El ombligo del escritor

¿Desde dónde se escribe?

¿Desde dónde se escribe?

Por Marcelo Beltrand Opazo, periodista

Encontrar el punto medio entre nuestro propio narcicismo y la empatía con el lector; dejar y dejarse llevar por la ficción, rescatando nuestras historias y separándose, a la vez, de ellas, desprendiéndose, abandonándose a la mentira que es, la literatura.

El escritor vive el engaño más brutal que existe, se observa a través de sus personajes, como en un espejo, pero no se ve, porque sólo aparecen estos, transmutados, desfigurados, mientras él, se engaña y se dice que esos son otros, y que esos otros no tienen nada que ver con el autor. Pero en privado, frente al computador, con la luz apagada y su rostro alumbrado solo por la pantalla, se mira y, esta vez, se ve, se observa. En ese momento, el espejo funciona y refleja sólo al autor, sin caretas, sin máscaras. Ahí, justo ahí, vuelve a él, vuelve a su ombligo. Se para desde su centro y proyecta las historias, construye, como clones de él, a personajes, con rostros, con gestos y actitudes; recurre a sus propios miedos, a sus emociones, a sus dolores, a sus amores.

Roberto Calasso dice que “escribir es aquello que, como el eros, hace oscilar y vuelve porosos los límites del yo”. Cuanto más nos acercamos a nosotros mismos, más doloroso es la escritura, más porosos son los límites. La escritura, más que un escape, es un salto al vacío, nada inocente.

Escribir desde el ombligo, como punto de inicio, es un recurso que se utiliza, pero del que no se debe abusar. Por otra parte, es cierto que todo lo que el escritor escribe tiene que ver con él mismo, pero, el lector no tiene por qué enterarse de eso. Claro, si escribe su biografía, está declarando abiertamente, que lo que se va a leer, es toda verdad, o, se acerca a ella, es lo que llaman, no ficción. Pero si dice, que es una novela o que son cuentos, lo que está diciendo, es que ha escrito ficción. Que los personajes no son reales, que ha distorsionado los hechos, que ha construido un pequeño mundo a su entero antojo y, puede que todo lo que cuente sea cierto, es absolutamente toda la vida del escritor la que está contando, con otros nombres, otros escenarios, otro tiempo, pero, el lector no se entera, no sabe, no se dice, a lo más, lo intuye. Ese es el secreto. Cuando se escribe, se juega al ocultamiento.

Murakami, en su libro Al sur de la frontera, al oeste del Sol, utiliza, como parte de la vida del personaje, su propia experiencia como dueño de un club de jazz, de eso nos enteramos si leemos el libro De qué hablo cuando hablo de correr, del mismo autor, ahí cuenta parte de su vida, relata sus reflexiones, sus dudas, sus miedos. O tenemos el caso de Kundera, quien se incluye en gran parte de sus libros, por no decir en todos, es su experiencia la que está relatada, pero, la historia, los personajes, las escenas, superan al recurso. La historia por sobre la herramienta literaria.

Y para qué nombrar a Borges, quién era parte de sus ficciones, de sus engaños, él y sus amigos. Y lo hace desde un no lugar, desde un espacio no pensado por el lector, y quizá, sea eso lo que sorprende de Borges, que sea capaz de situarnos en ese espacio que es su propio ombligo, el lugar de sus fantasmas. El mismo Foucault se sorprende con el texto “El idioma analítico de John Wilkins” de Borges y lo utiliza en el prefacio de su texto “Las palabras y las cosas”; se sorprende al constatar justamente ese no-lugar con el que juega Borges, satírico y burlón, transgrede la geometría, al instalar la imposibilidad del pensar, del imaginar. Y nuevamente, el salto al vacío.

La escritura es algo así como un juego de máscaras que a simple vista o lectura, se ve con la más supina inocencia, como si el ejercicio mismo fuera un aliciente catártico. Afortunadamente la buena literatura es más que eso. Así como el lector puede observar a través del ombligo del escritor con cada novela y relato, también debe saber, que aparece, claramente, tarde o temprano, el sustrato ideológico. Quien pretenda escribir y ser inocente en cuanto a lo que dice y relata, se equivoca, porque ningún escritor lo es. En ningún momento puesto que la palabra es transgresora en sí misma. Y la buena literatura subvierte el orden. El escritor desde su ombligo se yergue y salta al vacío, al no lugar que es el lenguaje. El espacio de lo no dicho, de lo heteróclito, que es el lugar de Borges.

Por otra parte, debemos saber que el lector busca la utopía en la lectura, pues, como escribe Foucault, ésta consuela, porque si no tienen un lugar real, se desarrolla en un espacio maravilloso y liso; despliega ciudades de amplias avenidas, jardines bien dispuestos, comarcas fáciles, aun si su acceso es quimérico. El lector, busca la salvación en la lectura.

A su vez, el escritor ejerce una posición de poder sobre el lector, y el lector, permite ese ejercicio, esa imposición del no lugar, de lo no pensado. Y a su vez, es ese mismo ejercicio e imposición de poder es el que transforma al lector. Pero la transformación no es unilateral, es bilateral, se transforma el escritor cuando escribe, y se transforma el lector cuando lee. La lectura es una ejercicio transformador, revolucionario. Acá, nadie es inocente. Cuando el autor toma conciencia de su práctica, deja la inocencia, deja de creer que lo que escribe es un acto aséptico, un acto meramente artístico y decorativo. Y cuando el lector descubre el peligro de la palabra, del libro, se vuelve cómplice, se hace parte de esta maquinación que significa leer.

Porque en cada palabra el texto resume todo un corpus ideológico, otros mundos, otras formas de ver la vida y el presente. Es desde el ombligo que se mira y se construye el mundo, desde el ombligo del escritor y desde el ombligo del lector. Y lo que el lector hace es finalmente mirar, fisgonear a través desde esa ventana. En un acto voyerista el lector se asoma impúdicamente a ese espacio secreto, que no es más que la morada de sus propios fantasmas.

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