El ensayista en su laberinto: “Lucidez del abismo” de Pierre Jacomet

Felipe González Alfonso comenta esta obra de Jacomet, “personaje multifacético que, entre otras cosas, tradujo y comentó los ensayos de Montaigne, grabó en el piano a Bach y Stravinsky, y fue galardonado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Standford por un estudio sobre el Síndrome de Von Hippel Lindau, enfermedad que él mismo padeció”.

jacometLa figura tradicional del ensayista se remonta al inventor del género, Michel de Montaigne, y se nutre de su propia biografía; es más o menos la de un cultísimo hombre de mundo que, en el umbral de la vejez y cansado del ajetreo, decide recluirse junto a sus libros para dedicarse a tiempo completo a la reflexión y la escritura. En su torre de marfil, y utilizando a modo de lente de aumento el bagaje cultural del que dispone, analiza, disecciona y enjuicia el comportamiento de sus congéneres, señalando los métodos que le parecen más viables −o que a él mejor le han resultado− para no dejarse engañar por la vanidad de los esfuerzos mundanos. En el riguroso sentido del término, se trata de un moralista; un investigador de la compleja dimensión ética de los seres humanos, que descree de recetas fáciles, certezas demasiado arraigadas y, principalmente, de los dogmas monoteístas, políticos o religiosos, responsables de las peores barbaries.

En parte, es en esta tradición en la que se entronca la figura y obra de Pierre Jacomet (Valparaíso, 1933-Viña del Mar, 2009), personaje multifacético que, entre otras cosas, tradujo y comentó los ensayos de Montaigne, grabó en el piano a Bach y Stravinsky, y fue galardonado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Standford por un estudio sobre el Síndrome de Von Hippel Lindau, enfermedad que él mismo padeció. Entre sus publicaciones anteriores, además, se cuentan sus ensayos literarios: Un viaje por mi biblioteca y Cien autoras y autores de hoy. En Lucidez del abismo (Editorial UV 2015), sin embargo, ya no se ocupa tanto de textos como de eso que podríamos denominar “la condición humana”, si bien lo hace con el apoyo de un arsenal de citas prestigiosas donde aparecen Confucio, Platón, Séneca, San Agustín, Lacan, Derrida, etc. Pero también se sirve de sus propias experiencias de vida para reflexionar sobre diversos temas, que ya se anuncian en algunos títulos: “Amor y felicidad”, “Tristeza y alegría”, “Desesperación”, “Educación”, “Gratitud”, “Perdón”, etc.

El recurso a la experiencia personal funciona en estos ensayos como excusa para abordar temáticas de orden universal. En “Don Víctor”, por ejemplo, sus conversaciones con un mendigo le permitirán a Jacomet pensar en el acto de dar o recibir, en la ostentación y la soberbia, en la interdependencia de las clases sociales, etc. En “Resentimiento”, su cercanía con “una mujer mayor que no ha podido superar un acontecimiento ocurrido hace treinta años”, dará paso a un comentario sobre la necesidad del duelo frente a hechos dolorosos, sin que ello implique incurrir en la amnesia forzada que suelen propugnar los responsables de esos hechos. A este respecto, y quizás sea este uno de los aspectos más interesantes del libro, es recurrente el tema de los grandes genocidios del siglo XX –Auschwitz, Hiroshima, los Gulag soviéticos, etc.− y sus complejas relaciones con el trauma, la memoria y el olvido, la elaboración y el perdón, etc.

A ratos estas necesarias reflexiones se topan con la convicción religiosa de Jacomet, que entonces parece abusar de cierta moralina y da la sensación de tener demasiado claro qué caminos conducen a la felicidad y cuáles no, por dónde se llega directo a la verdad o se caerá indefectiblemente en el engaño y la sinrazón. Su respaldo son las enseñanzas bíblicas, así como algunos principios −coincidentes con el dogma católico− de las llamadas escuelas menores de la filosofía griega (estoicos y epicúreos), que disponen de recetas bien racionalizadas para combatir las miserias del deseo humano que nos depara unas pocas islas de satisfacción en medio de un mar de tedio e impotencia. Lo anterior se refuerza con un estilo erudito quizá demasiado pomposo y con un regusto a elitismo intelectual que, sin duda, resultará antipático a la hipersensibilidad típica de los tiempos que corren.

Pero por lo general Jacomet no suena como un dogmático que cree tener la verdad de su parte, y es capaz de cuestionar y problematizar las fuentes que le sirven de apoyo e incluso sus propias creencias. Además, tiene bastante claro cómo van las cosas del mundo, y no cierra los ojos ante la injusticia y la desigualdad esencial del capitalismo, ni a su proyecto de estupidizar y así despolitizar a los individuos mediante una cultura masiva casi siempre estereotipada e irreflexiva. Aunque Jacomet no se decida a tomar partido por alguna solución determinada, discurre sobre el culto actual al placer inmediato, estrategia deliberada para mantener el status quo y naturalizarlo; sobre el hombre satisfecho que “no experimenta privación y, desde la holgura de su abundancia juzga con desdén a los que están abajo”; y sobre el absurdo del consumismo que desecha mercancías utilizables y se sustenta en hordas de adultos pueriles: “…basta con ver los cementerios de autos en las naciones prosperas para calibrar el grado de infantilismo de la sociedad actual”.

Como suele suceder en el género ensayístico en su vertiente clásica, la denuncia de Jacomet no proviene de una convicción política, sino del amor al conocimiento; del afán de descorrer los velos del error o, dicho en otros términos, de evidenciar los mecanismos de la ideología. Con las amplias posibilidades de este método, en él reside también el límite de Lucidez del abismo, y es que parece decirnos que mejor es dejar las cosas como están allá afuera y dedicarse a cultivar el jardín interior; toda solución a los problemas colectivos resulta sospechosa, objeto de revisión y nunca herramienta propositiva, salvo cuando la fe religiosa está ahí para señalar los caminos y ofrecer las respuestas.

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