El curioso viaje del gringo

Tenía doce años cuando recibió un regalo que determinó su porvenir: una cámara fotográfica. Fue el primer y único manager del grupo Congreso y, según sus integrantes, clave en la consolidación de la banda. A principios de los 80 fundó el primer bar-restorán vegetariano -y sin sal- de la región de Valparaíso que, a la vez, fue uno de los pocos espacios en Chile destinados al arte durante la dictadura. Inquieto por naturaleza, luego se consagró a la fotografía y a su enseñanza en la UPLA durante 24 años. Tiempo después, su búsqueda espiritual lo llevó a Ovalle donde entabló una profunda amistad con Sergio Larraín. A tres meses de su partida, presentamos extractos de la historia de un hombre cosmopolita que encontró en Valparaíso su lugar en el mundo.

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Por Diego Bravo Rayo / Fotografías de gentileza de Jaime Atenas

Están ansiosos. Se habló durante toda la enseñanza básica del tradicional viaje que realiza el séptimo básico del Mackay School. Al llegar a Londres, a la treintena de muchachos se les dilatan las pupilas. De alguna manera creen estar en la tierra original. La emoción de Michael, uno de ellos, era diferente, ya que además de recorrer el Reino Unido, aprovecharía de ver a sus familiares luego de mucho tiempo, entre ellos a Denis, su tío más querido.

“I have a present for you. I hope that you like it”, le dice Denis. Antes de que la Kodak Brownie disparara la primera ráfaga de luz, Michael la observa e inspecciona durante varios minutos, estupefacto ante las posibilidades que le ofrecía y su asombrosa mecánica. Ese silencio contemplativo, sin saberlo, era el momento en que la vida le manifestaba uno de sus designios. En adelante, Michael Jones buscaría esos tiempos de inflexión a través de la fotografía.

Congreso

Finales de los 60, inicios de los 70. Años de un mundo que se configuraba al ritmo desacompasado de la Guerra Fría, de un Chile sui generis que súbitamente fue vaciado de su sentido hasta acabarse, como sentenciara Armando Uribe. Tras dos erráticos años estudiandoIngeniería en Ejecución Mecánica en la PUCV, un joven Michael Jones aficionado a la fotografía, se hace amigo de un estudiante de Arquitectura y flautista, Renato Vivaldi, quien le presenta a un compañero baterista, Sergio “Tilo” González. Ellos tenían una banda de rock folklórico progresivo y estaban próximos a lanzar un disco llamado Terra Incógnita. Querían fotografías y se las pidieron a Michael. Le fue bien: “Fueron excelentes. Desde ese momento se convirtió en el fotógrafo de Congreso”, cuenta hoy Tilo.

Tras el disco, Congreso se encuentra con la partida de su vocalista Pancho Sazo a Bélgica. Entonces, convocan a Joe Vasconcellos y deciden que la banda debe tomar nuevos bríos. “Michael fue determinante en el profesionalismo de Congreso. No teníamos quien se encargara de la producción y notábamos que él tenía una excelente capacidad de organización, debido posiblemente a su ascendencia”, señala Tilo González. La familia paterna de Michael proviene de inmigrantes ingleses empresarios de la minería. Su abuelo, Edward Jones, tenía una llamativa composición japonesa-británica, lo que se reflejaba tenuemente en los ojos rasgados de Michael. Su madre, Isabel Garvin, provenía de misioneros de la iglesia protestante estadounidense y contrajo matrimonio con Keneth Jones, reconocido médico de Valparaíso. El mote de ‘gringo’ le fue ineludible al segundo hijo de la pareja, que nació el 5 de abril de 1951.

Además de ser el fotógrafo de la banda, Michael Jones se convirtió en el primer y único manager que tuvo Congreso, e impregna su reconocible sello al interior de ésta: puntualidad, planificación al detalle y constante perfeccionamiento, sin perder los estribos ni la cordialidad:

-Si decía que el bus partía a las 10, era a esa hora y no un minuto más tarde. Varias veces se quedaron abajo integrantes como mi hermano Fernando. Lo mismo pasaba con las reuniones con productoras o canales de televisión: esperaba cinco minutos y si no estaba la persona, se iba. No era prepotente, simplemente era su lógica, recuerda Tilo.

Las giras de Congreso adolecían de las tecnologías de hoy para su gestación, sin embargo era otro el más concreto de los escollos, el mismo que debía enfrentar -casi- toda agrupación dedicada a la cultura.

Gimnasio Raúl Plaza, Santiago. Es la prueba de sonido y ya hay público. Quedan pocas horas para el concierto. Se corrió la voz de que venía Carabineros y que estaba a pocas cuadras del recinto. Empezaron los silbidos, los murmullos… ¡Y va a caer, y va a caer! Que los pacos vienen con un bando, que la presentación la tenemos agendada, pero ¡cómo!, otra vez, no puede ser. Son órdenes, tienen que irse ya o vamos a tener que…, atento mi teniente. Sacaron a la gente a palos.

-Menos mal que sin muertos. Otras veces venían los milicos, nos pedían las letras de las canciones y temas como “Los maldadosos” y “La cueca del apocalipsis” que aludían a la dictadura, no los entendían, recuerda Jaime Atenas, saxofonista.

El más afectado por estos sucesos era Michael, no solo por la brutalidad que presenciaba sino además, por ver la brusca caída de toda su planificación. Sin embargo la desazón no alcanzaba a desanimarlo por entero.

En el año orwelliano, Michael Jones cosechó uno de sus mayores logros con la banda, que fue la grabación del disco Pájaros de arcilla en los estudios CBS de Buenos Aires. Como parte de su planificación, estaba la dieta de la banda. Convencido de que debían comer liviano para que el cuerpo concentrara su energía en la creación musical y no en la digestión, dispuso que el grupo se alimentara de comida vegetariana. “Como los argentinos no cachaban nada de vegetarianismo, nuestro almuerzo era una hoja de lechuga, una zanahoria y un choclo. Al lado, los ingenieros de sonido se mandaban bifes de chorizo y nos veían como uno locos”, cuenta Jaime. Todo tenía su límite. “Al tercer día dijimos que la cortara y que íbamos a comer lo que queríamos. Fue la única vez que nos sublevamos ante Michael”, se acuerda con risas Tilo González.

Los integrantes del grupo Congreso captados por Michael Jones en 1977.

Los integrantes del grupo Congreso captados por Michael Jones en 1977.

La Granola

En 1982 Michael y Tilo deciden irse a vivir juntos, cada uno con su familia, y encuentran una casa antigua, de estilo europeo y algo deteriorada en 4 Norte con 2 Poniente, Viña del Mar. Al notar lo grande de la casa comprenden que se presta para concretar un proyecto sincrético entre las ideas del fotógrafo y las del baterista. En el primer piso derribaron muros para agrandar el espacio y disponerlo como un punto de encuentro del arte. Podían caber hasta 60 personas sentadas. Además, pintaron la casa verde y el borde de las ventanas de color rosado, lo que provocó una oleada de críticas hacia los nuevos moradores del barrio. “Nos llegaron cartas de los vecinos, pusieron reclamos en El Mercurio y nos hostigaron desde la municipalidad”, relata el compositor musical de la banda.

El fin de los toques de queda los alentó a abrir el local todos los días. Destinaron los jueves a la poesía, los viernes para los cantautores, los sábados para el jazz y los domingos para la música clásica. El resto de los días había exposiciones de pintura y fotografía. Todo este proyecto se efectuó bajo el formato de “bar-restaurant vegetariano”, el primero de la región. Su nombre, La Granola. Su especialidad, los panqueques, preparados por el mismo Michael, vegetariano acérrimo y que no comía nada con sal desde los años 70.

Fue una gran cantidad de artistas, ajenos a la cultura oficial, la que pasó por el bar, entre ellos el mismo Congreso y el guitarrista y luthier Manuel Orrego. “La Granola llegó a ser lo que fue el Café del Cerro en Santiago, porque compartían los mismos artistas”, afirma. Una de las mayores dificultades de llevar esta taberna era que no se volviera un foco de politización, así como lidiar con los soplones de la CNI.

-Muchas veces identificamos sapos en La Granola, porque eran muy evidentes. Bastaba un par de miradas y teníamos que bajar el tono de las tallas y de la voz, y Michael le pedía a algún cantor que no dijera consignas. Con los soplones, Michael fue muy hábil y astuto para tratarlos, rememora Orrego.

En la tarde del 3 de marzo de 1985, el terremoto de 7,8 grados Richter que azotó a la zona central del país puso fin a La Granola, ya que la casona quedó en ruinas y el bar-restaurante debió cerrar. Michael, se lo tomó con tanta tranquilidad. Las repercusiones del acomodamiento de las placas Nazca y Sudamericana lo impulsaron a ir más allá en su relación con la naturaleza.

Tiempo después, en medio de un bosque en el sur chileno, Michael detiene los disparos de su cámara y se sienta a contemplar el imponente paisaje con los mismos ojos que tuvo en Londres a los 12 años. En 1986, tras hacer las fotografías del disco Viaje por la cresta del mundo, puso fin a su relación profesional con Congreso.

Profesor Jones

Las ansias por enseñar lo llevaron en 1987 a impartir un seminario de fotografía en la facultad de Artes de la Universidad de Playa Ancha, en Valparaíso. Michael había tomado cursos en la Morley College de Londres en 1971 y en la Kodak Rochester de Nueva York en 1980. A la par de sus clases en la universidad, continuó en la fotografía de autor y publicitaria, lo que ayudó a mantener fresco el contenido de sus clases.

-Era muy riguroso y exigente pero fue eso lo que más nos sirvió como profesionales. Se preocupó de nosotros más allá de que cumpliéramos con los trabajos –cuenta Pedro Sepúlveda, estudiante de arte en esa época y quien se hizo amigo de Jones–. Habían encuentros de distintas escuelas de arte y los estudiantes de la Católica y de la Chile quedaban impresionados con nuestros trabajos. Era una satisfacción enorme porque ellos, con todo a la mano, reconocían a los cabros de una escuela tan precaria como la de nosotros.

La rúbrica académica del Gringo dio pie para que desde sus talleres se creara “Gestuario Mecánico”, un colectivo de artistas conformado en respuesta a la monopolización artística de la capital. Entre sus integrantes estuvieron Claudia Abarca, Jorge Gronemeyer, Paola Caroca, Alonso Yáñez y Guisela Munita, hoy, todos con una trayectoria que respalda la influencia de Michael.

En 1989, montó una exposición fotográfica dedicada a los profesores exonerados. Tras esto, Jones fue sancionado con uno de los últimos resabios formales de la dictadura: también lo exoneraron. En 1991 fue reintegrado como profesor asociado y continuó sus clases hasta el 2013.

Entre los trabajos más reconocidos de Michael Jones está el compendio de la cotidianeidad porteña publicado en Valparaíso dos décadas (2007) y Los cerros en movimiento (2002). Este último libro contiene tomas de diverso estilo y una detallada descripción de los ascensores, desde su año de fundación hasta la pendiente angular de cada uno, e incluye textos del músico Pancho Sazo y Virgilio Rodríguez, poeta y actual director de la Escuela de Artes de la PUCV. “Me llamó y me dijo que si quería colaborar con una poesía para su libro de ascensores, nada más. Ni siquiera me corrigió. Respetaba y confiaba ciegamente en cada artista”, cuenta Rodríguez.

Michael recorrió el planeta gracias a la magia de su lente, con más de 14 exposiciones, entre ellas “Cosas de Nueva York, Cosas de Valparaíso”, en la que hizo un paralelo entre ambas ciudades. Trabajos como éste fueron su forma de registrar en obra una de sus mayores convicciones, que solía afirmar como una sentencia: “No encuentro lugar mejor para vivir que la quinta región costa”.

Más allá de la fotografía

2006. A sus manos llega un reportaje sobre un viejo extravagante, que fue un famoso fotógrafo y que dejó su disciplina para dedicarse al yoga y la meditación trascendental. El tono superfluo del artículo y su coincidente inquietud espiritual, hicieron brotar en Michael la repentina decisión de ir a buscar a este personaje. Así eran sus viajes: “Le llamaba la atención algo de cualquier parte del mundo e iba. La comodidad no le importaba”, cuenta su amigo Pedro Sepúlveda. Acompañado de su otrora estudiante Paulina Varas, llegaron a Ovalle sin más datos sobre el paradero del buscado. A pocas cuadras del centro, en un club deportivo, una veintena de personas entre niños y adultos, seguían las palabras del instructor de yoga, ambientadas por una flauta y una luz envolvente adaptada por el mismo profesor. “Vengan mañana a mi clase y de ahí conversamos”, les dijo Sergio Larraín. “No quiero hablar de fotografía”, fue su condición. Para Michael, también.

-No solo hablábamos sobre la meditación sino que de la vida y de la manera en que se representaba. Sí hablamos de fotografía, pero de modo preciso: la imagen como representación del tiempo y de la existencia. Eran reuniones de crecimiento espiritual, donde la conexión entre Sergio y Michael se profundizó, recuerda Paulina Varas.

Tras la muerte de Sergio Larraín en el año 2012, Michael continuó con las reflexiones, meditaciones y las técnicas de yoga que aprendió en sus constantes idas a Ovalle, practicándolas en la casa ecológica que el mismo levantó en Colliguay. En su última exposición en vida, La forma del paisaje, de 2013, registró la naturaleza del desierto atacameño, cuya apreciación para Jones evocaba la idea de “la existencia como un proceso en constante cambio y el necesario desapego para comprenderlo”.

*Perfil publicado en La Juguera Magazine nº 11

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