Floridor Pérez: última navegancia

Foto: Jorge Fuica/AgenciaUno

 

“Si atraviesas las estaciones/conservando en tus manos/la lluvia de la infancia que debimos compartir/nos reuniremos en el lugar/donde los sueños corren jubilosos/como ovejas liberadas del corral”
Jorge Teillier

Por Bettina Neumann*

Floridor Pérez nació en 1937, en Yates, un pueblo a orillas de un volcán, en el golfo de Reloncaví. Su vida estuvo marcada por momentos que trazaron tanto su biografía como la del país, tan distinto hoy a lo que debe haber sido ochenta años atrás.

Poeta y profesor, vivió movido por hacer germinar las palabras de una tierra que, junto al dolor que observó y experimentó en ella, quiso conjugar con una fiera lealtad a los esfuerzos de quien enfrenta el vértigo de ponerse a escribir. Conocido por libros como Chile contado y cantado, Navegancias, Cielografía de Chile y Tristura, junto a su trabajo crítico sobre autores como Manuel Rojas o Gabriela Mistral, entendió el valor de recopilar lo que comenzó como recuento oral. Por años trabajó como profesor normalista en escuelas rurales de pueblos que bordeaban el anonimato y formando a poetas jóvenes en la fundación Neruda.

Sobre el pueblo de Mortandad escribe: “Así tituló más tarde un poema Federico Schopf, gracias al cual Mortandad, que no figura en mapa alguno, aparece en antologías”. Leer a Floridor Pérez es encalidecerse de honestidad e ingenio, además de un aprecio militante por la fuerza de pasiones que orientan una vida. En su caso, esas serían la poesía, con la que hizo lírico desde el enfrentamiento de Godoy versus Joe Luis hasta la purificación que otorga la naturaleza (“Yo también tenía una deuda con la tierra, y la cubrí de semillas: La tierra ensucia las manos, pero limpia al hombre); la enseñanza, por la que vio nacer un amor robusto en una sala sin ventanas; y Natacha, a quien están dedicadas sus Cartas de prisionero. Y estuvieron los libros, cuyo contacto en la Escuela Normal de Victoria sería transformador: “De Rokha estaba ahí; tras su Antología enorme me escondía de las clases de gimnasia. Y unos libros pequeños, que se comían enteros en un recreo como un sánguche. Se llamaban: “Nada se escurre”, “La enredadera del júbilo”, “Heredad del Hombre”. Unos hablaban de Ricardo Fonseca, otro de Raúl Rettig, otros de Caupolicán Peña…” De estas lecturas se nutría un enjuto estudiante de pedagogía. Pero con leer no basta; las palabras pueden pasar y rumiar un tiempo en las cabezas, ser, como alimento, sólo alpiste; de uno mismo depende hacer de lo leído un real sustento, de la propia vida un ágape, convite o comilona. Porque tan importante como escribir, fue leer a otros. Amigo cercano de otros poetas como Gonzalo Rojas, Jorge Teillier o Jaime Quezada, Floridor Pérez puede ser recordado como un admirador del trabajo de los demás:

Conocí a Nicanor Parra. Había ido a tomar Bachillerato, y se quedó dando clases de cueca. No se desprendía del cuaderno de notas que recomendaba Maiakovsky. En él me leyó, bogando en el río, su Defensa de Violeta Parra. Me impresionó el verso que dice: “Por qué no te levantas de la tumba”. Saqué la primera copia a máquina”.

Es reveladora la acción de sacar copias, transcribir frases o versos que nos han gustado mucho (los transcribientes: parientes del subrayador y arrugador de páginas, pequeña desesperación cotidiana por marcar una página que, si es que no nos cambió la vida, nos cambió a nosotros). En una historia literaria plagada de rencillas, esta muestra de afecto es radical. Y está concentrado en lo siguiente: “yo y Jaime Quezada formábamos ya la pareja de entrañables amigos que no hemos dejado de ser. ¡Cuántas veces su casa fue la mía! Ya hay bastantes enemistades literarias: pelear, pelar, envidiar se han hecho lugares comunes, muletillas biográficas. Los que quieran ser realmente originales, atrévanse a estimarse de verdad”.

Somos testigos en ¿Quién soy? de un despertar literario que es también un reconocer que, desde el principio, su vida estaría marcada por la remembranza de anécdotas; tiernas, a veces crudas, aparentemente ligeras. Es compartiendo estas anécdotas que un narrador ha de probarse. El efecto de una buena historia es siempre algo inefable. Hipnotiza; es como levantar un peso. Y la primera anécdota acá es el semblante de su familia, primeros eslabones de su juventud: su padre que trabaja en el aserradero, le juega bromas y lo introduce a la poesía; su abuela, mujer de fe que le enseña salmos que serán también un preámbulo literario; y su madre, de cariño pragmático, a quien recuerda lavando lana. Deja entrever cómo su memoria, tal vez la herramienta más sagrada del profesor normalista, entreteje historias que dan cuenta de la agudeza de un hombre que fue sensible a una belleza tranquila, sencilla, que tampoco corrió la cara ante los horrores. Leer sobre su infancia en Cochamó es ver también al niño que mira a través de una ventana en la que cae la lluvia prístina del sur. Esa lluvia que bautiza a todos por igual, y contagia a quienes toca de una nostalgia crónica: la poesía lárica.

¿Qué hélices/te echan a volar/campana en flor/Semilla/de la música/ala del río que huye/cielo migratorio/que anida/en mi ventana/¿Qué hélices/te echan a volar?”.

Se aventuró con la creación de revistas de corta vida, pero entusiasmo perpetuo, como “Trébol” (llamada así por sus cuatro hojas de poesía): “Hice venderla en la puerta del Banco del Estado, pero los posibles clientes, luego de comprobar que no se trataba de una nueva semilla de trébol, la dejaban desdeñosamente. Tenían razón. No era su revista, era mi órgano de comunicación. Por eso a mi segunda revista la llamé, más explícitamente, Carta de Poesía”. Jorge Teillier lo invita a colaborar con “Orfeo”, revista que “perdurará, inconfundible, entre el Mundial del sesenta y dos y el Premio Nobel de Neruda”. Era invitado a encuentros de poesía y galardonado en varias ocasiones, pero regresaba siempre a la que fue su labor principal, la de maestro: “El profesor rural volvía de estas giras a su sala sin ventana, como el cura de aldea que torna a su capilla, después de oficiar bodas en la casa patronal. Pero no siempre me decían ‘amén’”.

Sus Cartas de prisionero (1984), escritas en dictadura durante su retención en la isla Quiriquina, son, más que sólo desahogo o expresión de resistencia, una declaración de principios. Ante el miedo, el humor; ante la violencia, el vigor de los que aman; ante la muerte, una esperanza dúctil y adaptable, anfibia:

Yo que no soy turista ni suicida

ni prófugo ni pez ni pescador,

me arrojo al mar como un turista prófugo

y nado como un pescador suicida

frente al guardiamarina que bosteza.

Pero el mar no muerde el anzuelo:

se limita a limpiarme cuanto puede

y me devuelve a tierra, como un pez

demasiado pequeño para su hambre.

En “Natacha”:

Le han dicho

 

con ese hombre

no tendrán dónde

caerse muertos.

 

Le he dicho

 

tendremos todo el mundo

donde pararnos vivos.

Se lee en la segunda página de su breve autobiografía: “Yo tenía abuelos, tíos, hermanas. Había pascuas, viajes, ríos, veranos. Algo debió pasarme entre aquella primera noche del Golfo y esta de la montaña. Algo debí hacer esos años en el mundo”. Sin duda, algo hizo y algo valioso nos ha dejado. No pasa en vano quien escribió, leyó y vivió con generosidad, que formó a muchos; quien nos indicó todo un mundo donde pararnos vivos.


*Escuela de Crítica de Valparaíso.

Comenta desde Facebook

Comentarios

Deja un comentario