El país de los sombreros

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Por Guido Guarda*

Roberto, un arquitecto de la ciudad puerto caminaba impaciente por las calles sin rumbo fijo. Su gabardina café inspiraba en él un instinto de confianza que hace días había extraviado. En ese momento ocupaba uno de aquellos legendarios sombreros rusos –el ushanka– pese a que el frío fuese, más bien, modesto, y evitar así que sus pensamientos se fugaran de pura ansiedad.

El ushanka había sido confeccionado con piel de zorro ártico por algunas tribus mongolas desde hace muchísimos años, manteniéndose oculto para el resto del mundo hasta principios del siglo XX, cuando las guerras del norte de Rusia empujaban a miles hacia la muerte. Desde entonces el Ejército Rojo lo adoptó como parte oficial del uniforme de invierno, para soportar los gélidos vientos de la tundra siberiana, que eran capaces de arrebatar más que vidas, profundas convicciones.

Su ex novia, Leonora, siempre resplandecía con su sombrero de astracán, peludo y alto, como si llevase un enorme pene sobre su cabeza. Es que ella era, por sobre todas las cosas, una castradora, de las que merodeaban por la vida abatiendo virilidades y dejando sólo melancolías acabadas, o restos de hombres. Ni siquiera André, quien fuese hermano de Leonora, había podido encontrar excusa para evitar enamorarse, sin remedio, de lo que suponía tan desmedida hermosura.

El día que Leonora y Roberto se distanciaron, comenzó lo que hoy se conoce como la primera relación incestuosa de Valparaíso. Roberto había quedado horrorizado, desquebrajado, destruido y vuelto jirones.

Más adelante, arriba del tren del despecho, Roberto conoció a una chica que llevaba sombrero de balmoral, con la que emprendió un viaje de rumbo fijo; pero sobre la marcha comenzaron a lloverle sentimientos encontrados, y terminó atrapado en ese juego insano de pretender chicas a diestra y siniestra, con la única regla de que llevaran sombrero por sobre la cabeza.

Cuando Leonora se enteró de las andanzas de Roberto decidió al fin abandonar a su hermano, y comenzó a repetir la misma pauta. Uno tras otro comenzaron a acumularse los sombreros en una lucha descarnada de fauces y garras, y no tardó en transformarse en la femme cocodrilo fagocitante -como diría Lacan-, pero esta vez sin un palito que entorpeciera su mordida.

Se habían transformado en auténticos coleccionistas, como si se tratase de medallas o banderas de conquista; chullos, boinas, tuques, gatsby, ascot, taqiyah, tembel, e inclusive un par de cloché’s podían encontrarse colgados en distintos rincones de sus casas de cerro. Al cabo de un tiempo la industria de sombreros comenzó a proliferar tras la creciente demanda, y toda la línea textil de un puerto empezaba a volverse cada vez más cosmopolita. Valparaíso se había transformado en un frenesí de devorarción y sombreros, y la cosa no pintaba para bien; ya pasado un tiempo no sólo podían encontrarse sombreros, sino devastación y soledades infinitas.

La moda se había esparcido; hombres y mujeres en despecho habían encontrado ahora en el bar Liberty el refugio perfecto para depositar sus trofeos de guerra, y rápidamente sus paredes y techos comenzaron a cubrirse de todo tipo de gorros y sombreros (…) entonces algo crujió ese día; un dieciséis de agosto de 1906, cuando se ocupó el último espacio disponible de la pared del mítico bar Liberty, el gran terremoto sacudió la ciudad desde sus cimientos.

Algunas personas comentaban que el terremoto fue quien había empalizado los cuarentaitantos cerros actuales del Valparaíso infausto (…) mientras otras decían que no habían surgido por esa razón: que las grietas y quebradas siempre habían estado ahí, tan sólo que nunca antes habían dividido a la gente: desamores de cerros, sombreros y quebradas; los lamentos de decenas de miles de mujeres y hombres habían terminado por agrietar la tierra, partiendo el territorio que pasó de tener dos cerros – el Almendral norte y el Puerto al sur – a tener cuarentaidós.

Desde entonces Valparaíso se conoce por ser la ciudad con más sombreros del mundo, y también con más quebradas. True story.


*Acerca del autor: Chilote de 29 años, estudié Psicología en Valparaíso y viví allí durante 10 años, en calle Pudeto. He publicado 3 libros literarios: Como una minga; Lo que Volvió a Juan Desertor; y La Revolución de las Peras, también de cuento y microcuento. He publicado también dos libros de investigaciones académicas sobre comportamiento perverso y psicoanálisis urbano, respectivamente. También he publicado en algunas revistas, como Repliegue, de Filosofía latinoamericana, y Revista de Arquitectura de UTFSM.

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