En taxi por Managua

Por Jonathan Galarce

Trasladarse por la capital de Nicaragua no es difícil. Los taxis de Managua te siguen. Es como una especie de persecución, un juego cómplice entre el chofer y el turista: caminas unas cuadras, te tocan la bocina, dan una vuelta y te agarran en la calle para transar el costo del recorrido. Así fue mi relación con Andrés, el taxista que me llevó al hotel por ciento veinte córdobas desde el malecón, ubicado al oeste de la ciudad, en la orilla del lago Xolotlán.

Son las cinco de la tarde de un día martes, y a medida que avanzamos por la Avenida Bolívar el calor sofoca, tanto como las iglesias pentecostales que se levantan a orillas de la carretera.

-Qué creyentes son acá, le digo.

-Sí, ves allá –me indica una construcción abandonada que tiene un letrero que dice “Iglesia de Jesucristo”-  unos chicos la quemaron hace unos años.

Voy en el asiento trasero. Por mi ventanilla pasan las iglesias, que dan paso a los puestos callejeros de papas y pollos fritos,  y de mazorcas asadas sobre rejillas. El taxi se detiene, y yo también me detengo a observar estos mercados pobres y ambulantes donde las mujeres son las que vigilan, las que venden sus frituras, y las que posan envases de comida en sus cabezas, manteniendo un equilibrio presuroso pero perfecto.

El vehículo avanza y, a ratos, sortea a las motocicletas que se meten como moscas entre buses antiguos que tienen carrocerías toscas y colorinches: blanco, rojo y verde; amarillo, verde y rojo; celeste, azul, verde. En Managua todo es color y personajes de izquierda, o por lo menos así lo advertí cuando pasamos por plazas con monumentos a Salvador Allende, Augusto Sandino y Hugo Chávez, a quien se le construyó una rotonda con árboles metálicos de veinte metros a pedido de Rosario “Challo” Murillo, la esposa del presidente Daniel Ortega, por lo que explica Andrés.

El taxista me observa por el vidrio retrovisor y habla (pero solo veo sus ojos). No logro escucharlo por el ruido de los autos, hasta que se detiene en una parada y conversa con una mujer. Al parecer trata de realizar otra transacción. La situación es confusa: ¿Tomé un taxi o un taxi colectivo?

-Te llevo por cuarenta córdobas, le dice.  Ésta se sube en el asiento del copiloto.

Observo al taxista por ese mismo retrovisor buscando alguna aclaración. “Acá nosotros trabajamos así, el gobierno nos autoriza”, me dice luego de unos minutos.

Antes de llegar al hotel, Andrés ya había completado el límite de pasajeros: cinco. Me deja en el frontis del edificio y celebra el traspaso de las ciento veinte córdobas. “Que te vaya bien”, fue su última palabra. Retoma su recorrido hacia el sur de Managua persiguiendo a posibles pasajeros. Son las seis de la tarde.

 

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