En que nos parecemos Roberto Bolaño y yo

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¿En qué nos parecemos? En que lloraríamos a mares por los miedos que deseamos evitar a nuestros hijos e hijas. Y tal como dice Roberto, “desde la perspectiva de un padre (y de una madre, agrego) es muy difícil que la razón se pueda imponer”.

A esta conclusión llegué luego de leer la entrevista, que le hiciera Eliseo Álvarez, “Las posturas son las posturas y el sexo es el sexo”, y que aparece publicada en el libro Bolaño por sí mismo, Ediciones Universidad Diego Portales (2006: 35-36).

De seguro les parece petulante este título, en realidad algo provocativo para quienes ostentan títulos de sesudos comentaristas literarios. No digo críticos, en realidad ¿habrá algunos en la Región de Valparaíso? ¿Y en el país? Según las exigencias que el propio Bolaño impone, desde su particular punto de vista, nadie quedaría en pie. Pero ese no es nuestro tema.

Tomaré un atajo en el intento de explicar cuál es mi derrotero. En esta aventura recurro a Michael Flood, un australiano dedicado a los estudios de masculinidad. Él nos dice que debemos comprender cómo se construye la masculinidad, esto es, la producción social de lo que significa ‘ser un hombre’. A partir de los estudios de Robert Connel, en su texto La organización social de la masculinidad, Flood nos explica que existen múltiples masculinidades y feminidades, en el caso de los varones, una de ellas es la dominante o hegemónica, para ser Hombre con mayúscula, éstos deben ser fuertes, no emocionales, agresivos y heterosexuales. Todo aquel varón que se aparte de la norma será acusado de homosexual. Por eso deben estar siempre atentos y vigilantes de los límites que les impone el canon patriarcal, léase los roles que como Hombres deben aprobar. De lo contrario en Chile, por ejemplo, los llaman ‘mariquitas’. Siempre necesario volver a leer El lugar sin límites, de José Donoso.

Y con el ánimo de echar más pelos a la leche, como señala Bernardo Subercaseaux, en su estudio Masculino y femenino al comenzar el siglo (1993: 61), lo femenino asociado a lo pasivo y pusilánime, al ocio; en tanto lo masculino, como matriz de sentido a partir de la fuerza física, la violencia y el poder seductor, tres características básicas del machismo que pueden graficarse como el poder de dominar el entorno natural, a los otros hombres y a las mujeres como símbolo y trofeo de su virilidad (Guerra, Lucía, 2000: 17. Del libro María Luisa Bombal. Obras completas. Editorial Andrés Bello). Y me falta nombrar a Rousseau que escribió en Emilio que por ser nosotras tan sentimentales no podíamos ocuparnos de tareas como dirigir un país. El argumento de este connotado Ilustrado, que la mujer estaba regida por el sentimiento y no por la razón, por tanto no podría tener la ecuanimidad necesaria frente a terceros en las asambleas ni defender el concepto de ciudadanía como un derecho.

De tal forma si nos apegamos a los que nos indica la norma, nosotras las mujeres tendríamos el permiso de llorar todo lo que queramos y deshacernos en lágrimas si nos diera la gana. Los Hombres con mayúscula NO.

Algo poco académico, agrego. Me gustó cuando el personaje de “Pituca sin lucas”, alias “el tiburón”, lloraba tupido y parejo.

Cuando Eliseo le pregunta a Roberto ¿coincides con quienes dicen que el momento más feliz, pero también el más dramático, es cuando el hijo se va? “No coincido con eso. Si por mí fuera, me gustaría vivir cien años y estar protegiendo a mi hijo siempre. (…) Tal vez desde la perspectiva del hijo la razón se imponga, a Dios gracia, pero desde la perspectiva de un padre es muy difícil que la razón se pueda imponer. Uno actúa visceralmente, actúa conforme se van acumulando los miedos y las angustias”.

Los miedos resurgen multiplicados por cien (sic), confiesa Roberto. “Yo puedo soportarlos, pero no quiero que los soporte mi hijo. Es espantoso eso. Y ahora tengo una hija (…), me pondría a llorar”. Y la respuesta a esa pregunta concluye “La única explicación que podría darte es echarme a llorar. Es el colmo de los colmos”.

La nomenclatura patriarcal subsiste. Alguien ¿podrá decir lo contrario? Roberto Bolaño rompe esa rígida estructura. A ver si alguien se atreve a decirle ‘mariquita’ tan sueltos de boca como a veces somos, sobre todo ‘Esos’ llamados ‘machos recios’. Por eso. Lloro abrazada a Roberto con todas mis ganas. Y seguiremos llorando por una eternidad.


Por Rosa Emilia del Pilar Alcayaga ToroPoeta y periodista. Académica Universidad de Playa Ancha.

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