La animación en Chile

Copuchita

Copuchita

Por Renzo Soto S.*

Hace algunos días escribí un artículo sobre la publicidad en Chile, específicamente sobre aquella que vemos por televisión, y la verdad, quedé un tanto impresionado con el poco sentido de autocrítica que tiene la gente del medio. Una industria, tal vez una de las que más dinero mueve a nivel nacional debiera, como prioridad, revisar la calidad de sus productos, básicamente por el respeto al oficio y al cliente; pero la vertiginosa velocidad con que se trabaja y se esperan resultados no da tiempo para detenernos a mirar si lo que hacemos es correcto o tiene sentido. A veces, estamos a un paso de convertir una pieza mediocre en una obra de arte. A veces, más con cariño y pasión que con “lucas”, se puede llegar a la gente y dejar una huella.

La animación es un medio utilizado frecuentemente por la publicidad para lograr estos objetivos, a veces con excelentes resultados, otras con productos para el olvido. Pero históricamente esta comunión ha estado supeditada al factor dinero. Mientras la publicidad factura fuertes sumas de dinero por campaña ejecutada, los estudios de animación reciben un porcentaje bajísimo que a duras penas alcanza para seguir funcionando.

Y es que  la publicidad y la animación en Chile están íntimamente ligadas. De hecho, por décadas ambas se han servido una de la otra para subsistir. La publicidad utiliza de manera frecuente la animación para spots publicitarios de televisión por lo atractivo que resulta para el público infantil y juvenil. De hecho, actualmente hay al menos cinco comerciales rotando en los canales de televisión abierta. Por su lado, la animación se ha ido desarrollando en el país básicamente bajo el alero de la publicidad, pues para quienes se desempeñan en esta compleja disciplina, ha sido la fuente de ingresos más estable dentro de lo precario del círculo. Es verdad, hoy día el panorama global de la animación criolla se ha potenciado por varios factores que pasaremos a revisar a continuación, pero aun así parece ser que estamos lejos de poder hablar de una “industria de la animación”.

Los orígenes de esta manifestación artística en Chile son difusas y existe para variar muy poca documentación. En este sentido, el único trabajo serio es posiblemente el libro de Vivienne Barry Animación: La magia en movimiento (2011) que reúne varios hitos importantes que configuran de alguna manera la historia de nuestra animación. Así, “la primera película de dibujos animado chilena – como nos cuenta Barry- fue producida por la National Films de Santiago y la parte técnica estuvo a cargo de Nicolás Esquerro. Junto a Alfredo Serey, también dibujó Nicolás Martinez, ilustrador de la época. Entre los dos hicieron 20.000 cartones para una cinta que no tenía más de 600 metros. Es decir, una duración cercana a los diez minutos. El argumento es el traspaso de la banda presidencial de Juan Luis Sanfuentes a Arturo Alessandri Palma en 1920”.

Luego, entre 1937 y 1941, en el marco de la visita de Walt Disney a Chile, Carlos Trupp y Jaime Escudero realizan 15.000 dibujos para una producción titulada Copuchita y que bien podría ser el antecesor de Condorito. El material no obtuvo la repercusión esperada y el proyecto fue abandonado. Hoy, la película está en proceso de restauración gracias a una descendiente de Trupp y la gestión de la Universidad de las Américas y la Cineteca Nacional.

Por su parte, la dictadura terminó con lo poco que se hacía, pues intervino los canales de televisión y su programación, persiguió a los artistas y destruyó una cantidad incalculable de material audiovisual.

A diferencia del cómic que tuvo una verdadera época de oro entre las décadas del sesenta y setenta y que realmente se conformó como una enorme industria que abastecía incluso a varios países latinoamericanos, la animación a lo largo de las décadas ha sobrevivido a base de puras intentonas, apoyándose en la publicidad o en emprendimientos autofinanciados que terminan sin pena ni gloria y que a la larga, han impedido desarrollar una escuela, estilos o continuidad de proyectos. Los canales de televisión tampoco han hecho fácil el camino, al haber letra chica en los acuerdos con los productores o exceso de censura en los contenidos (asumiendo que es un producto solo para niños), amén de una miopía en términos del potencial que tiene la animación como herramienta formativa e informativa.

Antes de la irrupción del computador, solo quienes tenían recursos para estudiar en el extranjero o aquellos que por motivos políticos se criaron en Europa, tuvieron la posibilidad de acceder a este arte, pero siempre de forma muy insípida y experimental, alejada de la industria o al menos de las convenciones universales de animación que permiten medir con estándares técnicos y artísticos sólidos.

No fue sino hasta fines de los noventa que sucedió un cambio radical, al menos en términos técnicos.  La llegada del “ordenador” y los softwares especializados para animación dejarían de lado las viejas máquinas análogas cuyos costos de insumos y mantención eran carísimos. Así nacen las primeras productoras de animación, la mayoría como apéndices de agencias de publicidad, las que naturalmente enfocan su producción a la realización de spots publicitarios. Terminaba así el monopolio de Chile Films.

Cineanimadores y Chileanimación aparecen a inicios de la década del 2000 dedicándose la primera a la realización de spots y cortometrajes, y la segunda (en donde laburó este humilde servidor) a la realización de series animadas para el extranjero. La incipiente “industria” se ve coartada por la abrupta llegada de la crisis asiática a nuestro país. Caen grandes y pequeñas productoras y lo que queda es recurrir al siempre disponible salvavidas de la publicidad.

Los fondos concursables del Estado llegan como un estímulo para la industria audiovisual en los primeros años del nuevo siglo y tanto el CNTV como el CNCA incluyen la realización de piezas audiovisuales de dibujos animados dentro de los proyectos a financiar. Las agencias no tardan en hincarle el diente, así, Cubo Negro (más conocida en el medio como Cubo Negrero) y otras pequeñas productoras, postulan y se lanzan a la realización de las primeras series animadas de televisión, con resultados a mi juicio, muy deficientes. Se nota en éstas la mano de gente poco entendida en el tema, venidas de otras áreas de las comunicaciones, quienes tratan a sus creaciones como si fueran larguísimos spots animados; una vez más, guiones fomes, personajes y situaciones llenas de clichés gringos que no funcionan en nuestra idiosincracia o, por el contrario, un chilenismo exacerbado y chabacano, mala dirección, precaria animación, abuso de softwares y lo peor de todo, la explotación de los artistas que participaban en su realización, pues los turnos eran, por lo general y dadas las características del trabajo, extenuantes y la paga al borde de lo miserable, demorándose esta, hasta semanas en capitalizarse.

De este periodo, posiblemente la realización de los largometrajes Ogú y Mampato en Rapanui, y Papelucho sea lo más bajo y marca en cierto modo un punto de inflexión en lo que sería el futuro de nuestra animación. La primera, película basada en la obra de narrativa gráfica del maestro Themo Lobos, fue una producción llena de conflictos, de principio a fin. Solo por nombrar algunas cosas, mala guionización (no se respetó la idea original) y voces mexicanas. Dado que los artistas de Cineanimadores no daban abasto, se contrató a todo el contingente de animadores disponible en ese momento a lo largo y ancho del territorio para poder cumplir en los tiempos estipulados con las más de dos horas de película, lo que se tradujo finalmente en una inconsistencia por ejemplo, en términos de dibujo, ya que en cada escena el diseño del personaje cambiaba notoriamente. Un altísimo presupuesto que incluyó todos los fondos concursables posibles más un importante apoyo de la empresa privada. Así, presupuesto y esfuerzo humano no se condicen con el resultado final que raya en lo mediocre. Para colmo, la participación de don Themo fue prácticamente nula y siempre manifestó su disconformidad con la película. Además, se cuenta que no recibió ni un solo centavo. Afortunadamente y para cerrar el capítulo del niño viajero del espacio/tiempo y su peludo compañero, hoy se trabaja en una serie animada basada en las historietas dibujadas por Lobos, en donde participa su hija Ada y un grupo de realizadores de la Universidad Santo Tomás. Con más control sobre el producto, se espera un resultado mucho mejor que el del largometraje. 

De Papelucho, la inmortal obra de Marcela Paz, ni hablar. Una producción en extremo fome y mal lograda. Llena de deficiencias en el guión y un abuso y mal empleo de softwares que da vergüenza ajena.

A la larga, hitos negativos que desnudaron nuestras falencias en términos creativos, artísticos y de gestión. Los cambios de gobierno con sus correspondientes reestructuraciones en todas las carteras, también han contribuido al estancamiento del medio, pues a la fecha se sigue dependiendo en gran medida de los fondos concursables y en consecuencia, cada vez que se alteran las reglas del juego se hace más difícil y desmotivante postular a estas instancias, en un proceso que de por si es en exceso burocrático.

La cosa parece haber cambiado sustancialmente en los últimos años. Desde insospechados rincones del país han surgido interesantes propuestas, hechas por gente entendida en la materia, consumidores de animación desde su más tierna infancia y que conocen a la perfección los códigos del oficio. Ha sido tanto el grado de interés y tan alto el número de jóvenes interesados en aprender animación que tanto instituciones tradicionales e incluso el retail de la educación, no ha dudado un segundo en implementar carreras afines, lo que garantiza al menos que a la postre, los productos de animación serán realizados por gente preparada y aun mejor, profesional.

Respecto a los festivales, que son instancias muy importantes para el desarrollo y difusión de esta disciplina, han sido pocas la verdad, los que han sorteado la barrera del tiempo o han alcanzado cierta notoriedad en el contexto local y mundial. Generalmente son apéndices en festivales de cine o pequeñas aventuras de universidades que terminan por diluirse en el tiempo.

Por otro lado, actividades como Chilemonos, con todos los recursos y gestión implícitas, me parecen eventos cuyo enfoque no tiene mucho sentido en una realidad nacional donde la producción de obras terminadas, de calidad y con reales proyecciones es mínima. Invitados de gran envergadura (que deben cobrar lo suyo), elevados precios para ingresar y charlas donde básicamente se abordan temas de negocios para una industria inexistente. Tal vez la única instancia que ha crecido exponencialmente y que ha sabido sortear los escollos endémicos de este tipo de encuentros es FIDA (Festival Internacional de Animación) que actualmente se desarrolla en dependencias de la Universidad de Valparaíso y que dirige estoicamente el profesor y artista Carlos Céspedes. El evento tiene casi veinte años de existencia y lo han tenido bajo su alero varias casas de educación superior, siendo su primera directora la investigadora y docente Poldy Valenzuela en su etapa en la Universidad Católica de Valparaíso.

En los últimos cinco años han aparecido estudios independientes y aguerridos como Dirty Gong!, Fluor, Carburadores, Punkrobot o Altair Films que están empezando a generar productos muy interesantes y para los más variados gustos y que poco a poco han adquirido las herramientas para realizar una gestión efectiva que consolide sus propuestas. Pero cuidado, porque los inescrupulosos están siempre a la vuelta de la esquina esperando para cogotearlos. No es suficiente con un fondo concursable, no basta con tener buenos productos, se hace imperiosamente necesario generar redes con entidades serias, entendidas y realmente interesadas en las propuestas.

Finalmente, creo que la animación está pasando su posta a las manos correctas, ha emigrado a lugares donde hay esperanza de lograr cosas importantes y de calidad. En este sentido, no puedo dejar de nombrar a Carlos González, Álvaro Arce y Pablo Alibaud (Q.E.P.D), pioneros, visionarios y maestros que pavimentaron con su experiencia y conocimiento el camino para una verdadera escuela e industria de la animación y cuyos nombres, a veces en esta vorágine comercial pasan desapercibidos y no tienen el reconocimiento suficiente del medio y las nuevas generaciones. Para ellos y para la animación que se viene, mis más sinceros respetos.


*Ilustrador, historietista, animador. Docente carrera Animación Digital Duoc UC, Sede Viña del Mar.

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