Feroz, hijos del infierno

Por Hilda Pabst Aldoney

La nueva propuesta de la compañía La Peste se instala con una premisa que resulta bastante correcta, rozando lo incuestionable, me atrevo a afirmar. Y es que se vuelve pertinente, o incluso necesario que las niñas, niños y jóvenes instalen su propia voz y corporalidad en la creación de obras que llevan a escenario sus vivencias.

En adelante, toda la secuencia escénica se va desplegando de manera coherente, con una organización espacial y escenográfica adecuadas; la precariedad como fondo de pantalla, la fragilidad como banda sonora y la descarnada vulnerabilidad como vestuario invariable de cada intérprete, todo reforzado cada tanto por el dato duro mediático, la cifra espeluznante, la cita brutal de la autoridad o la frase testimonial de los “hijos” del Sename.

Hay escenas desoladoras, como el cumpleaños de un niño que nadie quiso adoptar y ya todo es tarde para él.  La sociedad -esta sociedad capitalista- lo dejo atrás de cualquier posibilidad de ser amado y le tiró unas migajas de protección a su escuálido cuerpo adolescente. Hay otras de grotesca inocencia, como la que muestra, coreográficamente, el constante deseo de los chicos de ser adoptados (literalmente rescatados) por familias ricas o por algún reconocido futbolista. Y la tía de la cocina, que nada realmente puede hacer, más que pelar papas y falsear un consuelo, micro anestesiar y desnutrir sus cuerpos maltratados con dulces, esa droga blanda, envuelta en papel colorido y engañosa ingenuidad. Y sí, el recurso audiovisual también hace lo suyo y refuerza la angustia en paralelo a la acción que acontece.

Una realidad irrefutablemente cruel, desbordada por funestas prácticas de maltrato institucionalizado, de la que ninguno de los involucrados, llámense Estado, gobierno de turno, instituciones tercerizadas, consigue hacerse cargo, ni menos reparar; un fragmento de brutalidad cotidiana e invisible con cargo a nuestras billeteras. Y ahí está la creación escénica de La Peste para revolver un poco la olla (que igualmente ya está bien quemada, todes lo sabemos), para decir con un respeto del todo inmerecido, algo así como “hey, miren esto, es feroz”.

Y de pronto sucede esa sensación de que falta rabia y sobra corrección, hay como una suerte de apuesta a la segura, que por ahí tiene que ver con develar algo que todos reconocemos como despreciable al extremo, pero de un modo muy educado; entonces pareciera que la propuesta no se anima a correr riesgos o a salirse de madre (esa gran ausente del relato) y se queda en una fórmula bien calculada, cuyo resultado no rebalsa sus propios márgenes, aunque todo parezca aullar en la fibra de cada historia.

Mi infierno en el Sename, de Edison Llanos -texto gatillador del montaje, da indicios letales desde el título; la muerte rondó esos cuerpos pequeños y muchos no resistieron. Es para no olvidar y condenar. Sin embargo, el olvido está más cerca que ninguna posible condena.

Evidentemente y con creces, para les niñes que participaron de la experiencia investigativa y creativa de La Peste, ha sido un aporte y les ha traído una valoración respecto de sus vivencias y las de sus pares, que difícilmente otra generación de niños, jóvenes y adolescentes anterior a esta posiblemente haya podido sentir. Y desde esa perspectiva, es alentador pensar que el teatro puede convertirse para elles en una herramienta transformadora.

Ficha Técnica

Dirección y Dramaturgia: Danilo Llanos Quezada/Elenco:Martina Ibáñez, Alanis Ibañez, Felipe Carvajal, Diego Becker Diego Jaramillo, Daniella Misle/ Asistencia de Dirección: Francisco Ruíz/ Música: Nagasaki/ Diseño: Luis Felipe González – Miguel Alvayay – Danilo Llanos/ Realización: Miguel Alvayay/ Diseño de Iluminación: Jorge Espinoza/ Realización Audiovisual: Francisco Olmos/ Fotografías: Sebastián Olavarría/ Coreografías: Macarena Celsi/ Producción: Centro de Investigación Teatro La Peste/ Técnicos: Andrés Ulloa, Joaquín Huenufil/ Duración: 50 minutos/ Calificación: Mayores de 14.

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