El feminismo incomoda, la violencia que denuncia, no

Caminata del Silencio. Fotografía de Angela María Tobón Coral.

Caminata del Silencio. Fotografía de Angela María Tobón Coral.

Por Carolina Lafuentes Leal*

Como activista feminista he podido constatar que el feminismo suele generar reacciones antagónicas. Por una parte, se encuentran quienes quieren comprender su contenido de modo profundo para integrarlo como una forma de análisis, más allá de la frase reduccionista “el feminismo es lo mismo que el machismo, pero al revés”. Por otra parte, existe una gran cantidad de personas que agreden a las feministas desde su ignorancia, con adjetivos despectivos como “exageradas”, “cuáticas” y “densas”.

Y sí, las feministas sabemos que estas agresiones se deben a que nuestras propuestas cuestionan un sistema cultural convencional, que se apoya en lugares comunes como “la familia es lo más importante”, “la pareja para toda la vida”, “las mujeres se realizan siendo madres”, etc.

El pasado 25 de junio, mientras una vez más muchas mujeres salíamos a las calles de Valparaíso a denunciar los femicidios en la Caminata del Silencio (59 femicidios frustrados y 23 consumados en lo que va de 2016), escuché a varias mujeres adultas explicar el sentido de esta caminata a niños y niñas con la frase: “ellas caminan por las mujeres que son asesinadas, maltratadas y agredidas”. Aquí es donde observo un gran problema: la violencia aún es comprendida como algo lejano, algo que les pasa a las mujeres otras, allá afuera, allá lejos. Sin embargo, existen numerosas formas de violencia que nos afectan a las mujeres cotidianamente en lo público, entre ellas: el acoso sexual callejero, que se expresa en piropos supuestamente ingeniosos y agradables; la publicidad sexista, que dispone de nuestros cuerpos como objetos de consumo en las calles y medios de comunicación; el lenguaje sexista, que nombra todo en masculino, borrando e invalidando nuestra existencia; los imaginarios de la moda y la belleza occidental, que vienen acompañados de tacos incómodos, dietas absurdas y rutinas de gimnasio sin sentido. Estas también son formas de violencia. Se trata de una violencia simbólica que hoy podemos nombrar y denunciar gracias al movimiento feminista, que no ha descansado en este trabajo.

Rita Segato nos plantea en su libro Las Estructuras Elementales de la Violencia: “El patriarcado es entendido(…) como perteneciendo al estrato simbólico y, en lenguaje psicoanalítico, como la estructura inconsciente que conduce los afectos y distribuye valores entre los personajes del escenario social” (Segato: 2010).

Debido a esta estructura inconsciente que señala Segato, reconocer la violencia vivida por las mujeres en lo íntimo-afectivo es complejo y requiere un trabajo delicado, sobre todo porque se cree que “a mí no me pasa” o que en situación de pareja “no es tan grave”, que “él va a cambiar”. Esta negación a conectar con la experiencia de ser violentada, revela que la autoestima, el deseo y el placer están únicamente en función de una familia o pareja, haciendo del vivir de las mujeres una situación de despojo permanente de nuestra autonomía.

Hace unos años desarrollé la idea de violencia patriarcal psíquica, una mirada desde lo clínico que me ha permitido visualizar el cruce entre los efectos del patriarcado y el sufrimiento psíquico y psicosomático de las y los consultantes que escucho.

Bajo esta mirada, he ido constatando, por ejemplo, que la violencia patriarcal es cultural, es decir, está encriptada en las prácticas sociales y en las relaciones entre sexos, además de ser parte de los linajes ancestrales, por lo que muchas mujeres son incapaces de nombrarla y reconocerla como el origen de su malestar. Hay aquí una subordinación al patriarcado y sus mandatos afectivos, lo que además demuestra que hombres y mujeres no se enferman de lo mismo.

Ante ello, la incorporación del feminismo en lo clínico me ha brindado un marco interpretativo amplio y comprometido con el sufrimiento de las personas. Dentro de la psicología y la práctica terapéutica, la perspectiva feminista ha hecho visible lo invisible, permitiendo que las consultantes comiencen a nombrar hechos y situaciones violentas, antes ignoradas y/o naturalizadas por los diagnósticos psiquiátricos y psicológicos.

De esta forma, he constatado la necesidad de desarrollar un trabajo contra la violencia hacia las mujeres tanto en lo íntimo-afectivo como en lo público, que apunte a desatomizar el patriarcado y sus hábitos cotidianos, y a romper con el silencio cómplice de la violencia.

Necesitamos construir una comunidad donde el feminismo no incomode y la violencia sí.


*Psicoterapeuta feminista

 

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