Extractivismo cultural del 1% en Valparaíso

Por Paulina Varas*

#Opinión

Algo debe preocuparnos a los productores culturales en Valparaíso, luego que algunas iniciativas relacionadas con las artes, desaparecen. Y no se trata ya de poner buena cara al mal tiempo. Eso, quienes trabajamos en Valparaíso, lo naturalizamos. Lo que debería preocuparnos es que estas desapariciones son uno de los resultados de todo un proceso de extractivismo cultural o explotación desmedida de valores culturales como falsa promesa de desarrollo social. Esto se vive en la ciudad desde hace por lo menos 12 años, justamente coincidente con la declaratoria de la UNESCO como ‘patrimonio de la humanidad’. Aunque antes de este hito también hubo operaciones que prepararon el terreno de la especulación y la privatización de nuestra vida cotidiana.

Se habla de gentrificación urbana, señalando a algunos arquitectos o grupos de arquitectos que lucran con su idea de Valparaíso diseñada según su propio gusto y rentabilidad económica. Arquitectos post neoliberales enarbolando ideas en torno a una ciudad inclusiva hacia fuera, esto quiere decir, hacia las relaciones públicas. Se juntan entre ellos, a cuatro paredes, a proyectar una ciudad con nuevos latifundismos de privilegios.

El sistema que vivimos hace que nuestra memoria se altere, que no recordemos en las luchas del presente, otras iniciativas que sustentan la ecología cultural que habitamos, que queremos que sea diversa, disidente, con identidades en pugna y no homogeneizada por proyectos que proponen que conformemos una única dosis sintetizada de una ciudad para consumir fácilmente. De ahí que quienes intentan asomar una mínima actitud crítica, sean rápidamente atacados con armas neutralizadoras del tipo “si hablas mucho, no tendrás financiamiento para tu proyecto en el próximo evento” o, “si opinas mucho, te haremos invisible”. Cada vez más común es este matonaje cultural en una ciudad con altos índices de pobreza y precariedad. Los sistemas opresivos, elaboran una serie de herramientas de control que luego de dar a luz engendros nuevos -cada vez que sea necesario- van mutando para controlar y ejercer poder. Justo por eso, cuando no se trata de poder económico, se trata de poder político, y viceversa.

Hay debates ciudadanos que se dan en el terreno más relacionado a los servicios y el turismo devorador, como por ejemplo la desaparición de un café típico, la demolición de un hospital, la alteración de una casa del barrio con la consecuencia para el vecino que queda sin tener sol ni vista, la ausencia del camión de la basura en algunos sectores, entre muchos otros. Cada uno de estos problemas corresponde a una operatoria proveniente de la ineptitud de las autoridades públicas o del apetito voraz de empresarios inescrupulosos. Pero mi interés ahora es llevar el debate a un terreno súper pequeño, pero que a la vez puede mostrar una forma de operar que afecta todo, y con todo, quiero decir la totalidad de nuestras iniciativas de sobrevivencia diaria, porque apelan a nuestra identidad desde la cultura.

Me detengo en aquel espacio que entendemos como las artes, en concreto las artes visuales, conectando dos sucesos distanciados en años pero conectados entre sí. El primero es la desaparición en el año 2009 de la Galería de Artes Visuales h10, que estuvo ubicada en la vitrina de los taxis del Cerro Alegre, en Plaza Aníbal Pinto durante 7 años, cuyos gestores fueron los artistas Vanessa Vásquez y Pedro Sepúlveda. El segundo suceso está ocurriendo en este mismo momento: Espacio G, activado por Mauricio Román y Joselyn Muñoz, deberá dejar de funcionar en la escalera Fischer del Cerro Concepción luego de 10 años de trabajo. Las causas del cierre de ambos espacios son las mismas: el hambre. Por supuesto no hablo del alimento para sobrevivir, sino de dinero por parte de los arrendadores cuando el costo del arriendo sube, una “expulsión pasiva” del tipo “no renovación del contrato” dentro de un proceso mayor que implica la supuesta rehabilitación, y efectiva especulación del sector para otros usos, otros intereses, otras ganancias privadas.

A la par de esta situación híper específica que dista en algunos años, han surgido en Valparaíso una serie de festivales coronados por uno más grande gestionado desde el Estado. En términos de costos asociados hay que señalar, de modo general, que los festivales pequeños iniciados y gestados por personas o grupos de la ciudad se hacen aproximadamente con menos de 100 millones entre aportes del Estado, de privados y cooperación internacional. El mega festival en tanto, rodea los 400 millones de pesos de aporte del Estado. Quiero señalar en qué medida esto define un proceso de extractivismo cultural. Se trata de un paralelo entre el extractivismo como modelo de explotación de los recursos naturales que han generado una serie de problemas en el contexto de América Latina (megaminería, los monocultivos, los pesticidas en las plantaciones, la ganadería descontrolada), y estos mega proyectos culturales que desde el evento a modo de show pro ciudadano maqueteado, parten del mismo principio: el instinto depredador, la avaricia, la acumulación de beneficios y finalmente una baja autoestima que los mueve a querer apoderarse de la potencia creadora de una ciudad y sus productores culturales. Tornando el contexto aún más precario, intrigante y egoísta. En los años 90 surgió el neoextractivimo como nuevo modelo de explotación, en el mismo clima en que se fue fundando la política cultural que hoy padecemos en Chile.

Hay un 1% de productores culturales en Valparaíso que se beneficia directamente con estos mega proyectos culturales, por un lado por los honorarios que se les pagan y por otro lado con poder en el ámbito cultural: porque hay un control de contenidos, control de actores, control de espacios y finalmente opresión de cualquier tipo de disenso. Y no se puede estar en desacuerdo porque los caudillos locales o los gestores metropolitanos actúan concertadamente en esta especie de bullying hacia las diferencias, lo que finalmente se torna en un problema de lucha de clases como fuerzas de trabajo precarizadas y dependientes. Se ha escuchado varias veces la cantinela prepotente “¿Y ustedes que proponen entonces?”, muy parecida a la famosa frase que el alcalde de Valparaíso le dijo a un afectado por el incendio de abril 2014 “¿Te invité yo a vivir aquí?”, su similitud radica en la nula observación del contexto, y el escaso interés por conformar redes de afecto permanente en el lugar.

Se trata de un escenario muy diferente al de las múltiples iniciativas de base, comunitarias y culturales que surgen de la mano de personas que no siempre están interesadas en el poder, aunque sí luchan por autonomía. Una red de cuidados, solidaridades intensas y disruptivas son las que van a hacer que la sobrevivencia sea como acupuntura, cada uno de nosotros activados en un común que elabore anticuerpos más fuertes para hacer frente a los engendros del poder. Lo común va más allá del control del Estado y de los intereses privados, está allí donde saben que sobrevive, donde no se puede encontrar fácilmente ni neutralizar. Se necesita una fuerte reacción sobre estos sistemas de explotación cultural que conviven con las producciones que producen autonomía diariamente. El primer paso es volver público un debate que se hace en el espacio privado de los afectados y los provocadores de esa desigualdad.

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Fragmento de cartografia crítica colectiva de Valparaíso CRAC/Iconoclasistas/Espacio Santa Ana www.cracvalparaiso.org

*Investigadora y curadora independiente. Licenciada en Arte por la Universidad de Playa Ancha y Candidata a Doctora en Historia y Teoría del Arte por la Universidad de Barcelona. Coordinadora de CRAC Valparaíso.

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