Ellos ocuparon la fuerza

Rayado callejero. Chile 2019.

Por Jonathan Camps

Por todas partes del territorio chileno, una masa humana ha ocupado los espacios públicos. Un mes ya, y van para dos, tres… El tiempo avanza, amenaza con no acabar. El año nuevo se ve amenazado. No porque el calendario no pueda seguir, como en el día de la marmota y el eterno retorno de lo mismo, sino porque ese tiempo, el tiempo de lo mismo, ya no rige el “ahora”.

El 18 de octubre implicó una ruptura en la temporalidad de lo mismo, ruptura simbólica en la que diversos cuerpos han sido interpelados y conminados a un desobedecimiento del paradigma de la gobernabilidad que rige el “tiempo común”. Ya se lee en distintos espacios a modo de juego hablar de un nuevo calendario.

El tiempo es la dimensión más elemental a partir de la cual comprender la existencia; por ello, no es menor que sea el fin del año nuevo una de las cuestiones que alarman a las autoridades. Gobernar el tiempo implica no solo establecer el huso horario sino dominar el espacio y los modos de habitar esa espacialidad desde la afirmación o negación de determinadas maneras de poner en circulación la corporalidad humana.

Es evidente, y por lo mismo cabe recalcar que el paradigma de gobernabilidad opera en la represión de determinados movimientos de fuerza que amenazan el “orden público”, que no es otra cosa que interpretar de una determinada forma el devenir tiempo del espacio y el espacializar el tiempo.

Y si bien una turba puede ser dominada mediante lacrimógenas, perdigones, y chorros de camiones lanza aguas, la manera de -¿qué palabra usar? ¿someter, educar, dominar, reprimir, adiestrar, reducir, etc? ¿cómo nombrar la forma en que estos cuerpos individuales han de ser “reorientados” por el gobierno el poder soberano hacia ciertas formas de actuar? – movilizar la anatomía individual, la singularidad de cada ser humano, para poder ejercer ahí una violencia que pone en cuestión su dignidad, es otra.

Pues desde el “mero” desnudamiento hasta los golpes, amenazas de violación, torturas hasta violencias sexuales de todo tipo muestran que la política de la policía ha sido de forma generalizada o sistemática la violencia de reducir la anatomía a una contabilidad, al cálculo.

El ejercicio del desnudamiento y la realización de sentadillas, como hechos en sí mismos, parecen no tener mayor importancia. Todos nos desnudamos en algún momento del día, antes de tomar una ducha, o en la intimidad del acto sexual, y es muy probable que tal desnudo, el primero ante sí, y el segundo frente a otro, no implique mayor inconveniente cuando no hay constricción externa. Siempre puede estar la incomodidad de verse directamente, del miedo a verse ahí donde hay algo de mí que no me gusta, pero incluso en esta dimensión íntima y en el soledad del baño opera un mínimo de mecanismo de evasión que hace que siempre se nos escape algo nuestro. No terminamos nunca de tener el pleno dominio de sí, y ello implica una responsabilidad infinita frente a sí y frente a los otros.

Pero lo que acá se muestra como una cuestión personal de mecanismos subjetivos de represión psíquica, más o menos abordables desde un fuero interno, opera de forma distinta cuando es el policía quien te obliga a desnudarte, quien te apalea.

En ese momento, en el baño o calabozo de tu comisaría local, no eres más que materia dispuesta a ser reorientada al devenir de este tiempo. Tu dignidad parecerá valer nada y la fuerza que será ejecutada sobre tu cuerpo no dependerá sino de la voluntad de esa gran masa que es el Sistema, materializado en el policía. Te habrás vuelto un ser hostil…

Te cogen de los brazos, por las axilas, uno a cada lado, pero no sabes bien cuántos son. El piquete vino hacia ti como una sola unidad, unidad de combate que se mueve como una gran cucaracha, un bicho gigante. Te toma, te tironea y tu fuerza para resistir es vana. No cabe oposición. Saben dónde agarrarte para mantenerte inmóvil. En el piso, doblan tu codo de forma tal que cualquier movimiento implicará una luxación. Su rodilla sobre tu cuello, un pie presionando la parte posterior de tu rodilla. Quietud. Te llevan al bus. Adentro dos, tres, cuatro. Todos contra ti. Eres un saco de papas al que tiran del cuello hasta el piso. Tu rostro impacta contra el piso. Te dan lumazos. El ambiente es tenso. Gritan. Te gritan. Te hacen sentir que están jugándose el pellejo, que están en una situación de vida o muerte. Todo avanza rapidísimo. Tu capacidad de acción es nula. Puedes hablar, decir algo, insultarlos. Puedes insultarlos y decirles pacos culiaos. O puedes callar y escuchar un instante… mientras te ponen las esposas. Cabro culiao, vago de mierda, conchesumadre, comunista, hijoeputa, maricón, puta. Te lo gritan con odio. Te aprietan las manos con las esposas. No puedes mover el brazo. Estás en el piso. No recordarás sus palabras. Muchas. Esa lluvia de insultos será como un exceso que olvidarás ¿Fue un minuto o cinco en que el tiempo pasaba y te preguntabas cómo has llegado acá si afuera ibas sólo caminando, si sólo estabas filmando, si sólo te sentaste como acción pacífica frente a los milicos? Pura no acción, pasividad. De repente aparecieron y ahora estás ahí.

Tu hostilidad pasiva, tu hostilidad de haber gritado, grabado un video que los comprometía, tu hostilidad de no seguir el orden público, de no respetar sus reglas, tu hostilidad de un cuerpo a contracorriente, que viste y se mueve “distinto”, les harta. Quieren acabar contigo. Lo ves en sus caras. “Un enemigo en mi camino”, han de pensar. Lo ves en el rostro de quien te golpea, delata su mirada bestial, soberana, y se molesta más cada vez que lo miras, como si ese saberse visto lo provocara. Y la impotencia de no poder hacerlo ahí mismo, de no poder dispararte, los enerva. En lugar de ello, te golpean más. Te obligan a desnudarte. A hacer sentadillas. Se burlan de ti. Te tratan sin respeto, no eres un ser humano. Eres una cosa a disposición ajena. Más aún, no eres. Ya no hay tiempo ni ser para ti. Te han reducido a un deshecho, menos que nada. Eres la fractura, la consciencia de que hay el mal, y ellos quieren eliminarte. Tu saber del mal es lo que ellos quieren sacar de este mundo. Te has convertido en el otro, la otra, lo otro. Aquello que no quieren mirar y que mirando como por el rabillo del ojo, pretenden aniquilar. Sólo esperan la orden. Y el hecho de que no llegue nunca es más brutal. La orden sólo llega sin llegar, como exceso, como “falta protocolar” como algo “menor”, un desliz, pero que en ningún caso será sistemático o premeditado. Tú eres esa fractura en el tiempo, lo que amenaza con evitar el fin de año. El cotidiano cierre de ciclo.

Después, con algo de suerte, te sueltan. Cualquier excusa será válida. Que no estabas haciendo nada. Un salvoconducto a medianoche, pasado como control de identidad. En el mejor de los casos será eso. En otros te arrojarán a mitad de la calle o saldrás porque alguien ha reclamado en tu nombre, afuera. O vendrá el proceso, la pesadez del aparato estatal… Todo eso con algo de suerte, si fuiste fuerte, si la resistencia de tus costillas y la flexibilidad de tu musculatura soportó lo indecible. Si no te dispararon al rostro, a los ojos, para que no puedas devolverles la mirada e interpelarlos. Es más fácil ver sin ser visto. Es más fácil golpear a quien no es, y para eso primero tienen que reducirte. Evitar toda posible interpelación de tu parte.

La única manera que tienen de recuperar la normalidad, de volver al calendario, es la fuerza originaria del soberano ya instituido, la violencia de un origen donde no vales. 

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