Inventarse una coma

¿Cómo más podemos terminar el año? Despidámonos publicando, para que no nos falte material este bienvenido 2020. Digamos adiós y “hola” a ese giro del calendario con literatura, si no para qué, porque como dice la escritoria argentina María Florencia Rua, porque “la escritura aparece como una forma de supervivencia, supongo”.

Por: Valentinne Rudolphy | @valosa

Hay un libro. Un libro fucsia. Es pequeño, medio cuadrado, 79 páginas, editado el 2019 por Editorial Elefante. Y es fucsia, por lo que me encanta: sí o sí te tiene que llamar la atención. Ese libro es “La coma”.

Editorial Elefante

Comenzamos con lo básico: ¿de qué necesidad surge “La coma”?

– No hubo una idea inicial. Como dice Marguerite Duras, estaba en la casa y escribí. La coma apareció en la escritura, y la escritura sí aparece como una forma de supervivencia, supongo. A veces me pregunto, cómo podría haber sobrevivido a ciertas cosas si no hubiera estado escribiendo. Trabajos, vínculos, no sé. Surgió más de las ganas de divertirme con las palabras, aunque la diversión esté subestimada, que de una necesidad.

¿Cómo es que decidiste narrar esta historia, este monólogo, de esta manera? Con estos pequeños párrafos. Me parece perfecto tomando la voz que uno se puede imaginar tiene una persona en esas condiciones, pero me intriga esa decisión editorial. ¿Tiene que ver con que Azul es niña también?

– Estos pequeños cortes no aparecen como decisión, sino desde la imposibilidad de seguir un relato común y corriente. Yo venía de escribir poesía y dramaturgia y medio que no tenía idea de cómo hacer narrativa. Entonces aparece la estructura desde el no saber. No es la voz real de una niña, ni la voz de alguien en coma, es una fusión de voces que intentan trabajar sobre un imaginario corrido, para justamente hacer correr desde ahí una voz particular de ese imaginario.

Así articula el insumo necesario por crear, sólo por escribir.

Y Azul es la voz principal de La coma, una nena, estamos en su mente e imaginario.

«Me da mucha bronca. Que no se pueda revivir como en los jueguitos momentos de tu vida, que no haya una empresa que te deje volver al mismo nivel, aunque ya lo pasaste y mataste al villano con todas tus energías y armas. Me da bronca» (p. 53).

Hablemos sobre la infancia. ¿Qué pensamientos tenías en tu infancia, preadolescencia? ¿Eran como los de Azul?

– Lo que sé es que de niña era muy muy tímida, no hablaba, no respondía preguntas. Podía pasar horas en una reunión y no decir nada. De ahí, los adultos siempre activaban el chiste de que me comieron la lengua los ratones. Odiaba ese chiste. Todavía lo odio. 

En sus propias palabras, Florencia dice que continúa así: más bien tímida e introspectiva. Sin embargo, logra conectarse con las personas. “Tengo ciertas estrategias y un reino de afectos como para poder expresarlo y no perderme del todo”.

En tu libro, se logran tocar temas como el abandono paternal y el rol de la mujer, la madre que no puede salir de su rol, “atada” a su hija, totalmente fiel. ¿Por qué esa postura política? 

– No sé si es una postura política. Los temas que se tocan en la novela son como teclas en un piano, y en todo caso, es decir, preguntas que se abren en la escritura, que disparan el contexto de las escenas. Por supuesto hay una referencia con la realidad, pese a no ser realista. Por dar un ejemplo, ya sea en Chile o en Argentina el aborto no es legal. 

– El abandono paternal y el rol obligatorio de maternal no son posturas políticas del libro, son imposiciones de este mundo y de las condiciones en las que fue escrita, por mí y con otrxs. Frente a eso, más que pensar en posturas al momento de escribir me gusta pensar en descomposturas. Cómo descomponer esa violencia, cómo desatarla. Cómo abandonar al padre en lugar de que el padre nos abandone, por ejemplo. Eso es político, sí, pero creo, no pasa por el tema sino por la forma en que se toca.

¿Qué te hace escribir?

– Hay muchas cosas que me hacen escribir, no sé. Estar en contacto con otrxs, activar la escucha. 

Hay voces, ya sea de personas que existen o de libros que leo, que me tipean todo el tiempo en la cabeza. También ciertas situaciones, las ganas de hacerles un rezo o una estampita a situaciones determinadas. 

– Cuando me enojo escribo mucho, porque uso el enojo como un arma para no enloquecer y me divierto. Y en este libro, en particular, entre muchas cosas, me hizo desatar la escritura estar con mis hermanxs pequeñxs, que ahora ya son adolescentes, sus observaciones lúcidas e inocentes siempre se imprimen en mí, y el cariño disparatado. Con Sol, mi hermana, y el perro, el Señor Brillitos, inventamos conversaciones todo el tiempo, nos gusta ser ridículas, armar sintaxis raras y pensamientos académicos falsos. 

También eres dramaturga. ¿Cuáles crees que son tus lenguajes? ¿Qué predomina en ti, la teatralidad, o la literatura? ¿Simplemente se mezclan?

– La dramaturgia también es literatura. Lo que pasa es que no se lee de la forma en la que estamos acostumbradxs a leer. Casi ni se publica, de hecho. Pero ir a ver una obra también es una forma de lectura y la diferencia que tiene a lo mejor con otro tipo de literatura, es que es una lectura en comunión, un leer entre todxs. 

– Me interesa la dramaturgia además porque me interesa pensar en la potencia física de un texto, en cómo un texto puede funcionar en una voz, en un espacio, en cómo puede sostenerlo un alguien, hasta dónde y con qué dispositivos. Pero también me divierte pensar la poesía de esa forma física, cómo se activa en la sangre, qué puede hacer un poema en un cuerpo. Y en la narrativa, en este caso, encontré esa conexión con las dos cosas, esa mixtura, como si fuera un collage de géneros.  

¿Cómo le explicas la poesía a alguien que dice no entenderla?

– Prefiero correrme del lugar de explicar. Ni siquiera sé si yo entiendo la poesía. Como no entiendo cómo un día crece una planta o se construye un edificio. Pero para lxs que se quieren acercar a leer poemas, distante de dar consejos, pienso en eso: acercarse, directamente. 

“La poesía en ese sentido es difícil de consumir. Como comer plástico”, agrega, acerca de cómo procesamos, o nos llega, la poesía. Diferencia el consumo poético de su entendimiento, “Observar los movimientos, entrar en el ritmo, pensar en la estructura, dejarse hacer y movilizar por las preguntas”.

Oye y, ¿de dónde sale esta necesidad del personaje de Nancy (la enfermera)? Me fascina, esa especie de sueño en la que Azul se sumerge.

– Nancy aparece como una suerte de refugio, como alguien que la cuida y puede verla, como una lucecita o una canción de la que agarrarse para no caer en la ferocidad del sistema hospitalario, en la invisibilidad, en los pinchazos ajenos, en la violencia indiferente. Aparece con la idea de que todxs necesitamos esa alianza, una Nancy que nos sostenga y a quien poder escribirle. 

¿Por qué publicar?

¿Por qué no publicar? ¿Por qué hacer cualquier otra cosa? Para entrar en diálogo con lxs otrxs supongo.

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