El Tiki

Una foto de calle Cochrane, barrio puerto de Valparaíso en los 80′, publicada en Facebook despertó la nostalgia y los recuerdos de nuestro amigo y lector Héctor Aguilera. “Del Tiki (letrero verde), que aparece en primer plano a la izquierda con ventanas de marco negro, una vez sacamos en bolas, sentado en una taza de baño y en andas a un amigo que estábamos despidiendo de Chile, con una corte de chiquillas en bolas detrás…hasta la calle…Maravilla”, rememoró en los comentarios más abajo de la foto publicada. Fue tanta nuestra curiosidad de saber algo más de lo que en el “Tiki” se disfrutaba, que lo invitamos a escribir este relato. Lean.

 

Fotografía: Eric Rivera Cervantes.

Fotografía: Eric Rivera Cervantes.

Por Héctor Aguilera Araya, Viña del Mar, otoño 2014

“Quédese todo lo que quiera, mijo” la escuché musitar con dulzura de madre. A mi lado, en el camastrote sin memoria descansaba una mujer fantástica, única. Ni delicada ni musa de nada ni nadie. A mi lado me abrazaba, amorosa y feroz una mujer inasible. Una morena porteña de tal porte y presencia que bien pudo aplastarme si no supiese yo en qué estaba y en qué anduve toda esa noche. Su brazo me rodeaba y frente a mí, sin huída posible, dos enormes y nobles pechos trabajadores me miraban directo a los ojos. No me moví. Era el lugar perfecto para recibir a la muerte un domingo a las tres de la tarde.
Sucedió que una simple fotografía teñida de años setenta ilustrando el ya desaparecido Barrio Chino de Valparaíso abrió el torrente de recuerdos sin darme anuncio ni precaverme ante lo que vendría. La fotografía mostraba los lugares de la bohemia, los antros de la conversa y el manoseo y los rincones donde el deseo pantagruélico chocaba y se mezclaba con un delicioso tono de ligereza, simpatía, sonrisa y simpleza. Ahí, agazapado entre los letreros apareció El Tiki y sus ventanas y apareció también, iluminado, el mullido recuerdo de una noche de inolvidable canto a la amistad y al maraqueo entre damas y caballeros.

Se nos iba el Flaco a Suecia. Por esos días, 1983 u 84, todos parecían irse a Suecia. No había trabajo aquí y habían rubias pulposas allá. La ecuación estaba resuelta.

Se nos iba el Flaco y junto a un grupo de amigos quisimos despedirlo en grande, a la medida porteña, a lo brutanteque, a lo bestia, entre la pena de la partida y el cosquilleo del navegar en mar rizada.
Ya andábamos caramboleados, los pijecitos viñamarinos, recorriendo bares, cruzando miradas, entrando por una puerta y saliendo por otra, con la confianza del que ya conocía y del que sabía tratar a las señoritas.

Ahí, entre Aduana y Sotomayor todas, todas eran señoritas.

Nunca supe porqué nos quedamos en El Tiki, pero sí supe que lo cerramos.

Las chiquillas felices, nuestras musas envueltas en enaguas baratas, pero limpiecitas, oliendo a lavanda de a peso el litro, pero llenando el aire con amor del bueno.

Cantamos, tomamos, cantamos, reímos, cantamos y abrazamos. Cada cuál con su cada quién o todos en una ensaladera, daba lo mismo. Había ponchera, había clery. En cuanto a mí, un par de piscolas decidieron mi destino.

Se nos iba el Flaco y lo reíamos y lo llorábamos. Le ofrecíamos un harém. Todo un harém porteño a su gusto y gana “y pa lo que pueda servirlo, mijito rico”. El flaco era guapo, los ojitos azulitos derretían a las señoritas. Lo vi subir con dos y bajar con tres. Era un ir y venir de piernas y apuros sin apuro. Un verdadero desfile de ascensores porteños a ritmo de cumbia y de Los Angeles Negros, de eso sí me acuerdo. Ah, y también de Leo Dan, una balada que bailé varias veces mientras recorría geografías convidativas y ronrroneaba como gato recién destetado. Leo Dan, nunca más olvidé esa canción.

Hubo de todo. Lo nombrable y lo innombrable. Total, la casa estaba cerrada. la llave del Paraíso se escondía en medio de un buen par de tetas y de ahí no salió, hasta cuando la señorita quiso.

Amanecía y ya quedaba coronar la bacanal declarando al Flaco como el Emperador de esa noche única. Y así fue, con desfile y todo. Pillamos en un rincón de maestreo el trono perfecto: una taza de baño, nueva, brillante y sentamos al Flaco, borracho y desnudo, para presentarlo a su corte. Nadie podría haberlo hecho mejor. Lo bajamos en andas, con una sábana como capa de armiño y todas las ninfas atrás en cortejo. Todos en pelotas dando vivas por el viajero. La calle Cochrane a las seis de la mañana, con algunas señoritas asomadas a las ventanas, fue testigo de la más bella entronización de que esos puteríos tengan memoria.

Lo paseamos, felices; y felices y con las presas congeladas nos devolvimos al Tiki, a seguir la jarana.

No había tiempo medible. Solo jarana.

Así me encontré, así me desperté, muchos sudores después, acurrucado con la señorita de turgencias monumentales y convidativas. Supe de la generosidad porteña sin tiempo ni tarifa.

“Vuelvan cuando quieran”. Y como caballeros, volvimos. Y volvimos. Y volvimos.

Y ahora vuelvo, empujando recuerdos tras una foto amarillenta y esa canción de Leo Dan que no me sale de la cabeza y me hace volver aquí, ahora casi viejo, a un clic irrepetible en mi vida de fina bohemia.

El Flaco, por supuesto, nunca más volvió de Suecia.

El Flaco, lógico, mucho menos, pagó alguna cachita.

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