El desierto marino de Luisa Aedo

Por Felipe González Alfonso

Desierto Marino (Edipos, 2018) es un libro interesante y de calidad poética porque hace varias cosas al mismo tiempo, y de manera lograda. En primer lugar sobresale la consistencia de la voz lírica y del personaje que se va configurando en el despliegue del poemario. Este personaje es femenino, como la autora, Luisa Aedo, y transita entre dos puertos, un San Antonio natal y un Valparaíso de adopción que también es el territorio de un cierto exilio —donde “Nadie llega a puerto” según reza el epígrafe de Elvira Hernández—; un territorio infernal donde los significantes culturales-patrimoniales se vuelven instrumentos de tortura para la conciencia de la hablante fundida con la (femenina) mar: “La mar mira desde lejos la ciudad; / el ruido, el estruendo y las carcajadas /  humean, / cómo acallarlas” (26). Una atmósfera de desazón recorre los poemas, cuyo dramatismo, sin embargo, queda por así decir en sordina gracias a cierto tono de inocencia y distancia crítica.

Y es que algo traumático ha sucedido previo al exilio en Valparaíso (¿y quizá por eso el exilio?), pero no sabemos qué, y además esto parece haberle ocurrido —y ocurrirle aún— a una niña desplazada desde un comienzo de su infancia: “Soy una niña / tengo ojos de niña, / miro este tren raído / de paso lento / delante de mí, / no veo la angustia, / ni la esperanza / —menos— la muerte, / sólo un tren más, / un tren más / de paso lento” (6). Esta niña recordada y “puesta en acto” en el presente apenas puede dar cuenta de su dolor mediante ciertas confesiones, las mismas que en un poeta poco cuidadoso podrían resultar demasiado patéticas (y por esto poco efectivas), y aquí, en Desierto marino, son simplemente sobrecogedoras, y esto porque se encuentran dichas con inteligente sencillez, y en el momento preciso del poema: “yo conozco las almas rotas, yo tengo una” (37).

La consistencia de la voz y el personaje se respalda principalmente en el hecho de que la de Luisa Aedo es una poesía situada, arraigada entre (y desarraigada de) dos espacios determinados —San Antonio y Valparaíso—, poseedores cada uno de una historia particular de marginación, degradación y abandono, en contraste con un pasado ya remoto de esplendor económico. El subtexto histórico y territorial se introduce y entreteje en el poemario a través de las observaciones del entorno urbano que el personaje ve y escucha con agobio. La estridencia del Valparaíso carnavalesco, patio trasero de la alienación santiaguina, oprimen a un sujeto que, a pesar de todo, y en su inocencia, da muestras de un impulso vital constante, visible en todo su esplendor al concluir el libro; muerta en dos territorios, desdoblada en dos seres, la hablante, sin embargo, algo ha encontrado en su desierto según dejan ver los últimos versos: “En este desierto marino, / el calor ha borrado mi nombre / algas mustias me acompañan, / ellas, allá, también tienen sus muertes dobles” (38). Pero el poemario no deja predominar ese aire trágico, lo más evidente para una lectura superficial. El timbre levemente oximorónico del título (Desierto marino = tierra/agua) hace juego con esta idea: un desierto marino (no bajo, sino junto al mar, se entiende, del mismo modo que el cementerio marino de Paul Valéry es un cementerio con vista al mar y no sumergido en él) puede asociarse a un panorama y un sentimiento desoladores, pero también pensarse como una imagen bella, intensificada por la sonoridad tranquilizadora de ambas palabras juntas (basta repetir un par de veces: desierto marino, desierto marino).  

A menudo se publican en Chile poemarios que pueden estar bien escritos y resultar interesantes en términos temáticos, pero en los que no ocurre en absoluto la poesía (cuando se pretenden críticos, por ejemplo, en lugar de extrañarnos del statu quo, apelan a la injuria o a la indignación lacrimógena, si no a una abierta moralina; esto es cada vez más frecuente). Yo diría que Desierto marino es sin duda un libro interesante en el aspecto discursivo, pero además y sobre todo lo es porque entre sus páginas —abriéndose paso entre uno que otro descuido formal, entre uno que otro exceso de sentimientos, para el gusto de este reseñista— sí está ocurriendo la poesía. Sin ser panfletario ni quejumbroso, logra ser crítico y sensible, porque en primer lugar es persuasivo gracias al trabajo artístico de la palabra, y en particular gracias a un sostenido efecto de sinceridad.

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