El Piojo

Fotografía de Jorge Severino

Fotografía de Jorge Severino

Esta historia tuvo un lugar. Una esquina maloliente, en un puerto, bien avanzada una noche. No podía ser de otra manera, el privilegio de conocer al «Piojo» y a su pandilla no era para un escenario bonito. Nosotros éramos un pequeño grupo con ánimo de pasarlo bien, nada nuevo, básicamente buscando fiesta y algo para la mente. Un amigo, usando a su favor las redes sociales orientadas a encuentros pasajeros, concertó la cita. Esa esquina fue el punto de encuentro.

Por Carolina Vaccia

La química fue inmediata con los nuevos amigos. Ahí estaban el flaco del contacto, un punk sofisticado y bueno para los negocios turbios y la Tota Verónica, masculina, maceteada pero delicada travesti, invitando a los que pasaban por la calle a entrar a la fiesta que habían organizado. “Dos lucas y la diversión asegurada”, nos dijo seductora y fina la Tota. Pero a nosotros nos pareció más divertido quedarnos afuera y apoyar la causa de captar gente para el evento.

Estábamos en eso, cuando apareció un tercer integrante que de inmediato robó nuestra atención. El Piojo era gitano o, por lo menos, decía serlo. Por sus rasgos daba con el estereotipo; tenía ojos pardos chiquititos y medio achinados, pestañas largas, muchos ángulos y una nariz protagónica. A no ser por la ausencia del diente delantero todo era armónico en su cara, pero más que eso, lo que lo hacía gitano era su corazón desarraigado.

Él no pertenecía a ningún lugar, más bien, el Piojo le pertenecía a vida o, mejor dicho, a la mala vida y a las villas miseria. Era el rey de la improvisación; saber dónde dormir esa noche no estaba dentro de sus preocupaciones y como buena serpiente encantadora se puso a contar historias; se pasaba de una a otra, se reía y nos coqueteaba uno a uno, sin importar el género de la audiencia. Por mientras, la Tota Verónica movía la cabeza de un lado a otro y suspiraba. Era testigo de cómo el Piojo nos seducía, nos enamoraba y seguramente había visto esa misma escena, con diferentes víctimas, muchas veces.

Cada uno de los micro relatos inconexos del Piojo nos llevaba de la risa al silencio en un dos por tres; ninguno tenía final feliz. Lo primero que nos dijo fue que él era un hijo de perra, no por malo, sino porque su madre era una verdadera perra. Nos contó que había vivido en varios países pero que se sentía cómodo donde no hubiera ley, y mucho menos, dios. El Piojo era un ser anómico que no rodaba por los cerros del puerto, sino que rebotaba y le pasaban cosas, por lo mismo, yo estaba segura que la pérdida del diente tenía una buena historia detrás. Ya en confianza y en el relajo de lo fumado me atreví: ¿Qué te pasó en el diente, Piojo? Él estaba tan entretenido con su público que nunca pensé que iba a llamar su atención. Dejó de inmediato la conversación, echó la cabeza hacia atrás antes que su cuerpo y me llamó a salir del grupo sólo con la mirada. Le hice caso.

Fotografía de Jorge Severino

Fotografía de Jorge Severino

“¿En serio querís saber qué me pasó en este puto diente?”, el tono fue amenazante así que dudé si quedarme a escuchar, pero sentí que dejar de ponerle atención podría ser un acto de soberbia imperdonable para el Piojo, así que me quedé y asentí. Y empezó: “Este diente me lo rompió la única mujer que he amado en la vida, hace un mes, hace un año, no me acuerdo, pero fue esa puta maldita”. En un abrir y cerrar de ojos me estaba apuntando con el índice mientras su cara se transformaba cada vez más. Los ojos se le pusieron más rojos de lo que ya los tenía, pero esta vez no por causa noble, sino por odio. No tardé en darme cuenta que para él, en ese momento, yo era la personificación de la mismísima mujer amada-odiada y, el momento, era el mismo que terminó con un certero golpe en su boca: “Me cagaste la vida, te fuiste con ese cabrón y te llevaste a mi hija; igual ni me importa mi hija, ¿que te creís ahora? ¿te creís una mina libre? ¿de cuándo que soy feminista si siempre te hay arrastrado por mí? ¿qué te pasó puta? Que siempre me esperabai, aunque yo me fuera con otras minas y con otros locos y aunque te contagiara de mil hueás, siempre me estabai esperando”.

La verdad, no sé cuantas veces en su monólogo de un minuto dedicado a mí – a ella- utilizó la palabra perra, la palabra puta, ni la palabra maldita. Ahí estaba yo con la espalda cada vez más enterrada en la reja de fierro. Ahora su dedo estaba a un centímetro de mi cara. Me di cuenta que lo que me apuntaba no era un dedo cualquiera, era el dolor de toda su vida, lo que lo hacía más peligroso que un cuchillo.

Sentí olor a violencia. Tenía dos alternativas, salir corriendo y salvar ilesa ó, agarrarme de valor, arriesgarme y justificar el origen de una historia para contar. Entonces me arriesgué y la mejor alternativa fue la provocación. Inspirada en lo repulsivo que me resultó su machismo y su violencia autojustificada hacia la que decía era la mujer de su vida y a su propia hija, traté de darle una estocada reformadora y vengativa: “Lo que tú no puedes aceptar Piojo es que te rompieron el corazón”.

Listo, entregada a la consecuencia de tal acto temerario cerré los ojos – en realidad los apreté intentando dejar uno suficientemente entreabierto que me permitiera ver su reacción-, aguanté la respiración y me puse rígida esperando, mínimo, un empujón. Pero pasaron los segundos y nada. El dedo, en lugar de cerrarse y unirse a la fuerza del puño, empezó a bajar junto con el color rojo de sus ojos. Mientras yo volvía a abrir los míos y retomaba un tímido aliento, el Piojo se calmaba. Dio un paso hacia atrás y me miró fijo. Claramente ya no estaba viendo a esa mujer, sino que a mí. Inclinó la cabeza hacia un lado mientras cruzaba sus brazos y me miró con ternura, casi con compasión y me dijo: “Yo nací con el corazón roto”.

Volví a quedar sin respiración. Hubiera preferido el golpe. Quise desesperadamente pedirle perdón en nombre mío, de su madre, de todos y de todo, pero él no estaba para teleseries, ni finales felices. Lo que vino después fue el vacío, pero no para él, sino para mí. El Piojo rápidamente volvía al coqueteo con el grupo mientras yo quedaba atrapada en el silencio; en su silencio.

 

 

 

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