliviador. Tuve un par de visiones en ese viaje con tambor. Vi como un ciervo. Y viste que los ciervos tienen una cosa como de estar alertas. Están súper atentos y a cualquier movimiento, se mueven. Y entendí que realmente me pasaba eso. Y después, la otra cosa bien interesante es que me abrió toda una mirada en el encuentro y en la convivencia, fue el feminismo, que hasta ese momento, no entraba dentro de mi mirada, de mi percepción del mundo”, recuerda Ariadna.

Comenzaron a hacer laboratorios donde sumaban ambos saberes. Encontrando los puntos necesarios para seguir tejiendo. Experimentar fue la propuesta. Astrología y chamanismo. El poder del tambor, y el zen, que incluye todo y no deja nada afuera.

-Creo que la vida es un experimento, sino, ¿para qué estás aquí?, si no estás experimentando nuevas cosas todo el tiempo. El chamanismo me ayudó a entender esto también. Que son procesos dinámicos y lo lógico es que tú estés cambiando de piel siempre, dice Niza.

-Es lo orgánico. Es nuestra naturaleza en realidad, agrega Ariadna.

-Entender que nada es estable, remata Niza.

“El viaje chamánico es una experiencia del espíritu. Es una experiencia de nuestra naturaleza. Y es acceder a cierta información que está ahí en nuestros cuerpos. Y en el zen, la mirada es la misma, en nuestros cuerpos está todo el universo. Colapsan nuestros cuerpos en el infinito del universo. Practicar zazen es un patrimonio nuestro, de la humanidad. Es un saber ancestral, que nos resitúa en el seno de todas las cosas y del tiempo y el espacio. Y es un espacio de libertad interna, también dentro del karma, pero también fuera del karma. No tiene que ver ni con un bienestar, ni con un tener menos estrés, ni con la luz. Es recuperar también nuestra naturaleza y los poderes originales”, afirma Ariadna.

“Lo interesante es el conjunto, el ensamblaje, la trama, la mezcla que hacemos. En que ambas nos vamos permeando desde nuestras prácticas que parecen tan opuestas o aparentemente fragmentadas y diferentes. Como occidente fragmenta todo y todo lo quiere poner en un lugar, la Monja parece ser algo extraordinario y la Bruja también pero para el otro lado. Como si ambas no pudieran encontrarse. Y te empiezas a dar cuenta de que en realidad es lo mismo, que es una conciencia primaria, una conciencia matríztica. A mi me gusta entenderlo así, así creo que es: una conciencia que te dispone a estar disponible para todo”. explica Niza.

Ambas prácticas buscan la presencia. Actuar en en el presente desde esa sabiduría. “No tiene ningún sentido que tú, te vayas a hacer una meditación a las 7 de la mañana y después bajes a tu oficina y maltrates a tu empleado, por ejemplo”, dice Niza.

“Ser monja y ser bruja, no es investidura, sino sentido de la vida que te da ese conocimiento, que te lleva a estar presente y a actuar de manera coherente aunque para el resto no lo sea”, agrega.

Ariadna: Es estar al servicio.

Niza: Aunque para el resto muchas veces puede que tú estés haciendo algo disruptivo, molesto.

Ariadna: Violento, desacatado.

Niza: Y ese es el costo que tiene.

 

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