Erradicación Inmobiliara

erradicación inmobiliaria

Por Boris Kúleba Valdés*

#Opinión

Cada día surgen en Valparaíso nuevos movimientos ciudadanos y vecinales bajo la consigna de “salvar la ciudad”. En cada manifestación, declaración u opinión los participantes (me incluyo) afirman pertenecer a alguna agrupación surgida para defender causas tan variadas como los problemas que aquejan a Valparaíso. Creo que es una lógica reacción por algo que ya es evidente: no sólo el abandono y la codicia de nuestras autoridades están deteriorando la calidad vida en esta ciudad, sino que los mismos habitantes están abandonándola. Quizás las leyes del mercado o alguna siniestra planificación urbana están provocando que los ciudadanos y vecinos dejen de serlo, dejen de conocerse, de organizarse, no porque así lo quieran sino porque debido a la exagerada especulación inmobiliaria han debido dejar sus barrios o no han podido encontrar nuevos barrios en donde vivir, o han cambiado tanto el que habitan que ya son extraños en su propio territorio.

La organización vecinal, el núcleo de la vida comunal, está siendo desmantelada por el nuevo diseño urbano que el mercado está imponiendo: el conjunto, el condominio, el edificio, el loft; y los mismos vecinos se ven obligados a defender su sistema de vida organizándose, que es justamente lo que el amenazante nuevo diseño urbano quiere impedir.

Conozco gente que lleva meses e incluso años buscando un lugar para vivir en Valparaíso. Algunos sólo quieren arrendar, otros comprar, y sólo unos pocos han podido encontrar algo que se ajuste a sus presupuestos o siquiera a la realidad y que esté en condiciones de ser habitado. Es tal la especulación inmobiliaria que los únicos que pueden acceder a la mayoría de las escasas viviendas disponibles son justamente los especuladores inmobiliarios.

Los propietarios, las corredoras, o vaya a saber uno quién fija esos insultantes precios a sus propiedades, deben saber que las opciones de vivienda son pocas, que la alternativa a una casa es la torre infame que violó el plano regulador o el loft de lujo creado para gente con ingresos ajenos a la realidad porteña. Y se aprovecha de eso.

Por una parte, casi la única posibilidad que una persona común tiene de vivir en Valparaíso es mudarse a uno de esos diminutos departamentos en esas especies de colmenas monstruosas construidas sin ningún tipo de regulación y en donde es difícil formar una familia. Y lo más probable es que esa persona se avergüence al decir que vive en una de esas voraces torres de inmobiliarias (los eucaliptus de los edificios) que le han robado la vista y el respeto a sus vecinos.

Por otro lado, diversos clubes de arquitectos se han autoadjudicado una supuesta representación ciudadana, quizás imaginando que al “mejorar” lo que antes era un barrio con sus bloques de cemento boutique o sus casonas reacondicionadas para pasajeros de fin de semana están salvando a la ciudad, cuando en verdad están erradicando a los insolventes vecinos tradicionales que jamás podrían acceder a sus proyectos. Para ello adhieren a causas ciudadanas, oponiéndose, claro, a los inescrupulosos megaproyectos que podrían alterar la hermosa vista al mar que tienen desde sus asépticos negocios inmobiliarios y hoteleros, pero no dudan en erradicar a los vecinos o, como ya es una triste tradición, incendiar “casualmente” alguna histórica casona para interrumpir la vida vecinal construyendo sobre las ruinas su templo coworking, o destrozar tradicionales hospitales llenos de historia para reproducir en ese lugar el amurallado hábitat que sus selectos compradores necesitan, pretendiendo ambientar la ciudad bajo sus ideales como un gran parque temático sin habitantes, sólo con visitantes, y, pese a todo, presentándose descaradamente ante los desplazados nativos como unas especies de mesías.

En el fondo, ambos modelos de especulación inmobiliaria plantean lo mismo: sacar el máximo provecho a su inversión, sabiendo que eso implica acabar con la vida de barrio y con el mismo barrio, sólo que uno apuesta su ganancia en la cantidad y el otro en la calidad.

Mientras los administradores de esta ciudad fingen combatir la invasión de torres ilegales gigantes de bajo costo porque destruyen la ciudad y los clubes de arquitectos fingen representar a esos vecinos que no desean que se mezclen con sus clientes, el habitante se encuentra allí, desplazado, incapaz de acceder a un arriendo y ni siquiera capaz de imaginar la adquisición de una vivienda en su propia ciudad especulada hasta la usura, obligado a irse a vivir a alguna comuna menos patrimonializada o a disfrutar de la vista al mar en una claustrofóbica caja apilada en treinta pisos que le impide disfrutar de la misma vista a los históricos residentes de atrás y en donde su relación con sus vecinos consistirá apenas en un buenos días en el ascensor y un buenas tardes al conserje.

*Diseñador con mención en Gráfica y Licenciado en Diseño. Paralelo a su labor como diseñador y docente, ha participado en diversas campañas ciudadanas en la ciudad de Valparaíso.

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